lunes, 25 de junio de 2018

Pie de página a una historieta que no existe

    La todopoderosa genética no me codificó con el pulso para la línea recta o el contorno sin temblequeo, de modo que cuando en un instante la imaginación me dibuja con su tinta grisácea y platónica una imagen perfecta para un tebeo, para una tira, para una historieta me veo en la necesidad de anotarlo en mi cuaderno de hojas a rayas, y con lástima perfilo un cuento o un poema.
    Así, ahora debe de estar viendo una historieta que partió de la nota: «Un ascensor en la caverna de Platón, ¿a qué planta desea ir, caballero?». 
    Puede observar que quien habla es un botones que bien podría ser un sofista con su toga y su bolsa de piel llena de bitcoins, o bien un Sócrates ascensorista o bien un estoico al que le gusta pasar muchas horas de pie. Se acordará, asimismo, de que Platón llamaba cavernícolas a aquellos que viven en un mundo de apariencias, y entonces buscará el panel de botones y verá una jerarquía que establece el piso de los instagramers, el de los ismos políticos o el de la universidad. Yo le diré en esta nota que su alicatado es tarea para arquitectos del subsuelo (agua, placas tectónicas o Repsol), por lo que el historietista, sin querer influir en el fenotipo de su tinta, levemente habrá emborronado los números.
    Al final, recordará a Borges y la evidencia de que no hace falta escribir una novela sobre un mundo hipotético (en la que el número de páginas es inversamente proporcional al talento), llenar a la hija de su teclado, a esa novelita, de detalles que son tan necesarios para la descripción de ese mundo preciso como para el aburrimiento. Y concluirá que basta escribir una anotación anecdótica, pongámosle por nombre Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, al descubrimiento de un mundo nuevo descrito en una enciclopedia, de la que no importa ni el mundo ni la enciclopedia ni la historieta.