domingo, 28 de mayo de 2017

La rutina es morir un poco

(Un día, como todos, voy a la universidad)

Mi madre sacude un trapo en la ventana cuando salgo hacia la universidad. Estoy abriendo la puerta y entre azotes me despide. Parece que bate un pañuelo blanco en el aire, como las enamoradas y las madres despiden en el andén a quienes van hacia una guerra.

viernes, 19 de mayo de 2017

Cartero

 (Llego a casa y me encuentro con el cartero)

Me contó que había nacido en Ecuador. Yo trataba de evitar distraídamente una conversación (las conversaciones de puertas, ascensores y taxis siempre me han incomodado, no porque tenga cierta alergia social, sino porque me cuesta estar al día del tiempo).
Era un chico más joven que yo y más moreno que un día sin árboles, repartía papeles de publicidad de puertas y ventanas (¡ay!) por los buzones. Lados rapados, pinta de navajero. Me di cuenta, mirando el auricular que se balanceaba sobre el logo de correos, que escuchaba, mientras repartía, un audiolibro de El Quijote.

martes, 16 de mayo de 2017

Nora

(Leo, casi a la vez, tres cuentos con el mismo personaje femenino, y el mismo nombre: Nora)

    Nora es el nombre de muchos personajes femeninos de la literatura contemporánea. Cliché o coincidencia, me gusta imaginar que siempre es la misma Nora. Entre todos construimos un personaje que misteriosamente tiene características comunes (mujer frágil, pero única, algo así como Amelie). Vale. Quizá (y esto es lo más seguro) son epígonos de Cortázar.

Memorias I

    (Conclusiones casi inmediatas al leer simultáneamente Memorias de Carlos Barral y La novela de la memoria de Caballero Bonald)

    Me gusta el género de los memorialistas. Es decir, las memorias; no sé si por un contagio paterno o por interés personal. En cualquier caso, el sedimento de la memoria, muy alejado de esa proyección imaginativa del ensueño, es interesante: la interpretación de un instante se hace por medio del sujeto. Si la vivacidad se atenúa, el sujeto tiene libertad para deformar o reconstruir los recuerdos. En una palabra: la interpretación de la realidad es subjetiva; la memoria se interpreta a través del sujeto. Las memorias se filtran dos veces subjetivamente. Así, tenemos la fidelidad (o no) a la realidad como un modo de retratar a un escritor.

domingo, 14 de mayo de 2017

Sobre el surrealismo y la dialéctica

   Tenía yo un bigote ralo que se envalentonaba en los partidos de baloncesto (no sé por qué ridícula razón llegué a pensar que el bigote acobardaría al contrincante) cuando en un fragmento del libro de texto de lengua leí por primera vez a Vicente Aleixandre.
    Por entonces, creo, era más inteligente que ahora. Un poco huraño y malhumorado hacia las manifestaciones gregarias y poco pensadas. Aborrecía las modas, rechazaba beber alcohol cuando se presentaba como parte del carácter misterioso y consabido del joven. Por esto, fui afilando una ironía que pasaría a formar parte de mí como lo es mi hígado y mi pulmón, como mi paciencia, y que tuve la fortuna de compartir con todos mis compañeros de clase. Las vidas se encauzan por muy diversos pavimentos, pero los talentos humorísticos que hubo en ese 1º y 2º de bachillerato podrían haber sido muy fecundos en el showbusiness; creo que entre todos nos dimos (aquello de que las risas dan minutos de vida, juegan contra la gravedad del reloj de arena) cien años de vida, todos compartíamos una irreverencia semejante y divertidísima. Y lo mejor de todo: en contra de nadie. La dialéctica, supimos pronto, es para gruñones. Hoy, quizás por mis lecturas de Aristóteles (por decir algo), me he dado cuenta de que no sirve de mucho discutir con un chillón, y tiendo hacia una muy feliz y pensada equidistancia.
    Vuelvo al surrealismo, 2º de la ESO. En esa aula de cabezas dispersas, bien dirigidas por una profesora muy estricta pero al mismo tiempo genial, Celeste, se leyó un poema de Aleixandre. No entendí nada: ni el entusiasmo de la profesora ni el pasotismo de mis compañeros. Había sido desplazado a un estado de concentración en que toda mi energía cerebral se enfocaba en comprender ese conjunto de sugestiones contradictorias. Pronto desistí. Y hasta hace un par de años no volví a leerlo, a pesar de vivir en la calle que lleva su nombre (quien fuera supersticioso vería aquí un designio, un anticipación decisoria de mi vocación). Volví a él, volví a mi calle. Leí en un rapto La destrucción o el amor, esa disyunción de la que se han dicho muchas cosas, pero, en ella, en algún reducto de su sombra verbal, queda una verdad íntima, aún no descubierta. Comprendí el efecto vital de la disyunción y el valor de la imaginación para crear el mundo. La única forma de vivir satisfactoriamente en él es crearlo. En definitiva, supe, sin poderle dar una explicación en ese momento, que el surrealismo había sido el gran descubrimiento estético del siglo XX.
   En otra entrada volveré a hablar de mis otros descubrimientos surrealistas y de Celeste. Esta profesora con caracter de madre que te exige porque te quiere y cuyos castigos pasaban de copiar exponencialmente frases por comer chicle a confiscar los bolígrafos caídos. Me impartió clase de lengua y fue una de las personas más determinantes en mi vida. Consideraba menos importante la literatura que la sintaxis a esa edad. Y tenía razón, me enseñó el valor de la sintaxis. Es decir, el valor de la computación, de la literatura, de la organización, la importancia de la posición de los elementos, de la secuencialidad de las palabras, del tiempo.