jueves, 2 de noviembre de 2017

Ir y venir

Hay quien compara la vida con un combate pero se quivoca. La vida se parece más a un cartero con lumbago.

domingo, 29 de octubre de 2017

Recuerdo de Buenos Aires

(En mi diario: un día lluvioso de verano desayunamos en el Cafe Tortoni. Primera línea):

Las sillas del café Tortoni tienen, entre los remaches del cuero, azúcar de cafés pasados.

(Segunda línea, con peor letra, aún con el sabor de las mediaslunas):

Mirá, no sé, las mentes creativas son más vulnerables.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

El liante (filósofo) lía al liante (poeta)

 (Remanso)

Porque es posible que después de todos estos post, metamos las manos en los bolsillos de nuestro abrigo largo de poeta, anudemos nuestro fular de consagrado (el fular solo es un complemento que se compra en la sección de Popularidad), y nos demos cuenta de que nada de estas filosofías sirve para escribir poesía. Entre el corazón y el pulmón, entre el hígado etílico y la lengua ágil, aparece el duendecillo inexplicable que nos dicta bellos endecasílabos blancos. Y se ríe porque en la composición de poesía entra en juego el fenómeno más vulgar, concreto, que es el fenómeno combinatorio del lenguaje. El poder imaginativo de la Asociación. Los formalistas rusos vislumbraban que la originalidad consistía en una asociación intima entre objeto e imagen, cuanto más sutil y verdadera (palabra importantísima) más poético sería. Muchas son las críticas que han recibido los formalistas rusos. Se quedan, dicen los críticos, en la superficialidad gramatical, léxica, lingüística. Los críticos del formalismo parecen olvidarse de que el árbol de la sintaxis tiene unas raíces tan profundas y largas como la historia de las culturas. Hasta el funcionalista Georg Lukács acabó asumiendo partes del estructuralismo (formal) en sus explicaciones.
 
En cualquier caso, es cierto que hay poetas buenos sin poética. Para la poesía hace falta más la prestidigitación mental del pintor que el cerebro, vendido al peso en la lonja de los libros, del filósofo

viernes, 22 de septiembre de 2017

Silogismo hacia el poema de Dios

(Fray Luis de León y Sta. Teresa de Jesús son dos de mis poetas favoritos.)

    A Antonio Escohotado hace un par de años le preguntaron en una entrevista que qué era la poesía. Se reclinó en el asiento, se acarició el bigote (tanta cocaína y tabaco habría sacudido con el mismo gesto), y dijo: la poesía es metafísica en verso. Añadió que él, como historiador, filósofo, prefería actitud más prosaica y, por lo tanto, más clara y sencilla. Imagino que sospechó que ese argumento estaba dando el axioma para una justificación teológica de la poesía. No deja de ser curioso que haya sido un declarado drogadicto ateo quien ha dado esta razón. Por hacer honor a la verdad, creo que es un lugar común; recuerdo a Claudio Rodriguez hablando de algo semejante en el programa de televisión Tertulias con autor. En cualquier caso, el silogismo, si se me permite el argumentum ad verecundiam (remitiré las obras donde se fundamentan las sentencias de cada uno de estos autores) es el siguiente:
  • Antonio Escohotado dice que la poesía es metafísica en verso. 
  • Aristóteles dice que la metafísica es una ciencia divina, en dos sentidos: en el de que si Dios tuviera alguna, sería ella, y además en el de que el objeto de la metafísica es Dios (Metafísica, IV, 1). 
  • Por lo tanto, la poesía es la ciencia de Dios. 
    Freud (qué mezcla de autores) decía en La interpretación de los sueños una frase que se puede aplicar a cualquier definición inexacta o negativa (en sentido contrario a definición positiva). Cito de memoria: Tratar de estudiar la mente humana es como averiguar la disposición de los muebles de una habitación dando golpecitos al otro lado de la pared. Este silogismo no quisiera ser nada definitorio, ni siquiera dibujar el contorno de una definición, tan sólo ser un golpecito más en la teoría trillada de la poesía. Esta conclusión sirve, sea como sea, al poeta inédito que escribe estos párrafos para comprender mejor la poesía.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lecturas de verano

(He empezado una decena de novelas este verano y una biografía, la Automoribundia)

Empiezo novelas y las abandono rápidamente. No me ocurre esto con las biografías. Acabo prefiriendo lo real a lo verosímil, lo cual es un comportamiento extraño para estos tiempos que corren.

jueves, 1 de junio de 2017

Aprender francés

Paula es muy fina en español. Pide las cosas por favor y cede el paso. Pero aprendió francés leyendo a Rimbaud y siempre les suena a los franceses violenta, bella y mal puntuada.

Escribiente

   (Cuando antes de ponerme escribir decido hacer un poco de Baterbly)
   Me ayuda ver con mi caligrafía los poemas de otros, me permite tomar distancia de la autoridad innegable de la letra de imprenta y la encuadernación bonita. Al final, acabo haciendo míos, subjetivamente, los usos sintácticos y el ritmo. Es esa necesidad mimética del viento entre los pájaros, como un tarareo del que no recuerdas ni la música ni  la letra, y dudas si quizá te lo inventaste. Una especie de asimilación intuitiva de un arquetipo poético, que acaba configurando tu personalidad poética a través de las afinidades rítmicas e imaginativas. Y es que la construcción inconsciente de la personalidad no se acaba nunca. Suelo odiar vagamente a los Guillermos que se han ido sucediendo en el tiempo, pero uno acaba por darse cuenta de que en la tradición personal (como en la popular) hay cierta sabiduría acumulada en los aciertos y en los errores. Al final crecer es acumular incertidumbres. Toda una vida aprendiendo para llegar a la frase que tanto se te ha repetido (tan desposeída de un significado como un refrán) de que solo sé que no sé nada. A pesar de todo, empiezo a vislumbrar en mis pequeñas obsesiones, en ciertos temas recurrentes de mi carácter (vitalismo, aversión por lo triste), una personalidad, por desgracia, más definitiva.

domingo, 28 de mayo de 2017

La rutina es morir un poco

(Un día, como todos, voy a la universidad)

Mi madre sacude un trapo en la ventana cuando salgo hacia la universidad. Estoy abriendo la puerta y entre azotes me despide. Parece que bate un pañuelo blanco en el aire, como las enamoradas y las madres despiden en el andén a quienes van hacia una guerra.

viernes, 19 de mayo de 2017

Cartero

 (Llego a casa y me encuentro con el cartero)

Me contó que había nacido en Ecuador. Yo trataba de evitar distraídamente una conversación (las conversaciones de puertas, ascensores y taxis siempre me han incomodado, no porque tenga cierta alergia social, sino porque me cuesta estar al día del tiempo).
Era un chico más joven que yo y más moreno que un día sin árboles, repartía papeles de publicidad de puertas y ventanas (¡ay!) por los buzones. Lados rapados, pinta de navajero. Me di cuenta, mirando el auricular que se balanceaba sobre el logo de correos, que escuchaba, mientras repartía, un audiolibro de El Quijote.

martes, 16 de mayo de 2017

Nora

(Leo, casi a la vez, tres cuentos con el mismo personaje femenino, y el mismo nombre: Nora)

    Nora es el nombre de muchos personajes femeninos de la literatura contemporánea. Cliché o coincidencia, me gusta imaginar que siempre es la misma Nora. Entre todos construimos un personaje que misteriosamente tiene características comunes (mujer frágil, pero única, algo así como Amelie). Vale. Quizá (y esto es lo más seguro) son epígonos de Cortázar.

Memorias I

    (Conclusiones casi inmediatas al leer simultáneamente Memorias de Carlos Barral y La novela de la memoria de Caballero Bonald)

    Me gusta el género de los memorialistas. Es decir, las memorias; no sé si por un contagio paterno o por interés personal. En cualquier caso, el sedimento de la memoria, muy alejado de esa proyección imaginativa del ensueño, es interesante: la interpretación de un instante se hace por medio del sujeto. Si la vivacidad se atenúa, el sujeto tiene libertad para deformar o reconstruir los recuerdos. En una palabra: la interpretación de la realidad es subjetiva; la memoria se interpreta a través del sujeto. Las memorias se filtran dos veces subjetivamente. Así, tenemos la fidelidad (o no) a la realidad como un modo de retratar a un escritor.

domingo, 14 de mayo de 2017

Sobre el surrealismo y la dialéctica

   Tenía yo un bigote ralo que se envalentonaba en los partidos de baloncesto (no sé por qué ridícula razón llegué a pensar que el bigote acobardaría al contrincante) cuando en un fragmento del libro de texto de lengua leí por primera vez a Vicente Aleixandre.
    Por entonces, creo, era más inteligente que ahora. Un poco huraño y malhumorado hacia las manifestaciones gregarias y poco pensadas. Aborrecía las modas, rechazaba beber alcohol cuando se presentaba como parte del carácter misterioso y consabido del joven. Por esto, fui afilando una ironía que pasaría a formar parte de mí como lo es mi hígado y mi pulmón, como mi paciencia, y que tuve la fortuna de compartir con todos mis compañeros de clase. Las vidas se encauzan por muy diversos pavimentos, pero los talentos humorísticos que hubo en ese 1º y 2º de bachillerato podrían haber sido muy fecundos en el showbusiness; creo que entre todos nos dimos (aquello de que las risas dan minutos de vida, juegan contra la gravedad del reloj de arena) cien años de vida, todos compartíamos una irreverencia semejante y divertidísima. Y lo mejor de todo: en contra de nadie. La dialéctica, supimos pronto, es para gruñones. Hoy, quizás por mis lecturas de Aristóteles (por decir algo), me he dado cuenta de que no sirve de mucho discutir con un chillón, y tiendo hacia una muy feliz y pensada equidistancia.
    Vuelvo al surrealismo, 2º de la ESO. En esa aula de cabezas dispersas, bien dirigidas por una profesora muy estricta pero al mismo tiempo genial, Celeste, se leyó un poema de Aleixandre. No entendí nada: ni el entusiasmo de la profesora ni el pasotismo de mis compañeros. Había sido desplazado a un estado de concentración en que toda mi energía cerebral se enfocaba en comprender ese conjunto de sugestiones contradictorias. Pronto desistí. Y hasta hace un par de años no volví a leerlo, a pesar de vivir en la calle que lleva su nombre (quien fuera supersticioso vería aquí un designio, un anticipación decisoria de mi vocación). Volví a él, volví a mi calle. Leí en un rapto La destrucción o el amor, esa disyunción de la que se han dicho muchas cosas, pero, en ella, en algún reducto de su sombra verbal, queda una verdad íntima, aún no descubierta. Comprendí el efecto vital de la disyunción y el valor de la imaginación para crear el mundo. La única forma de vivir satisfactoriamente en él es crearlo. En definitiva, supe, sin poderle dar una explicación en ese momento, que el surrealismo había sido el gran descubrimiento estético del siglo XX.
   En otra entrada volveré a hablar de mis otros descubrimientos surrealistas y de Celeste. Esta profesora con caracter de madre que te exige porque te quiere y cuyos castigos pasaban de copiar exponencialmente frases por comer chicle a confiscar los bolígrafos caídos. Me impartió clase de lengua y fue una de las personas más determinantes en mi vida. Consideraba menos importante la literatura que la sintaxis a esa edad. Y tenía razón, me enseñó el valor de la sintaxis. Es decir, el valor de la computación, de la literatura, de la organización, la importancia de la posición de los elementos, de la secuencialidad de las palabras, del tiempo.

domingo, 16 de abril de 2017

Veintena

 (Madrugada de mi cumpleaños, después de volver de fiesta, aproximación poética y algo etílica al paso del tiempo, de la entrada en la década más determinante) 

    Pensaba comenzar este texto con una cita que me sirviera para trenzar una serie de reflexiones sobre el tiempo. Podría haber empezado también con una metáfora, así comparar el tiempo con una diminuta moneda de valor cuestionable, que ya va mostrando sus primeros óxidos, y que en mi caso valdría 20, si tomamos por magnitud los años y no, por ejemplo, los más precisos segundos. En cualquier caso, prefiero escribir algunas reflexiones inconexas en apariencia cuyo enlace sea el propio inexorable, brillante, doloroso, glacial paso del tiempo. Así, en esta digresión inicial ya has advertido su vagar, sin querer ya has perdido el tiempo.
    Todas esas obsesiones, pertenencias de la personalidad que configuran extrañamente nuestra voluntad (que es la expresión más sincera de la forma de ser) se han colocado en mí, después de unas virtuosas tensiones entre preferencias y resignaciones, como la arena en un bote de vidrio. Comprendí el paso del tiempo con las primeras mudanzas, con la muerte del hamster, del pez y del amor. Quizá fui un niño viejo, acomodado en los mundos poblados de la soledad, pero no cabe ahora arrepentirse: el corazón nace arrugado, no lo ve nadie, sí, en cambio, se ven las vidas y los actos y la barba.
   En fin, es incómodo crecer así, sin advertirlo: las camisas ya no se me quedan pequeñas, el pelo no brota indiscriminadamente, representando una imaginaria madurez en el rostro. Estoy en el andén con mi veintena, un baile de pañuelos anuncian la despedida. Se aleja la adolescencia, volveré a encontrarla cuando el olvido enflaquezca una madrugada y recuerde alegre y nostálgico otras noches en las que como hoy merece la pena dormir.


lunes, 10 de abril de 2017

La asesina de vanguardia













La asesina de vanguardia o
las diminutas hierbas que crecen en los adoquines y el niño que las observa crecer a la salida del colegio
(Tesina)[1]
Pseudónimo: Gregoria S.


Cuando, una mañana, Gregoria se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertida en Frank Kafka. Yacía sobre su espalda la responsabilidad de la literatura universal. Esto, confesó en un escrito después, no le supuso un trauma, pues desde que nació había soportado el compromiso de ser la única asesina de vanguardia en el mundo. Asesina de cosas. A partir de la crisis existencial que se le desencadenaría esa misma tarde a causa de su primer día de trabajo, este sería un episodio que olvidaría distraídamente.
En su nacimiento, sus padres ya sospecharon su talento como asesina vanguardista: inmediatamente trató de matar sus primeras lágrimas. La anécdota ha quedado escrita en su pequeña historia personal que abarca el divorcio de sus padres y un grado en Bellas Artes. Estas historias se encuadernan en un libro sin nervios con la caligrafía de Octavio, amigo, perfecto padrastro, y ortopedista.[2]
Conoció a Octavio por primera vez cuando su madre necesitó unas muletas y un amante, y entró con ella en la ortopedia. Gregoria se presentó:
Soy escritora. Escribo en alemán pero no soy alemana. Lo vengo observando desde hace unos días.
Octavio era un ortopedista con la capacidad de crear realidades. La madre preguntó:
No sé si existirán unas muletas telescópicas para guardarlas en la mochila.
Él respondió acariciándose el bigote:
Van a existir, tranquila, van a existir.
Y las hizo existir. Al cabo de dos días llegaron las muletas y un romance con la madre, preciosa madre. Octavio, como digo, se enamoró de la madre y se amistó con la hija alemana hasta el punto de que, a pesar de haberse referido a sí mismo en tercera persona, el párrafo anterior y los que vienen los escribió él.

La mañana del día en que, debido una crisis fatal al atardecer, decidió culminar su obra matando la tecnología, recordó que había comenzado a trabajar el día anterior y que, como llegaba tarde, no tenía tiempo para buscar las causas de su metamorfosis ni en el espejo ni en los libros.
En el barrio, un gabinete de filósofos había sustituido al anciano cibercafé. En la acera de enfrente, junto a un puesto de flores mortuorias situado a la salida de una gestora de herencias, una clínica de cirugía estética les hacía competencia. El gabinete lo constituían tres filósofos de conceptos desteñidos a veces, dolorosamente lúcidos otras. Mantenían el servicio de fotocopias por tres céntimos y medio cada cara porque, decían los vecinos, la filosofía no debía de ser suficiente para abastecer la vida de tres personas, por muy filósofos que fueran. Allí la razón crítica se imponía y allí consiguió Gregoria su primer trabajo. Los acontecimientos que envuelven este hecho también los redacté yo, Octavio:
Gregoria, el día anterior a verse convertida en Frank Kafka, llevó a imprimir su tesina en Bellas Artes. Unos jóvenes en la puerta del gabinete debatían los matices de la escena segunda del capítulo primero de Juego de Tronos.
A mí me mola mazo.
Y a mí, me renta mucho.
Recogiendo la riqueza de los chavales, los filósofos Digo y Diego debatían en el interior sobre la variedad en literatura y los diálogos. Le hicieron esperar con su tesina en la mano.
Hay que usar los verbos dicendi con cuidado —argumentó Diego.
Entiendo lo que dices. —dijo Digo— Hoy tienen una connotación muy fuerte.
Sí, sí —confirmó Diego—. Con cuidado, pero no eliminarlos. El lenguaje no tiene que perder su riqueza, su expresividad —porfió finalmente Diego.
Te entiendo —dijo Digo— pero cuando quieres centrar la atención en el diálogo no puedes usar palabras difíciles en las que tengan que detenerse a pensar los lectores.
Bueno, eso no es argumento suficiente. Cuando digo «dijo» estoy perdiendo matices en la acción.
Entiendo —dijo—, entiendo. Pero creo que lo mejor es llegar a un equilibrio.
Estoy de acuerdo —concluyó Diego—. ¿Un café?
Perdón —intervino Gregoria—, antes del café, ¿podríais fotocopiarme esto, por favor?
Digo miró a Diego y dijo:
El narrador ha dicho intervino. Te toca atenderla a ti.
El filósofo-impresor, J. M., salió enfadado del fondo del gabinete. Interrumpió a sus compañeros y preguntó que cuántas copias quería. Lector rápido, quedó fascinado por la conjunción del materialismo filosófico y las Bellas Artes. El arte, dejaba escrito Gregoria, es el éxtasis de la razón, incluso el irracional o surrealista. A pesar de que no añadía ninguna idea que no hubiera sido pensada ya en una mejor prosa o en otro idioma, J. M. se interesó en ella. En la conversación casual que mantuvieron mientras la impresora rechinaba hambrienta de papel, salió tímidamente el tema de la vanguardia en el arte. Gregoria dijo que le gustaba más la vanguardia del arte de la muerte; habló de sus asesinatos de poemas, de tesinas, le introdujo en los rudimentos del asesinato del sollozo y del hambre. Le pareció una locura tan bien diseñada por la razón que buscó un puesto en el gabinete para ella.
Entonces, la contrataron para asesinar las conciencias. Su trabajo consistía en esperar, casualmente, en la puerta de la clínica de cirugía estética, competencia fatal, y como quien lleva un cartel de compro oro en la voz, susurrar a las futuras rinoplastias:
Platón llamó cavernícola a quien vive en un mundo de apariencias.
Los cuerpos de las venideras liposucciones quedaban contrariados. Se detenían frente a Gregoria. Miraban esa cara de murciélago tan kafkiana. Finalmente, llevados por un impulso íntimo (metafísico) se acercaban al gabinete de filósofos para preguntar acerca del mundo de las ideas y las condiciones de posibilidad de la ciencia.
Su tesina versaba sobre las diminutas hierbas que crecen en los adoquines y el niño que las observa crecer a la salida del colegio, una clara disociación entre el título y el contenido, como correspondía a una vanguardista, primera asesina del poema, de la tesina, y del concepto de kafkiano. Era una forma de muerte más. Romper el discurso narrativo del ensayo por otro, el de su vida como arte de matar cosas, contada por otro, su padrastro perfecto Octavio.
            La instalaron en un despacho con muebles que olían a barniz eterno, situó unos cuadros regalados por sus amigos vanguardistas, salpicados con sangre que nunca se supo si fue real o quizás una vana pretensión de Pollock anacrónico.
Serían las cinco o las seis. Gregoria estaba sentada frente a su mesa rectangular sin papeles aún, las manos sobre la frente, pensando en las vidas que habría cambiado al susurrar la cita de Platón. El señor J. pidió entrar.
¿Qué tal el primer día?
No sé si me podré acostumbrar. Yo soy una artista, me cuesta demasiado hacer del arte rutina. Puede matarme. La rutina es una forma de muerte, no digo nada nuevo, la repetición... El arte muere en la rutina.
Tu inteligencia e interpretación del arte son admirables. Esto debería ser temporal. ¿Alguna vez te han dicho que tienes un aire de familia con Kafka?
No hasta hoy. Mira, tengo un amigo, Octavio se llama, tiene una prosa envidiable y me ha ayudado a redactar la tesina. Pero se ha hecho con el control de ella, y con ella de mi vocación de asesina de cosas. No sé si lo puedo soportar. Hay una cosa que me ha molestado de este primer día: no he sido capaz de convencer con tu cita platónica a los que estaban embebidos en el móvil, han entrado en la clínica igualmente. ¿No te parecen los móviles un símbolo? No sé muy bien de qué pero hay algo relacionado con la esencia del ser humano en esos aparatos.
Diego, especialista en estética, escuchó el comienzo de la conversación y tuvo que ir a buscar a su hija urgentemente.
He pensado en ello bastante —continuó J.—. Una foto de algo, por ejemplo, de ese cuadro feo y sangriento que tienes ahí, ¿es el símbolo de un cuadro? ¿Es una representación real del cuadro? Si te enseño una foto de una silla, ¿es una silla o un símbolo de una silla? Entiendo que son como las palabras, símbolos, representaciones. Pero sin la realidad no se sujetan, ¿no? A donde quiero llegar es que, si nos dominan los símbolos de los símbolos, porque habrán conseguido una autonomía de la realidad por ser una imitación total, seremos la última planta del sótano de la caverna de Platón…
Gregoria salió del gabinete y metió las manos en los bolsillos, gesto necesario para pensar en lo que acababa de escuchar.
 En la acera repartió alternativamente miradas a las personas que se iban recogiendo en el barrio. En cada esquina de la calle crecía un arbusto de hojas pequeñas que temblaban con la brisa nocturna, miradas por los niños a la salida del colegio, coincidiendo con los ladridos de los perros que prologaban los sonidos de insomnio. La ráfaga de ojos contrariados de las cigarras, el pulso de la luna contra el día y las nubes entorpecidas por la futura tormenta disimulada por la oscuridad. Era suficiente con amenazar a la noche; tener acorralado cualquier amago de arrepentimiento sobre la tesina, caminar por el barrio enloquecido por las apariencias; y recordar en cada mirada cruzada las palabras que se había dicho en silencio tras las palabras de J.:
Me he cansado. Haré mi última gran obra, voy a asesinar a la tecnología.
Esa noche notó en la cama las manos frías. Había convertido los sueños agitados en insomnios intermitentes, vasto símbolo de la infelicidad. Había decidido matar la tecnología, pero no se propagaba en su cabeza el sentimiento creador necesario para la muerte. Muerte y creación. Nunca se dio cuenta de que yo determiné su biografía, yo Octavio, pequeño, ortopedista, padrastro. No todo me lo inventé, ella me contaba sus días y yo modificaba por diversión, hoy me arrepiento, debo devolverle su tesina.
(Aquí cambia la caligrafía).
Octavio siempre ha dicho que desde que inventaron a los chinos la tecnología ha adquirido más importancia sobre otros inventos humanos como el amor o la nostalgia. Me propuso asesinar el concepto de país, de China en este caso, pero estoy cansada de que su innovación se imponga sobre la mía, soy yo la escritora alemana, soy yo la autora de esta tesina. Ya es suficiente con la civilización que padecen los hombres.
He conocido mejor a Diego y los dos tenemos en común que hemos asesinado nuestra infancia; la madurez es una aproximación a una muerte endeudada de promesas, decimos, como la promesa de ver crecer la hierba a la salida del colegio.
En la puerta de mi casa, recogí mis pasos antes de salir otra vez al gabinete. Pensé en la muerte humana, tan alejada de la muerte de las cosas, en la muerte a plazo fijo de los enfermos. En estos días me limito a escribir y leer el cuaderno del manuscrito de mi vida. Lo que había en él me lo sabía de memoria. Lo que me queda por hacer, arrastrarme en la rutina, ver crecer la hierba entre los adoquines al salir del trabajo, también lo sé porque me lo impongo.
Han pasado dos semanas desde que comencé a trabajar en el gabinete. Dejé de ser Frank Kafka al día siguiente. La responsabilidad de la literatura universal yacía sobre mi espalda y me distraje con el destino de la muerte y del arte. No me supuso ningún trauma. Esta asociación fortuita de hechos hace que se observen semejanzas inevitables. Creo que el alma de Kafka vaga por el gabinete. J. ha comenzado a soltar aleatoriamente palabras en alemán.


[1]     Impresa en el gabinete filosófico de J. M.
[2]     Tiene en las manos la versión paleográfica libre (había algunas palabras escritas aleatoriamente en alemán, han sido traducidas para mejorar la comprensión del texto).

miércoles, 15 de marzo de 2017

Un día de la prensa


El señor del gran bigote blanco caminaba despacio, con los auriculares bailarines en el pecho y los brazos endurecidos y estirados, manteniendo su periódico a la distancia de su paso; la capucha de chubasquero no la necesitaba porque no tenía pelo. La sangre de la ciudad palpitaba en las esquinas de la autovía y se concentraba en el cráneo de un motorista pegado a la luna del coche del ministro de sanidad, que mientras fumaba dijo:
—Nos ha jodido la reunión. Tráeme el paraguas.
Una gota se desplazaba como un coche en un circuito por las rugosidades de otro paraguas, y mojó, brutalmente, el micrófono de la presentadora. La emisora de radio comenzó a recibir las consecuencias del plaf en forma de carta, llamadas o bajadas de audiencia. Por el pasillo donde colgaban las fotos de los entrevistados corretearon los gerentes y los responsables de comunicación, tratando de evitar el segundo plaf. No pudieron: ni el volumen repentinamente bajado, ni el aviso por el pinganillo. Y por fin, en algún momento indeciso de la emisión, cuando el realizador estaba sujetando sus nervios con unos anuncios, se decidió parar la lluvia.
—Ya está. Paradla.
Afuera, comenzaba a enfriarse el atardecer y los pájaros, hambrientos o noctámbulos, se desbandaban sobre los pisos baratos. Un niño, un futuro inventor, corría tras una hoja seca del viento; la pisó, la arrastró a un charco de coche.
—¿Sabéis hacerlo? —dejó los controles de sonido y se giró hacia el resto de técnicos. Nadie le miró —. ¿Sabes hacerlo? —señalaba ahora hacia Marta.
—Creo que sí.
La verticalidad del rascacielos era sujetada por miles de espejos para los pájaros coquetos (los tontos morían aplastados). El chico se resguardó en el zaguán de la radio.
En otra manzana de Madrid, adonde quizás fueron los pájaros a cantar el lunes, la pareja rota de futuros inventores se seguía sentando junta en clase. Él, a veces, jugaba con el estuche o la tapa del bolígrafo de ella, como si nada pasara. La profesora, alias Conchi, suele guardar en la carpetilla junto con los apuntes de la asignatura de Inventos Ya Inventados (helicóptero, pelapatatas, el amor…), los kleenex limpios; bajo su manga siempre huele a moco.
El despacho del señor del gran bigote blanco era espacioso como los pulmones de un niño, y en el gran ventanal de su espalda se imprimía el logotipo de la radio. En su mesa no hacía falta el cartel de jefe, le bastaba la autoridad del peine diminuto de su bigote. Encima del sillón de invitados tenía un cojín chino con una pagoda bordada; un poco más arriba, en una estantería, junto con una sirena de policía falsa, un gato de mármol bebía agua de mármol.
Marta salió por la puerta giratoria, subió a un taxi (el chico la miró al salir), iba de camino a la universidad, allí los inventores ya habrían ideado algo. En el taxi evitó cualquier conversación sobre la lluvia.
—Pues vaya día se ha quedado.
—Yo que sé.
Cuando el señor del gran bigote llegó por fin al despacho, le habían tirado encima de la mesa todas las cartas, todas las llamadas inquietas (en ese momento todavía no se había revelado que el motorista iba escuchando la radio). Usó el teléfono, es decir gritó, para que acudiera el realizador.
—¿La idea ha sido tuya? Sí, siéntate… No, mejor, no te sientes que me aplastas la pagoda. Si la idea ha sido tuya me parece buena. ¿Cómo van los plafs?
—No muy bien —si hubiera tenido sombrero, se lo hubiera quitado y juntado sus pies—. Cuatro o cinco, se multiplican con las cartas. Ahora han parado un poco.
—Ya sabes: hay que pararla como sea. Las consecuencias están siendo terribles, por ejemplo: hoy me he mojado.
—Ya he enviado a Marta.
—Bueno, espero que sea suficiente.
Marta subió las escaleras sin saludar al conserje, entró empujando la puerta. Conchi se asustó, casi se le cae el pañuelo de la manga.
—Hermano, ven.
—Sinceramente, la especialista en parar lluvias es Carolina.
La pareja rota tuvo que volver a formarse.
—¿Qué habéis ideado?
—Por Dios, no ofendas, nosotros no ideamos: nosotros inventamos (idear es de filósofos).
—Decid.
—La verdad: no tenemos nada. El paraguas inmenso no funciona, es demasiado obvio y no sorprende a las nubes. Además, nosotros cobramos, aunque lo hagamos gratis para la universidad, nosotros cobramos.
Fueron a la radio para negociar el precio del paraguas inmenso.
      El niño continuaba en el zaguán de la entrada, jugando tembloroso a atravesar unas hojas húmedas con su propio tallo. Marta y la pareja rota se miraron, un viento de lluvia levanto el flequillo del chico. Marta se compadeció.
—Chico, ¿quieres entrar?
—No es lo mismo ser ingenioso que ingeniosillo que ingenuo.
—¿Qué?
—Nada, que sí me gustaría entrar, tengo frío.
Ponía caras de asombro al ver tanta gente guapa en los marcos de los pasillos. Entraron todos al despacho del bigotes.
—¿Y bien? —gritó el señor, cruzando los nudillos con el logo en la espalda.
—Lo tenemos. Un paraguas gigante podría bastar.
El gato de mármol rascó el cojín.
—Sentaos, por favor. Desenrollad la idea.
—Es desarrollad. En fin: Quince toneladas de acero, veinte kilómetros cuadrados de seda.
—Perdón —intervino el niño—, os complicáis mucho. Yo ya la paré hace tiempo.
La pareja de inventores levantó una mirada escéptica y una sonrisa pegajosa.
—¿Y bien?
—No gratis.
—Qué pesado. ¿Qué quieres?
Y entonces el niño se acarició su futura perilla de inventor y dijo:
—Solo pongo una condición.
—Adelante.
El chico señalo a la sirena.
—Dejadme tocar la sirena —se la alcanzaron—. Gracias, ninoninoninonino. Gracias, ya está. De acuerdo, es muy fácil. Para pararla solo hace falta construir una antinube… Sí, no me miréis así. Construir una antinube o contranube, lo mismo da…
—Entendemos…
—Como eso que está en las duchas.
—¿Una esponja?
—No sí, bueno, yo la llamo antinube.
—Es una esponja.
—Es una antinube.
—No, esponja, esponja.
—No, antinube, antinube, antinube.
El regidor entró azotado.
—Sí, sí… ya me imagino, veinte plafs, déjanos que estamos…
—No es eso. Ya ha muerto gente.
—¿Cómo? —grito el señor del bigote blanco.
Marta no pudo poner la cara de estupor que puso el resto porque se había quedado pensando.
—Está involucrado el ministro.
—¿Cómo? —gritaron el señor y la pareja rota.
La velita del ingenio de Marta se le encendió, como si la misma Conchi hubiera traído las cerillas.
—¡Claro! Estamos perdiendo el tiempo. Es mucho más fácil. Si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad.
El señor del bigote blanco asintió tras peinarse el bigotillo, dejó el peine como si fuera frágil. Poco después por la radio sonó: no está lloviendo, no está lloviendo… Y las cartas dejaron de llegar y los teléfonos se apagaron.

domingo, 19 de febrero de 2017

Un mal resumen

    Ahora solo me queda el último recurso de la correspondencia para dirigirme a una tercera persona que espero que sea, algún día, una segunda. Oigo, por la puerta y el pasillo, el suspiro de una plancha eléctrica que deshace una arruga en su vestido de novia. Recuerdo y pongo a mi lado en el escritorio el álbum incompleto de nuestros primeros días; en la portada está escrita con una caligrafía alegre una frase que dice: «Confundir la verdad de los hechos es un hecho del cansancio en pareja, evitémoslo». Debió de sentir una confusión entre el desprecio y la soledad cuando ella soñó en una madrugada de un catorce de sus dieciséis años una declaración divertida, continuada por una especie de matrimonio antes del primer beso, un brillo de sudor en el mármol de una suite, un hijo inmediato en la luna de miel. Se van a cumplir los cálculos envenenados de una boda, las condiciones en la entrada a la iglesia del prometido perfecto, sin nombre y sin familia, diseñado en la adolescencia y entre amigas, que resulté ser yo. Levanto la cabeza de la carta y huelo, ahora, una cena elaborada.
    Producto de la intuición o del deseo, esta carta se escribe sola, ridículamente sola. Haber comprado el vestido de novia antes de permitir que me declarara fue una indirecta insultante. No quiero convertir esta carta en un alegato de mi resentimiento ni en una lista de las razones por las que diré no quiero: hablaré sumariamente de nuestros besos aburridos; el beso esquimal nos constipa, e incomoda inexplicablemente a Laura. Conclusión: le ofrezco azúcar en el desayuno, me responde que no, me deja apartarle el pelo hacia el hombro, mis labios amagan hacia el cuello y, por su gesto suave, entiendo que debo aproximarme rutinariamente a su mejilla.
    El marcapáginas del álbum que he apoyado aquí, sobre la mesa, me permite divagar por alguna obsesión metafórica: está cosido a la encuadernación de este álbum para siempre, y acabará huraño y estancado en la misma página (rara vez releo algo), pisando, igual que el oso que visitaremos en el zoo con nuestros hijos (niño y niña), las mismas huellas donde la hierba habrá renunciado a crecer.
    Podría hablar de las otras. Cuando claudicó aquella noche, mi ex (cuánto orgullo idiota en un morfema), Nora, había llegado con las uñas pintadas de negro, un maquillaje sucio, las muñecas enrojecidas por probarse intermitentemente las pulseras enfrente del espejo. Yo todavía en calzoncillos presumí de mi habilidad como soltero con el microondas. Ridiculicé mi perfil al hacer una gracia penosa con los dedos. Sonaba por las ventanas, moviendo las cortinas amarilleadas, el puerto de San Fernando y entretanto una gaviota se negaba a acabar el día. Nora me preguntó por la psicología de los pájaros. Tuve que decirle que no era mi especialidad, pero sí comérmelos. Rio por pena. Le serví la sopa de sobre que había manchado la puertecita del microondas. Al aproximarse a olerla, sus rizos sobre la frente me provocaron cierta sensualidad. Desde la encimera pulsé, sutil, el botón que encendía la música. Se fue sin dar un portazo al escuchar el comienzo de la canción.
    Podría, también, explicar el origen, recordar mis primeros amores de las clases de Historia. La Alguna quería disimular su risa con la mano, ocultar los granos del moflete para casi desaparecer avergonzada por la alegría o el atrevimiento. Yo, con mi cinismo penoso (hoy comprendo que era cobardía), apenas compartía la mirada oblicuamente, nunca supe si me miraba o si comprobaba si yo le miraba. Me aproximó un estuche; tenía varios bolígrafos de tres colores, un marcapáginas (no cosido a ningún álbum) y una nota ensuciada por el contacto con virutas de goma y lápices. Quise sospechar que la autoría de dicha nota pertenecía a otro pretendiente. Eso me alejaba de ella, pero me aproximaba a conocerla. Conjeturé cualquier pensamiento para improvisar el primer ademán hacia el amor. Todos, con Las Algunas, fracasaron.
    Han pasado varios días desde que empecé a escribir la carta. He vuelto para estrenar mi primer regalo de boda: una estilográfica. A veces, la miopía emocional y temporal me hacen olvidar los beneficios de gastarme 120€ por invitado. Cuando la escribí hace un fin de semana, tenía cierto recelo en confesar por qué me abandonaban Las Algunas al poner mi música: escuchaba a Beyoncé. Creo que es a ella a quien enviaré esta carta.

sábado, 4 de febrero de 2017

Nota sobre La La Land que nada tiene que ver con La La Land

    A veces presiento despertar un estado primitivo de conciencia que no tiene que ver con un instinto o un arranque esencialmente cargado de emotividad, sino con un asombro un poco vergonzante, una despertenencia a cualquier grupo de individuos o ideas, casi como una forma de orfandad sorprendida por la tecnología fascinante que es un libro: para qué el baldío conocimiento, para qué el esfuerzo por no olvidar. Me presiento fuera del mundo y me digo: Si es que soy humano. Y me cuesta mucho, en esta existencia rara, dar una opinión.
    Desde mis primeras aproximaciones a los rudimentos artísticos hasta las más destellantes técnicas, y frente al pesimismo de intelectuales sexagenarios, he pensado siempre que quien logre confluir la tradición artística con el relato subjetivo y talentoso de la sociedad de su tiempo logrará, también, el éxito. No importa que utilice procedimientos complejos o que apele demasiado a la inteligencia y sensibilidad del público, el cual es víctima de su propia proclamada ignorancia. Lo imperecedero invoca la idea -oh, apaleado idealismo- de belleza y perfección que todos intuimos. "Precioso... precioso", decimos, sabiendo perfectamente que es un juicio inexacto, muy parcial  y, quizás, por su propia naturaleza, prescindible: es la frustración que se sangra al tratar de moldear la intuición.
    Los lugares comunes, los clichés, las frases o historias hechas, al fin y al cabo, aproximan los hombres a la vida y la vida -compleja, a veces injustificable desde la originalidad absoluta- a los hombres. Tratándolos, el talento se ha desempeñar de la mejor manera. Porque pueden ser el colchón que confía al espectador o lector, la realidad matriz de donde chupan la verdad (con minúscula) los pedantes, los acomplejados, los que se sienten superiores y parecen olvidar que ellos también pertenecen al conjunto de lo criticable. No se trata de que sea necesario hablar del tiempo para empezar una conversación, tampoco decir: "se me ha ido la comida por el otro lado", sino: "se me ha ido el pensamiento por el otro lado"(1).
    Mostrar como una obviedad lo que nunca se dice, y nunca estar tentado a decirlo. Es, a partir de ahí, donde se construye la originalidad. La rebeldía de lo alegre. Una mujer bailando su historia de Santa Fe en un atasco (2), el trompetista que improvisa sus segundos fuera y dentro de la música; la rebeldía del drama inusual sobre el que resbala la vulgaridad de lo solemne, lo obvio del sexo estando enamorado: es superior la imagen de ella bailando sola, frente a su pianista, cogiendo el ritmo deseado del enamoramiento que nunca podrá ser. Esto se encuentra en las grandes novelas, en los versos del poeta umbilical, en algunas películas, como, por ejemplo, la que vi ayer: La La Land.

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(1) Me siento especialmente orgulloso de esta frase.
(2) Tengo la canción Another day of sun en bucle desde ayer.