miércoles, 31 de agosto de 2016

En un autobús de verano

Intento imponer inútilmente mi propio ruido, o morro nao tem, la radio se escucha como un eco irreconocible, un gorjeo de voces o anuncios que solo comprendo porque ya fueron escuchados antes repetitiva y involuntariamente en el previo de las noticias o la película de la noche. Subo el volumen, água de beber, água de beber camará, y otra vez sin éxito, escucho a la vieja que dijo al comienzo que me había equivocado de asiento porque ella tenía los números 25-26 y yo el 21, perdona que como están los números en medio no me di cuenta, no importa ya me siento en el 21 así no se mueve usted, nada esté usted tranquila vieja de mierda, ella no se ofendió porque vieja de mierda no dije, acomoda el bolso de vieja ayudada por otra vieja que viaja en el 27 y resulta que ¡anda! de todos los sitios que podíamos coincidir nunca hubiera pensado que fuera en un autobús, se conocen, las viejas se conocen, cómo están tus hijos, ay mis hijos no mis nietos ya mis nietos, comienzan a pasear sus nietos y la samba de bençao no parece suficiente para que no aparezcan, el Alejandrito y la Sonia bañándose en la esquina de la playa del puerto que como es tranquila pues hija así no hay peligro, y luego veo la próstata de su marido porque le van a operar y echo de menos los detalles de Alejandrito y Sonia, ahora que les había cogido cariño, pero pobre hombre, de verdad, con lo que duele que te metan un dedo por donde los ángeles se acuestan, en fin, yo no sé como se llama su marido, todos los mártires tienen nombre, su marido sube abrochándose la bragueta por la escalerita del bus, cada vez las hacen más empinadas joder, no señor, dice el chófer, este autobús ya lo cogió usted en la Semana Santa de 1982 cuando tuvo que ir corriendo al baño que tiene en Madrid porque allí gasta otras toallitas y las de aquí le raspan, ay sí tiene usted razón, lo que se empina es mi vejez Tomás se inclina mi vejez y al final me caeré, ay no diga eso Julián (por fin le pongo nombre a San Julián) su mujer está en el 27, coño con lo poco que me gustan los impares hoy nos matamos, el chófer, Tomás, se pone serio, claro está que bromeen con el trabajo de uno no es gracioso, los sesenta muertos no importan tanto porque van asegurados, todos tranquilos si pasa algo tiren de la correa que tienen debajo del asiento que no saldrá nada de ningún sitio pero me hará mucha risa, no escucho mi ruido desde que puse o samba e samba y fíjate que me la sé de memoria, tampoco la radio ruidosa ni las adolescentes del 15-16 riéndose de alguna amiga fea, a tristeza é senhora, desde que o samba é samba é assim, cada ruido reverbera y son una banda sonora del marido mientras lo veo meando mal, jurando en varias lenguas muertas mientras cierra la puerta y hace aspavientos para encender la luz automática: ¡aquí no hay toallitas joder!, es la única manera en que me deja imaginarlo su mujer, el autobús no pita cuando pasa por delante del hotel abandonado, Hotel a L’ast, donde son todo habitaciones impares, del 1 pasa al 3, 5, 7, 9 y eso sí el 13 se lo saltan porque lo supersticiosos nos arruinan. El dueño de Hotel a L’ast, Paco el del viñedo (lo sé porque pone: Viñedos Paco), construyó una escalera de hormigón a pulso, diecisiete escalones de sudor, cervezas y calumnias pero como le daba miedo utilizarla, el ayuntamiento sin pedir permiso puso un quitamiedos a diez centímetros de la salida y se tuvo que cagar en el alcalde mientras su mujer le decía, si no estuvieras gordo no te pasarían estas cosas, y eso que tiene que ver paca joder que tiene que ver, bueno tu sabrás pero no deberías haber abandonado el hotel por los viñedos: en ese autobús que pasa viaja Julián el que odia los impares, podrían alojarse todo el verano.