jueves, 17 de marzo de 2016

El Solitorium

     Las uñas largas ya no se llevan, todo son épocas, la soledad tampoco se estila, pero esto no es moda sino la vida misma. A Alexandra le gusta el color morado, hace tres días fue a hacerse la manicura a un local de alto postín por donde se han visto famosas y botox, sobre todo botox, o eso dice a la amiga; la amiga mira sus manos y como sabe que ya no se llevan, se lo advierte:
     –Anda uñas largas, y qué color mas bonito, pero... ¿sabes que no se llevan?
     –Ya.
     La manicura de Alexandra, un poco barata, más que barata gratis, se la hizo su tía; pero tras un fin de semana de soledad se ha levantado casi todo el esmalte. La tía de Alexandra estudió un módulo superior peluquería, pero ¡ay la vida!, acabo llevando una empresa de materiales de construcción; ahora se consuela haciendo trabajillos a vecinas, sobrinas y estropicios a suegras. La soledad se lleva menos, pero no significa que no exista. La amiga de Alexandra, Carolina, piensa que no tiene gustos, no se decide si morado o verde, si salado o dulce, si chico o chica. Las amigas, de camino al transporte público, deciden,
     –¿Bus o metro?
     –Metro.
     Carolina se quiere probar las medias que ha visto en la chica Danesa. Carolina era Carlos pero eso no importa. Carolina era Carlos Delgado, estudiante de agrónomos, pero eso solo le importa a su padre. Carolina tiene pene, y suele decir que prefiere la palabra pene a pena, porque la e es más inclusiva.
     –¿A dónde vamos chiques?
     –A donde queráis vosotras –se confunde Celia.
     Celia en su juventud fue grafitera, trabajaba los colores chillones y a veces entre el violeta violento se colaba un púrpura, cosa rara en un artista que algún tipo terminaría en llamar efectista. Celia Porras firmaba como Cpump. Celia también habla con Alexandra y Carolina pero apenas interviene, mira a la cara, sonríe, ríe y mira al suelo. A veces deslumbra a sus interlocutores con ironías agrias que hacen risa si las miras con los ojos medio cerrados y con mueca sonriente, todo a medias. Celia cree que su mejor obra está en la calle Cincel, en el polígono industrial, justo delante del gimnasio, es una tipografía simple que pone "Te quieror", piensa que la última letra fue una rubrica, unos preguntan que si era broma y otros, los que saben la verdad, dicen que se corrió la tinta. Pump en inglés significa bomba, ella quería encontrar un pseudónimo fácil de recordar y con significado, tardó mucho en localizar los sinónimos de bomb, hay más de diez, y al final acabó escogiendo el que coincidía con sus siglas, no reparó en que significa bomba hidráulica de piscina. Al final han decido ir a donde les lleve el metro. Entran al centro comercial y a la vez preguntan:
     –¿Qué hacemos? –Se miran.
     –Hace tiempo que quería a ir a un sitio. – responde Carolina después de mostrarse pensativa.
     –¿Cuál?
     –Sssh, vosotres venid.
     Una muñeca hinchable con los labios morados o violetas o purpuras, no se ponen de acuerdo, les mira, hinchada, desde una cesta metálica. Celia está flipando.
     –Coño ahí no entro.
     Es un sexshop. Se llama El Solitorium y está especializada en objetos de esos, ya sabes tú, para hombres.
     Cpomp sabe que quiere entrar. Celia dice,
     –¡Qué no, que ahí no entro!
     –¡Venga mujer! Entramos, compramos lo que queramos comprar y salimos.
     Y al final sin mucho débate entran, ¿y Alexandra?, calla, ella no dijo nada, ya sabes lo del esmalte. La dependienta tenía un acento adaluz graciosillo, decía pene y vagina con mucho arte, el rimel se acumulaba en sus ojos pegajosamente, con grumos.
¿pero entró Celia o Cpump?, y yo que sé dejame seguir contando. El Solitorium es un templo de lo rectilineo pero sobre todo de lo fondo.
     –Qué salvajada. Mira cómo la tienen.
     –¿El qué Carolina el qué?
     –Joder la muñeca. Siempre en esa postura, simpre con la boca abierta entrandole aire y con esos ojillos. Parece que llora. Trae que me la llevo.
     –¿Pero la compras?
     –Yo a alguien así no compro nada, mira como dice vagina, parece tonta. –Zarandea la muñeca y lo intenta meter en el bolso.
     –Que no lo metas ahí, hombre, hostia, mujer, que te lo compro yo–decía Celia forcejando la muñeca.
     –¡No compro nada aquí! ¡Trae!
     –Qué sí.
     –Qué no.
     La dependienta interviene,
     –¿Pasa algo?
     Celia se gira. Alexandra intenta hacerse cargo de la situación cogiendo la muñeca. Sin querer le clava las uñas. Un hilito de aire se escapa. Ha liberado la muñeca para siempre.

jueves, 10 de marzo de 2016

Admed el poeta

     Admed hace unos de abajo hacia arriba y cuando forman grupos de cuatro, los tacha de arriba para abajo, le gustan expresiones occidentales como: “la mitad de la mitad” o “vamos a cambiar un poquito de tercio”. Al autobús se han subido tres viejas, tres desgracias, a la altura de la Place de la Bastille. Admed hace versos en su cuaderno de lomo amarillo y gomita para cerrar, el olor al fondo del autobús le evoca y las musas le hacen trenzas y le dictan versos y otras porquerías al oído, a veces hasta se le escapa una erección; la vida crece sobre el cieno de nuestros antepasados como un árbol retorcido sobre sí durante años buscando enloquecido la luz; con luz no le rima nada, lo dejará al aire que ahora los poetas finos dejan los versos así. Rimar le pone nervioso y cuando está nervioso se tira pedos. Vuelve a subir otra vieja; el transporte público a las diez es de los jubilados, los parques a las diez son de los jubilados, Paris a las diez es de los jubilados. Admed cuando un abuelo le pregunta y no sabe qué decir se tira pedos, el pedo empático del abuelo no falta, y sin querer el autobús, que es de los jubilados, acaba oliendo al final del trayecto a jubilado. “Blanco y en botella” es otro refrán que disfruta, no sabe si blanco se refiere a raza o a leche, últimamente tiene la idea de que él es negro por poco. Estudiar para la muerte es un aburrimiento, estudiar para matarse es un despropósito; pero más despropósito es la corrupción moral de occidente, no solo cuenta lo de Siria, si no mira como visten sus mujeres, como beben alcohol y se alimentan de cerdo los hombres. El refrán que más le gusta es “eres lo que comes”. Admed nunca mataría a una vieja, ya se van a morir, déjalos, deja que el peso de las pieles colganderas les arrastren a la tierra y en tierra se conviertan, en polvo que da de comer a la hoguera del mal y mantiene el calor de la constante negativa de la vida, después de este verso, tiene escrito, con letra gótica, una fecha: trece de noviembre y justo debajo más unos hechos de abajo a arriba y tachados cada cuatro. Solo queda un uno libre. Admed baja del autobús. Desde que llegó con tres años, en la esquina de la parada hay un librero de viejo, enfrente de Caudalie, tienda de cosméticos para ti y para tu madre, compra tres y te regalamos uno. En el paso de peatones hay un puñado de gente esperando. Él espera desde atrás, ve a quienes esperan como si él no esperase, ve a todos en fila como si fueran un muestrario de cabelleras, esto es la guerra, ¿lo hago ahora?, ¿aquí? Nunca le he visto a hacer ceros, nunca le he visto estudiar electrónica, estudiar electrónica para matarse es una letanía ronca, los detonadores son algo más que un botón rojo que pita, pitan también los semáforos para ciegos, ojalá ser ciego y no ver venir la muerte y si viene que me pille en la parte de atrás del autobús con sus aromas y sus porquerías, que si la veo venir me mato yo; los detonadores tienen sus multiplexores, sus circuitos magnéticos y su lógica binaria, unos y ceros. La vida y la muerte también es binaria, como el detonador, el pitido del detonador, el semáforo o el que ve y no ve. Estudiar para matarse es una corona de espinas de oro, y al final cuando estudias para matarte todo parece igual, todo sabe igual, te acercas al mundo de las ideas y de ahí no sales ni aunque el viejo de la calle tercera al subir al bus se tire el pedo más descomunal, aquel pedo que se tiró en navidad tras la comida de su señora.
     Admed se queda quieto en mitad del portal, contiguo a la tienda de cosméticos, pensativo, en ideas.
     –¡Eh tú! ¿Vas a pasar o qué?
     Admed se aparta. El vecino susurra, ya alejándose,
     –Moro de mierda.
     Qué he hecho, bueno, no importa, queda un día.
     Los treces de noviembre son iguales que los doces o los onces, solo cambia el tiempo y las ganas de vivir, pero ahí siguen las tres desgracias, el mismo conductor de autobús, el mismo abuelo de la calle tercera. A quien madruga Dios le ayuda, Admed hoy madruga para finalizar el poema, para despedirse de las musas de la línea tres. Los treces de noviembre son iguales para todos menos para Admed. Ya son las diez, esta vez de la noche, tiene el cinturón, el detonador y la ayuda de dios; tras un pedo entra, arriba pone “Bataclan”.