miércoles, 17 de enero de 2018

Poética de parque para la generación de mí mismo

    Hace dos años, cuatro amigos nos reuníamos creyéndonos una generación prometedora (hoy rota). Estábamos sentados en un banco del Parque Lineal, y dos kilómetros de carril bici y árboles de hoja caduca ambientaban nuestras melancólicas divagaciones. Un silencio repentino interrumpió el diálogo; un pájaro de pecho blanco se había posado junto a nosotros y se entretenía (alimentaba) de gusanos. Ellos se abismaron en la gracilidad de las plumas (ripio), en el pico que levantaba una tierra demasiado escasa para ser tomado por animal carnívoro. Excesivamente periférico, me he acostumbrado a vivir con pájaros despertadores pero a no verlos. Escucho un rumor de A3, relajante como un riachuelo castellano; veo la estética de un cartel publicitario de un polígono industrial, que anuncia una motosierra por 149 euros, sujeta por un hombre vestido de leñador, aspecto frecuente del habitante de nuestra ciudad para dormir. Siempre, en los domingos por la mañana, despierto admirado por la voz metálica del chatarrero, con ese deje gitano entre seguidilla y alegría, que a cambio de tu vieja bici se compromete a traerte dos melones a la puerta de su casa, señorita, que (pobre hombre) ya no recordará más. Es difícil con esto fingir admiración hacia los pájaros.
     Azorín, paisajista español como Sorolla, pintaba también a las personas como objetos de ese paisaje natural. Recién hechos como el pan sobre el papel de periódico, aparecen los abuelos, los niños, los enamorados, los rancios y los muertos. Mis prometedores amigos (hoy rotos) no se dieron cuenta de que unos bancos más allá estaba un anciano (otro árbol caduco) tratando de erguirse mientras, ¡quién sabe!, recordaba a su mujer bella como un pájaro blanco comiendo gusanos.