domingo, 13 de noviembre de 2016

Volver a vender pan

   También habrá otro padre que en esta noche esté caminando hambriento, después de haber estado soportando todo el día la lluvia insolente, odiando erosión de las lágrimas con las de las de la naturaleza repugnante. Y este hombre (quizás solo, quizás con una niña de la mano) verá por la avenida a unos adolescentes jugando con pistolas y la luz apagada del local catorce, aparentemente nombrado "Panadería de pan". Comenzará a pasear por el local vacío. Los expositores habían tenido cestas, cada fotografía, pisada cuidadosamente por él, había estado emparejada con algún marco roto del otro lado del expositor, cuatro o cinco personas se inclinaban sobre los precios, el panadero metía y sacaba del horno las barras de pan, otras muchachas se acercaban para pedir cambio de diez. Decenas de barras por día.
    Y si ahora, allí donde estás, te acercas tú y pones la nariz sobre el vidrio, verás barra de pan que nunca vendiste y el perfume amable del abandono. Si el tiempo poco te importa ya, pisa, con él, el parqué de las cuatro paredes que definieron nuestra hambre: solo por ti se levantará un polvillo, atravesado por la luz que recuerda que la noche se pasa. Mira afuera los gallos de forja muertos sobre los techos de los chalets y los cerdos a veces tan humanos con sus patitas limpias sobre las granjas (antes jardines) improvisadas. Voltea cada foto, adelántate a la pisada de aquel padre y comprende que son mentira las tardes pendientes, e incluso que tu bruma seca es como el perro mojado que juega con los adolescentes pistoleros. Entonces, si el tiempo poco me importa ya, allí donde estés, acuéstate y dime si estos muros sobre los que sujetaré tu ausencia merecen relojes.

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