domingo, 14 de mayo de 2017

Sobre el surrealismo y la dialéctica

   Tenía yo un bigote ralo que se envalentonaba en los partidos de baloncesto (no sé por qué ridícula razón llegué a pensar que el bigote acobardaría al contrincante) cuando en un fragmento del libro de texto de lengua leí por primera vez a Vicente Aleixandre.
    Por entonces, creo, era más inteligente que ahora. Un poco huraño y malhumorado hacia las manifestaciones gregarias y poco pensadas. Aborrecía las modas, rechazaba beber alcohol cuando se presentaba como parte del carácter misterioso y consabido del joven. Por esto, fui afilando una ironía que pasaría a formar parte de mí como lo es mi hígado y mi pulmón, como mi paciencia, y que tuve la fortuna de compartir con todos mis compañeros de clase. Las vidas se encauzan por muy diversos pavimentos, pero los talentos humorísticos que hubo en ese 1º y 2º de bachillerato podrían haber sido muy fecundos en el showbusiness; creo que entre todos nos dimos (aquello de que las risas dan minutos de vida, juegan contra la gravedad del reloj de arena) cien años de vida, todos compartíamos una irreverencia semejante y divertidísima. Y lo mejor de todo: en contra de nadie. La dialéctica, supimos pronto, es para gruñones. Hoy, quizás por mis lecturas de Aristóteles (por decir algo), me he dado cuenta de que no sirve de mucho discutir con un chillón, y tiendo hacia una muy feliz y pensada equidistancia.
    Vuelvo al surrealismo, 2º de la ESO. En esa aula de cabezas dispersas, bien dirigidas por una profesora muy estricta pero al mismo tiempo genial, Celeste, se leyó un poema de Aleixandre. No entendí nada: ni el entusiasmo de la profesora ni el pasotismo de mis compañeros. Había sido desplazado a un estado de concentración en que toda mi energía cerebral se enfocaba en comprender ese conjunto de sugestiones contradictorias. Pronto desistí. Y hasta hace un par de años no volví a leerlo, a pesar de vivir en la calle que lleva su nombre (quien fuera supersticioso vería aquí un designio, un anticipación decisoria de mi vocación). Volví a él, volví a mi calle. Leí en un rapto La destrucción o el amor, esa disyunción de la que se han dicho muchas cosas, pero, en ella, en algún reducto de su sombra verbal, queda una verdad íntima, aún no descubierta. Comprendí el efecto vital de la disyunción y el valor de la imaginación para crear el mundo. La única forma de vivir satisfactoriamente en él es crearlo. En definitiva, supe, sin poderle dar una explicación en ese momento, que el surrealismo había sido el gran descubrimiento estético del siglo XX.
   En otra entrada volveré a hablar de mis otros descubrimientos surrealistas y de Celeste. Esta profesora con caracter de madre que te exige porque te quiere y cuyos castigos pasaban de copiar exponencialmente frases por comer chicle a confiscar los bolígrafos caídos. Me impartió clase de lengua y fue una de las personas más determinantes en mi vida. Consideraba menos importante la literatura que la sintaxis a esa edad. Y tenía razón, me enseñó el valor de la sintaxis. Es decir, el valor de la computación, de la literatura, de la organización, la importancia de la posición de los elementos, de la secuencialidad de las palabras, del tiempo.

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