domingo, 16 de abril de 2017

Veintena

 (Madrugada de mi cumpleaños, después de volver de fiesta, aproximación poética y algo etílica al paso del tiempo, de la entrada en la década más determinante) 

    Pensaba comenzar este texto con una cita que me sirviera para trenzar una serie de reflexiones sobre el tiempo. Podría haber empezado también con una metáfora, así comparar el tiempo con una diminuta moneda de valor cuestionable, que ya va mostrando sus primeros óxidos, y que en mi caso valdría 20, si tomamos por magnitud los años y no, por ejemplo, los más precisos segundos. En cualquier caso, prefiero escribir algunas reflexiones inconexas en apariencia cuyo enlace sea el propio inexorable, brillante, doloroso, glacial paso del tiempo. Así, en esta digresión inicial ya has advertido su vagar, sin querer ya has perdido el tiempo.
    Todas esas obsesiones, pertenencias de la personalidad que configuran extrañamente nuestra voluntad (que es la expresión más sincera de la forma de ser) se han colocado en mí, después de unas virtuosas tensiones entre preferencias y resignaciones, como la arena en un bote de vidrio. Comprendí el paso del tiempo con las primeras mudanzas, con la muerte del hamster, del pez y del amor. Quizá fui un niño viejo, acomodado en los mundos poblados de la soledad, pero no cabe ahora arrepentirse: el corazón nace arrugado, no lo ve nadie, sí, en cambio, se ven las vidas y los actos y la barba.
   En fin, es incómodo crecer así, sin advertirlo: las camisas ya no se me quedan pequeñas, el pelo no brota indiscriminadamente, representando una imaginaria madurez en el rostro. Estoy en el andén con mi veintena, un baile de pañuelos anuncian la despedida. Se aleja la adolescencia, volveré a encontrarla cuando el olvido enflaquezca una madrugada y recuerde alegre y nostálgico otras noches en las que como hoy merece la pena dormir.


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