lunes, 10 de abril de 2017

La asesina de vanguardia













La asesina de vanguardia o
las diminutas hierbas que crecen en los adoquines y el niño que las observa crecer a la salida del colegio
(Tesina)[1]
Pseudónimo: Gregoria S.


Cuando, una mañana, Gregoria se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertida en Frank Kafka. Yacía sobre su espalda la responsabilidad de la literatura universal. Esto, confesó en un escrito después, no le supuso un trauma, pues desde que nació había soportado el compromiso de ser la única asesina de vanguardia en el mundo. Asesina de cosas. A partir de la crisis existencial que se le desencadenaría esa misma tarde a causa de su primer día de trabajo, este sería un episodio que olvidaría distraídamente.
En su nacimiento, sus padres ya sospecharon su talento como asesina vanguardista: inmediatamente trató de matar sus primeras lágrimas. La anécdota ha quedado escrita en su pequeña historia personal que abarca el divorcio de sus padres y un grado en Bellas Artes. Estas historias se encuadernan en un libro sin nervios con la caligrafía de Octavio, amigo, perfecto padrastro, y ortopedista.[2]
Conoció a Octavio por primera vez cuando su madre necesitó unas muletas y un amante, y entró con ella en la ortopedia. Gregoria se presentó:
Soy escritora. Escribo en alemán pero no soy alemana. Lo vengo observando desde hace unos días.
Octavio era un ortopedista con la capacidad de crear realidades. La madre preguntó:
No sé si existirán unas muletas telescópicas para guardarlas en la mochila.
Él respondió acariciándose el bigote:
Van a existir, tranquila, van a existir.
Y las hizo existir. Al cabo de dos días llegaron las muletas y un romance con la madre, preciosa madre. Octavio, como digo, se enamoró de la madre y se amistó con la hija alemana hasta el punto de que, a pesar de haberse referido a sí mismo en tercera persona, el párrafo anterior y los que vienen los escribió él.

La mañana del día en que, debido una crisis fatal al atardecer, decidió culminar su obra matando la tecnología, recordó que había comenzado a trabajar el día anterior y que, como llegaba tarde, no tenía tiempo para buscar las causas de su metamorfosis ni en el espejo ni en los libros.
En el barrio, un gabinete de filósofos había sustituido al anciano cibercafé. En la acera de enfrente, junto a un puesto de flores mortuorias situado a la salida de una gestora de herencias, una clínica de cirugía estética les hacía competencia. El gabinete lo constituían tres filósofos de conceptos desteñidos a veces, dolorosamente lúcidos otras. Mantenían el servicio de fotocopias por tres céntimos y medio cada cara porque, decían los vecinos, la filosofía no debía de ser suficiente para abastecer la vida de tres personas, por muy filósofos que fueran. Allí la razón crítica se imponía y allí consiguió Gregoria su primer trabajo. Los acontecimientos que envuelven este hecho también los redacté yo, Octavio:
Gregoria, el día anterior a verse convertida en Frank Kafka, llevó a imprimir su tesina en Bellas Artes. Unos jóvenes en la puerta del gabinete debatían los matices de la escena segunda del capítulo primero de Juego de Tronos.
A mí me mola mazo.
Y a mí, me renta mucho.
Recogiendo la riqueza de los chavales, los filósofos Digo y Diego debatían en el interior sobre la variedad en literatura y los diálogos. Le hicieron esperar con su tesina en la mano.
Hay que usar los verbos dicendi con cuidado —argumentó Diego.
Entiendo lo que dices. —dijo Digo— Hoy tienen una connotación muy fuerte.
Sí, sí —confirmó Diego—. Con cuidado, pero no eliminarlos. El lenguaje no tiene que perder su riqueza, su expresividad —porfió finalmente Diego.
Te entiendo —dijo Digo— pero cuando quieres centrar la atención en el diálogo no puedes usar palabras difíciles en las que tengan que detenerse a pensar los lectores.
Bueno, eso no es argumento suficiente. Cuando digo «dijo» estoy perdiendo matices en la acción.
Entiendo —dijo—, entiendo. Pero creo que lo mejor es llegar a un equilibrio.
Estoy de acuerdo —concluyó Diego—. ¿Un café?
Perdón —intervino Gregoria—, antes del café, ¿podríais fotocopiarme esto, por favor?
Digo miró a Diego y dijo:
El narrador ha dicho intervino. Te toca atenderla a ti.
El filósofo-impresor, J. M., salió enfadado del fondo del gabinete. Interrumpió a sus compañeros y preguntó que cuántas copias quería. Lector rápido, quedó fascinado por la conjunción del materialismo filosófico y las Bellas Artes. El arte, dejaba escrito Gregoria, es el éxtasis de la razón, incluso el irracional o surrealista. A pesar de que no añadía ninguna idea que no hubiera sido pensada ya en una mejor prosa o en otro idioma, J. M. se interesó en ella. En la conversación casual que mantuvieron mientras la impresora rechinaba hambrienta de papel, salió tímidamente el tema de la vanguardia en el arte. Gregoria dijo que le gustaba más la vanguardia del arte de la muerte; habló de sus asesinatos de poemas, de tesinas, le introdujo en los rudimentos del asesinato del sollozo y del hambre. Le pareció una locura tan bien diseñada por la razón que buscó un puesto en el gabinete para ella.
Entonces, la contrataron para asesinar las conciencias. Su trabajo consistía en esperar, casualmente, en la puerta de la clínica de cirugía estética, competencia fatal, y como quien lleva un cartel de compro oro en la voz, susurrar a las futuras rinoplastias:
Platón llamó cavernícola a quien vive en un mundo de apariencias.
Los cuerpos de las venideras liposucciones quedaban contrariados. Se detenían frente a Gregoria. Miraban esa cara de murciélago tan kafkiana. Finalmente, llevados por un impulso íntimo (metafísico) se acercaban al gabinete de filósofos para preguntar acerca del mundo de las ideas y las condiciones de posibilidad de la ciencia.
Su tesina versaba sobre las diminutas hierbas que crecen en los adoquines y el niño que las observa crecer a la salida del colegio, una clara disociación entre el título y el contenido, como correspondía a una vanguardista, primera asesina del poema, de la tesina, y del concepto de kafkiano. Era una forma de muerte más. Romper el discurso narrativo del ensayo por otro, el de su vida como arte de matar cosas, contada por otro, su padrastro perfecto Octavio.
            La instalaron en un despacho con muebles que olían a barniz eterno, situó unos cuadros regalados por sus amigos vanguardistas, salpicados con sangre que nunca se supo si fue real o quizás una vana pretensión de Pollock anacrónico.
Serían las cinco o las seis. Gregoria estaba sentada frente a su mesa rectangular sin papeles aún, las manos sobre la frente, pensando en las vidas que habría cambiado al susurrar la cita de Platón. El señor J. pidió entrar.
¿Qué tal el primer día?
No sé si me podré acostumbrar. Yo soy una artista, me cuesta demasiado hacer del arte rutina. Puede matarme. La rutina es una forma de muerte, no digo nada nuevo, la repetición... El arte muere en la rutina.
Tu inteligencia e interpretación del arte son admirables. Esto debería ser temporal. ¿Alguna vez te han dicho que tienes un aire de familia con Kafka?
No hasta hoy. Mira, tengo un amigo, Octavio se llama, tiene una prosa envidiable y me ha ayudado a redactar la tesina. Pero se ha hecho con el control de ella, y con ella de mi vocación de asesina de cosas. No sé si lo puedo soportar. Hay una cosa que me ha molestado de este primer día: no he sido capaz de convencer con tu cita platónica a los que estaban embebidos en el móvil, han entrado en la clínica igualmente. ¿No te parecen los móviles un símbolo? No sé muy bien de qué pero hay algo relacionado con la esencia del ser humano en esos aparatos.
Diego, especialista en estética, escuchó el comienzo de la conversación y tuvo que ir a buscar a su hija urgentemente.
He pensado en ello bastante —continuó J.—. Una foto de algo, por ejemplo, de ese cuadro feo y sangriento que tienes ahí, ¿es el símbolo de un cuadro? ¿Es una representación real del cuadro? Si te enseño una foto de una silla, ¿es una silla o un símbolo de una silla? Entiendo que son como las palabras, símbolos, representaciones. Pero sin la realidad no se sujetan, ¿no? A donde quiero llegar es que, si nos dominan los símbolos de los símbolos, porque habrán conseguido una autonomía de la realidad por ser una imitación total, seremos la última planta del sótano de la caverna de Platón…
Gregoria salió del gabinete y metió las manos en los bolsillos, gesto necesario para pensar en lo que acababa de escuchar.
 En la acera repartió alternativamente miradas a las personas que se iban recogiendo en el barrio. En cada esquina de la calle crecía un arbusto de hojas pequeñas que temblaban con la brisa nocturna, miradas por los niños a la salida del colegio, coincidiendo con los ladridos de los perros que prologaban los sonidos de insomnio. La ráfaga de ojos contrariados de las cigarras, el pulso de la luna contra el día y las nubes entorpecidas por la futura tormenta disimulada por la oscuridad. Era suficiente con amenazar a la noche; tener acorralado cualquier amago de arrepentimiento sobre la tesina, caminar por el barrio enloquecido por las apariencias; y recordar en cada mirada cruzada las palabras que se había dicho en silencio tras las palabras de J.:
Me he cansado. Haré mi última gran obra, voy a asesinar a la tecnología.
Esa noche notó en la cama las manos frías. Había convertido los sueños agitados en insomnios intermitentes, vasto símbolo de la infelicidad. Había decidido matar la tecnología, pero no se propagaba en su cabeza el sentimiento creador necesario para la muerte. Muerte y creación. Nunca se dio cuenta de que yo determiné su biografía, yo Octavio, pequeño, ortopedista, padrastro. No todo me lo inventé, ella me contaba sus días y yo modificaba por diversión, hoy me arrepiento, debo devolverle su tesina.
(Aquí cambia la caligrafía).
Octavio siempre ha dicho que desde que inventaron a los chinos la tecnología ha adquirido más importancia sobre otros inventos humanos como el amor o la nostalgia. Me propuso asesinar el concepto de país, de China en este caso, pero estoy cansada de que su innovación se imponga sobre la mía, soy yo la escritora alemana, soy yo la autora de esta tesina. Ya es suficiente con la civilización que padecen los hombres.
He conocido mejor a Diego y los dos tenemos en común que hemos asesinado nuestra infancia; la madurez es una aproximación a una muerte endeudada de promesas, decimos, como la promesa de ver crecer la hierba a la salida del colegio.
En la puerta de mi casa, recogí mis pasos antes de salir otra vez al gabinete. Pensé en la muerte humana, tan alejada de la muerte de las cosas, en la muerte a plazo fijo de los enfermos. En estos días me limito a escribir y leer el cuaderno del manuscrito de mi vida. Lo que había en él me lo sabía de memoria. Lo que me queda por hacer, arrastrarme en la rutina, ver crecer la hierba entre los adoquines al salir del trabajo, también lo sé porque me lo impongo.
Han pasado dos semanas desde que comencé a trabajar en el gabinete. Dejé de ser Frank Kafka al día siguiente. La responsabilidad de la literatura universal yacía sobre mi espalda y me distraje con el destino de la muerte y del arte. No me supuso ningún trauma. Esta asociación fortuita de hechos hace que se observen semejanzas inevitables. Creo que el alma de Kafka vaga por el gabinete. J. ha comenzado a soltar aleatoriamente palabras en alemán.


[1]     Impresa en el gabinete filosófico de J. M.
[2]     Tiene en las manos la versión paleográfica libre (había algunas palabras escritas aleatoriamente en alemán, han sido traducidas para mejorar la comprensión del texto).

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