miércoles, 15 de marzo de 2017

Un día de la prensa


El señor del gran bigote blanco caminaba despacio, con los auriculares bailarines en el pecho y los brazos endurecidos y estirados, manteniendo su periódico a la distancia de su paso; la capucha de chubasquero no la necesitaba porque no tenía pelo. La sangre de la ciudad palpitaba en las esquinas de la autovía y se concentraba en el cráneo de un motorista pegado a la luna del coche del ministro de sanidad, que mientras fumaba dijo:
—Nos ha jodido la reunión. Tráeme el paraguas.
Una gota se desplazaba como un coche en un circuito por las rugosidades de otro paraguas, y mojó, brutalmente, el micrófono de la presentadora. La emisora de radio comenzó a recibir las consecuencias del plaf en forma de carta, llamadas o bajadas de audiencia. Por el pasillo donde colgaban las fotos de los entrevistados corretearon los gerentes y los responsables de comunicación, tratando de evitar el segundo plaf. No pudieron: ni el volumen repentinamente bajado, ni el aviso por el pinganillo. Y por fin, en algún momento indeciso de la emisión, cuando el realizador estaba sujetando sus nervios con unos anuncios, se decidió parar la lluvia.
—Ya está. Paradla.
Afuera, comenzaba a enfriarse el atardecer y los pájaros, hambrientos o noctámbulos, se desbandaban sobre los pisos baratos. Un niño, un futuro inventor, corría tras una hoja seca del viento; la pisó, la arrastró a un charco de coche.
—¿Sabéis hacerlo? —dejó los controles de sonido y se giró hacia el resto de técnicos. Nadie le miró —. ¿Sabes hacerlo? —señalaba ahora hacia Marta.
—Creo que sí.
La verticalidad del rascacielos era sujetada por miles de espejos para los pájaros coquetos (los tontos morían aplastados). El chico se resguardó en el zaguán de la radio.
En otra manzana de Madrid, adonde quizás fueron los pájaros a cantar el lunes, la pareja rota de futuros inventores se seguía sentando junta en clase. Él, a veces, jugaba con el estuche o la tapa del bolígrafo de ella, como si nada pasara. La profesora, alias Conchi, suele guardar en la carpetilla junto con los apuntes de la asignatura de Inventos Ya Inventados (helicóptero, pelapatatas, el amor…), los kleenex limpios; bajo su manga siempre huele a moco.
El despacho del señor del gran bigote blanco era espacioso como los pulmones de un niño, y en el gran ventanal de su espalda se imprimía el logotipo de la radio. En su mesa no hacía falta el cartel de jefe, le bastaba la autoridad del peine diminuto de su bigote. Encima del sillón de invitados tenía un cojín chino con una pagoda bordada; un poco más arriba, en una estantería, junto con una sirena de policía falsa, un gato de mármol bebía agua de mármol.
Marta salió por la puerta giratoria, subió a un taxi (el chico la miró al salir), iba de camino a la universidad, allí los inventores ya habrían ideado algo. En el taxi evitó cualquier conversación sobre la lluvia.
—Pues vaya día se ha quedado.
—Yo que sé.
Cuando el señor del gran bigote llegó por fin al despacho, le habían tirado encima de la mesa todas las cartas, todas las llamadas inquietas (en ese momento todavía no se había revelado que el motorista iba escuchando la radio). Usó el teléfono, es decir gritó, para que acudiera el realizador.
—¿La idea ha sido tuya? Sí, siéntate… No, mejor, no te sientes que me aplastas la pagoda. Si la idea ha sido tuya me parece buena. ¿Cómo van los plafs?
—No muy bien —si hubiera tenido sombrero, se lo hubiera quitado y juntado sus pies—. Cuatro o cinco, se multiplican con las cartas. Ahora han parado un poco.
—Ya sabes: hay que pararla como sea. Las consecuencias están siendo terribles, por ejemplo: hoy me he mojado.
—Ya he enviado a Marta.
—Bueno, espero que sea suficiente.
Marta subió las escaleras sin saludar al conserje, entró empujando la puerta. Conchi se asustó, casi se le cae el pañuelo de la manga.
—Hermano, ven.
—Sinceramente, la especialista en parar lluvias es Carolina.
La pareja rota tuvo que volver a formarse.
—¿Qué habéis ideado?
—Por Dios, no ofendas, nosotros no ideamos: nosotros inventamos (idear es de filósofos).
—Decid.
—La verdad: no tenemos nada. El paraguas inmenso no funciona, es demasiado obvio y no sorprende a las nubes. Además, nosotros cobramos, aunque lo hagamos gratis para la universidad, nosotros cobramos.
Fueron a la radio para negociar el precio del paraguas inmenso.
      El niño continuaba en el zaguán de la entrada, jugando tembloroso a atravesar unas hojas húmedas con su propio tallo. Marta y la pareja rota se miraron, un viento de lluvia levanto el flequillo del chico. Marta se compadeció.
—Chico, ¿quieres entrar?
—No es lo mismo ser ingenioso que ingeniosillo que ingenuo.
—¿Qué?
—Nada, que sí me gustaría entrar, tengo frío.
Ponía caras de asombro al ver tanta gente guapa en los marcos de los pasillos. Entraron todos al despacho del bigotes.
—¿Y bien? —gritó el señor, cruzando los nudillos con el logo en la espalda.
—Lo tenemos. Un paraguas gigante podría bastar.
El gato de mármol rascó el cojín.
—Sentaos, por favor. Desenrollad la idea.
—Es desarrollad. En fin: Quince toneladas de acero, veinte kilómetros cuadrados de seda.
—Perdón —intervino el niño—, os complicáis mucho. Yo ya la paré hace tiempo.
La pareja de inventores levantó una mirada escéptica y una sonrisa pegajosa.
—¿Y bien?
—No gratis.
—Qué pesado. ¿Qué quieres?
Y entonces el niño se acarició su futura perilla de inventor y dijo:
—Solo pongo una condición.
—Adelante.
El chico señalo a la sirena.
—Dejadme tocar la sirena —se la alcanzaron—. Gracias, ninoninoninonino. Gracias, ya está. De acuerdo, es muy fácil. Para pararla solo hace falta construir una antinube… Sí, no me miréis así. Construir una antinube o contranube, lo mismo da…
—Entendemos…
—Como eso que está en las duchas.
—¿Una esponja?
—No sí, bueno, yo la llamo antinube.
—Es una esponja.
—Es una antinube.
—No, esponja, esponja.
—No, antinube, antinube, antinube.
El regidor entró azotado.
—Sí, sí… ya me imagino, veinte plafs, déjanos que estamos…
—No es eso. Ya ha muerto gente.
—¿Cómo? —grito el señor del bigote blanco.
Marta no pudo poner la cara de estupor que puso el resto porque se había quedado pensando.
—Está involucrado el ministro.
—¿Cómo? —gritaron el señor y la pareja rota.
La velita del ingenio de Marta se le encendió, como si la misma Conchi hubiera traído las cerillas.
—¡Claro! Estamos perdiendo el tiempo. Es mucho más fácil. Si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad, si una mentira se repite mil veces se convierte en realidad.
El señor del bigote blanco asintió tras peinarse el bigotillo, dejó el peine como si fuera frágil. Poco después por la radio sonó: no está lloviendo, no está lloviendo… Y las cartas dejaron de llegar y los teléfonos se apagaron.

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