domingo, 19 de febrero de 2017

Un mal resumen

    Ahora solo me queda el último recurso de la correspondencia para dirigirme a una tercera persona que espero que sea, algún día, una segunda. Oigo, por la puerta y el pasillo, el suspiro de una plancha eléctrica que deshace una arruga en su vestido de novia. Recuerdo y pongo a mi lado en el escritorio el álbum incompleto de nuestros primeros días; en la portada está escrita con una caligrafía alegre una frase que dice: «Confundir la verdad de los hechos es un hecho del cansancio en pareja, evitémoslo». Debió de sentir una confusión entre el desprecio y la soledad cuando ella soñó en una madrugada de un catorce de sus dieciséis años una declaración divertida, continuada por una especie de matrimonio antes del primer beso, un brillo de sudor en el mármol de una suite, un hijo inmediato en la luna de miel. Se van a cumplir los cálculos envenenados de una boda, las condiciones en la entrada a la iglesia del prometido perfecto, sin nombre y sin familia, diseñado en la adolescencia y entre amigas, que resulté ser yo. Levanto la cabeza de la carta y huelo, ahora, una cena elaborada.
    Producto de la intuición o del deseo, esta carta se escribe sola, ridículamente sola. Haber comprado el vestido de novia antes de permitir que me declarara fue una indirecta insultante. No quiero convertir esta carta en un alegato de mi resentimiento ni en una lista de las razones por las que diré no quiero: hablaré sumariamente de nuestros besos aburridos; el beso esquimal nos constipa, e incomoda inexplicablemente a Laura. Conclusión: le ofrezco azúcar en el desayuno, me responde que no, me deja apartarle el pelo hacia el hombro, mis labios amagan hacia el cuello y, por su gesto suave, entiendo que debo aproximarme rutinariamente a su mejilla.
    El marcapáginas del álbum que he apoyado aquí, sobre la mesa, me permite divagar por alguna obsesión metafórica: está cosido a la encuadernación de este álbum para siempre, y acabará huraño y estancado en la misma página (rara vez releo algo), pisando, igual que el oso que visitaremos en el zoo con nuestros hijos (niño y niña), las mismas huellas donde la hierba habrá renunciado a crecer.
    Podría hablar de las otras. Cuando claudicó aquella noche, mi ex (cuánto orgullo idiota en un morfema), Nora, había llegado con las uñas pintadas de negro, un maquillaje sucio, las muñecas enrojecidas por probarse intermitentemente las pulseras enfrente del espejo. Yo todavía en calzoncillos presumí de mi habilidad como soltero con el microondas. Ridiculicé mi perfil al hacer una gracia penosa con los dedos. Sonaba por las ventanas, moviendo las cortinas amarilleadas, el puerto de San Fernando y entretanto una gaviota se negaba a acabar el día. Nora me preguntó por la psicología de los pájaros. Tuve que decirle que no era mi especialidad, pero sí comérmelos. Rio por pena. Le serví la sopa de sobre que había manchado la puertecita del microondas. Al aproximarse a olerla, sus rizos sobre la frente me provocaron cierta sensualidad. Desde la encimera pulsé, sutil, el botón que encendía la música. Se fue sin dar un portazo al escuchar el comienzo de la canción.
    Podría, también, explicar el origen, recordar mis primeros amores de las clases de Historia. La Alguna quería disimular su risa con la mano, ocultar los granos del moflete para casi desaparecer avergonzada por la alegría o el atrevimiento. Yo, con mi cinismo penoso (hoy comprendo que era cobardía), apenas compartía la mirada oblicuamente, nunca supe si me miraba o si comprobaba si yo le miraba. Me aproximó un estuche; tenía varios bolígrafos de tres colores, un marcapáginas (no cosido a ningún álbum) y una nota ensuciada por el contacto con virutas de goma y lápices. Quise sospechar que la autoría de dicha nota pertenecía a otro pretendiente. Eso me alejaba de ella, pero me aproximaba a conocerla. Conjeturé cualquier pensamiento para improvisar el primer ademán hacia el amor. Todos, con Las Algunas, fracasaron.
    Han pasado varios días desde que empecé a escribir la carta. He vuelto para estrenar mi primer regalo de boda: una estilográfica. A veces, la miopía emocional y temporal me hacen olvidar los beneficios de gastarme 120€ por invitado. Cuando la escribí hace un fin de semana, tenía cierto recelo en confesar por qué me abandonaban Las Algunas al poner mi música: escuchaba a Beyoncé. Creo que es a ella a quien enviaré esta carta.

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