sábado, 4 de febrero de 2017

Nota sobre La La Land que nada tiene que ver con La La Land

    A veces presiento despertar un estado primitivo de conciencia que no tiene que ver con un instinto o un arranque esencialmente cargado de emotividad, sino con un asombro un poco vergonzante, una despertenencia a cualquier grupo de individuos o ideas, casi como una forma de orfandad sorprendida por la tecnología fascinante que es un libro: para qué el baldío conocimiento, para qué el esfuerzo por no olvidar. Me presiento fuera del mundo y me digo: Si es que soy humano. Y me cuesta mucho, en esta existencia rara, dar una opinión.
    Desde mis primeras aproximaciones a los rudimentos artísticos hasta las más destellantes técnicas, y frente al pesimismo de intelectuales sexagenarios, he pensado siempre que quien logre confluir la tradición artística con el relato subjetivo y talentoso de la sociedad de su tiempo logrará, también, el éxito. No importa que utilice procedimientos complejos o que apele demasiado a la inteligencia y sensibilidad del público, el cual es víctima de su propia proclamada ignorancia. Lo imperecedero invoca la idea -oh, apaleado idealismo- de belleza y perfección que todos intuimos. "Precioso... precioso", decimos, sabiendo perfectamente que es un juicio inexacto, muy parcial  y, quizás, por su propia naturaleza, prescindible: es la frustración que se sangra al tratar de moldear la intuición.
    Los lugares comunes, los clichés, las frases o historias hechas, al fin y al cabo, aproximan los hombres a la vida y la vida -compleja, a veces injustificable desde la originalidad absoluta- a los hombres. Tratándolos, el talento se ha desempeñar de la mejor manera. Porque pueden ser el colchón que confía al espectador o lector, la realidad matriz de donde chupan la verdad (con minúscula) los pedantes, los acomplejados, los que se sienten superiores y parecen olvidar que ellos también pertenecen al conjunto de lo criticable. No se trata de que sea necesario hablar del tiempo para empezar una conversación, tampoco decir: "se me ha ido la comida por el otro lado", sino: "se me ha ido el pensamiento por el otro lado"(1).
    Mostrar como una obviedad lo que nunca se dice, y nunca estar tentado a decirlo. Es, a partir de ahí, donde se construye la originalidad. La rebeldía de lo alegre. Una mujer bailando su historia de Santa Fe en un atasco (2), el trompetista que improvisa sus segundos fuera y dentro de la música; la rebeldía del drama inusual sobre el que resbala la vulgaridad de lo solemne, lo obvio del sexo estando enamorado: es superior la imagen de ella bailando sola, frente a su pianista, cogiendo el ritmo deseado del enamoramiento que nunca podrá ser. Esto se encuentra en las grandes novelas, en los versos del poeta umbilical, en algunas películas, como, por ejemplo, la que vi ayer: La La Land.

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(1) Me siento especialmente orgulloso de esta frase.
(2) Tengo la canción Another day of sun en bucle desde ayer.

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