jueves, 7 de julio de 2016

La última fiesta

    Resignada, arrastrando hacia mí los pies sin querer, emulada la mirada adolescente y la actitud sencilla de confesar el mundo, apoyó la cabeza sobre mi pecho y olvidó, sin avergonzarse, lo que iba a decir.
    —Qué.
    El pelo olía a champú de mañana, a un aroma de prisa y rutina, aroma que, si acaba esta conversación, nunca volvería a percibir.
    —Lo mejor que nos pasó —dijo, apenas audible, con un fingido balbuceo infantil— es no haber tenido relaciones sexuales. Vamos, al menos eso creo
    —¿Por qué dices relaciones sexuales y no follar? —ella disolvió mi vulgaridad, inclinando la cabeza hacia su hombro, vulnerable.
    —Eramos amigos —separó su frente de mi pecho, sin acercar su mirada, se sentó de un salto sobre la encimera—, había que tratarnos con distancia.
    —Vaya tontería.
    —Puede ser.
    Se quito los tacones sin manos, acarició sus tobillos.
    —¿Un masaje? —dije, probando distancias, quizás la conversación duraría diez minutos más.
    —No. Ya te he dicho lo del espacio.
    Sus ojos pequeños y apenas abiertos seguían sin cruzarse con los míos. Estaría pensando en cómo salir de ahí, en cómo llorar sin que yo lo advirtiera, en encontrar el candado de su voluntad y tirarlo por el fregadero a la derecha de su mano.
    —Me ha dolido. A mi me hubiera gustado.
    —No, no. Yo quería pero eramos amigos.
    El grifo parecía que goteaba, como su pelo mojado mientras la abraza por la espalda una mañana, siguiendo los compases de You can't lose a broken heart.
    —No entiendo.
    —Yo tampoco.
    La puerta de su habitación se abrió porque ella la empujó con la espalda, la última vez la estaban besando, la cerró con el pie desnudo y la oí llorar muda, contra la almohada. Me agaché para coger los tacones, los ordené adecuadamente. Los dejé tapando la luz que brillaba por debajo de la puerta de su habitación, y abandoné, para siempre, el apartamento.

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