viernes, 15 de julio de 2016

La boda

Me pondría el traje, la acompañaría hasta su padre, y esperaría a que sonara el órgano que anunciaba mi entrada, con los ojos de cerrados, tratando de invocar el deseo, tantas veces invocado aquel último año, de que todo iba a salir bien». El espejo situado en la esquina de la habitación devolvía mi torso antes de ponerme la chaqueta negra, la camisa blanca, los calcetines horribles, advertí un cerco enrojecido en la espalda. Pensé que me había picado un mosquito en una zona complicada de la dorsal, entonces, comencé a palpar la picadura sin saber si identificarla, quizás, con un grano, cuando comprendí que volvía a sentir la agonía adolescente de la existencia, que nunca llegó a marcharse y que bastaba la textura de un grano para darme cuenta de que solo la había postergado la agonía, hilvanando vagamente placeres, un café recién hecho por la mañana, unas vacaciones en un sitio que no tuviera metro, whisky por las noches mientras me excitaba con su llegada, abandonado en el sillón mientras leía novelas que no entendía pero creía que regaban llenando mi espíritu vacío, no había dejado de ser el cadáver de dieciocho años que fui cuando me di cuenta en la adolescencia de la vulgaridad de la muerte. Dejé de estudiar la picadura, me miré confesado a los ojos, y lo supe: no quería casarme.
Y ella al conocer la noticia, idiota, infantilizada con treinta años, concatenó cigarro tras cigarro sin ganas, solo por el desprecio hacia quien, queriéndola, la veíamos morir voluntariamente; se permitía hundir la cama con su cuerpo dejado, y apagaba los cigarros contra el velo. Su madre, abajo, evitaba llorar con las manos sobre los ojos para que no se le corriera el maquillaje que no se ponía desde que estuvo embarazada de ella, y con cada tos de ella
Me acerqué lentamente para ponerle el velo sobre la cabeza, ella supuraba un sudor denso, las gotas caían desde la frente en todas mas direcciones, movida por el nerviosismo y el desprecio.
Ahora la juventud no llegaría con el solo de armónica al borde de un acantilado que soñé una noche sobre ella y cómo al fin se puede querer más a una suegra que a tú mujer, el amor huidizo por las arrugas de la sábana por las primeras canas mías y de ella, la íntima tarde que pasamos tiñéndonos entre alguna risa y la preocupación de que no se iban las manchas de tinte de la frente, ven que te lo quito, humedecido el dedo gordo y rozando la piel, cuando cualquier roce suponía una declaración de intenciones, una confesión del mundo pequeño que nos rodeaba.

jueves, 7 de julio de 2016

La última fiesta

    Resignada, arrastrando hacia mí los pies sin querer, emulada la mirada adolescente y la actitud sencilla de confesar el mundo, apoyó la cabeza sobre mi pecho y olvidó, sin avergonzarse, lo que iba a decir.
    —Qué.
    El pelo olía a champú de mañana, a un aroma de prisa y rutina, aroma que, si acaba esta conversación, nunca volvería a percibir.
    —Lo mejor que nos pasó —dijo, apenas audible, con un fingido balbuceo infantil— es no haber tenido relaciones sexuales. Vamos, al menos eso creo
    —¿Por qué dices relaciones sexuales y no follar? —ella disolvió mi vulgaridad, inclinando la cabeza hacia su hombro, vulnerable.
    —Eramos amigos —separó su frente de mi pecho, sin acercar su mirada, se sentó de un salto sobre la encimera—, había que tratarnos con distancia.
    —Vaya tontería.
    —Puede ser.
    Se quito los tacones sin manos, acarició sus tobillos.
    —¿Un masaje? —dije, probando distancias, quizás la conversación duraría diez minutos más.
    —No. Ya te he dicho lo del espacio.
    Sus ojos pequeños y apenas abiertos seguían sin cruzarse con los míos. Estaría pensando en cómo salir de ahí, en cómo llorar sin que yo lo advirtiera, en encontrar el candado de su voluntad y tirarlo por el fregadero a la derecha de su mano.
    —Me ha dolido. A mi me hubiera gustado.
    —No, no. Yo quería pero eramos amigos.
    El grifo parecía que goteaba, como su pelo mojado mientras la abraza por la espalda una mañana, siguiendo los compases de You can't lose a broken heart.
    —No entiendo.
    —Yo tampoco.
    La puerta de su habitación se abrió porque ella la empujó con la espalda, la última vez la estaban besando, la cerró con el pie desnudo y la oí llorar muda, contra la almohada. Me agaché para coger los tacones, los ordené adecuadamente. Los dejé tapando la luz que brillaba por debajo de la puerta de su habitación, y abandoné, para siempre, el apartamento.