jueves, 5 de mayo de 2016

Se me olvida

    Una nube inmensa se desplaza rápidamente, otra, mucho más pequeña, como un vaho de Dios, está desapareciendo. Las señales de tráfico tiemblan y la gente que pasea se inclina hacia el viento para no caer, al tiempo que en sus oídos zumba el aire para evitar conversaciones. Roberto y Rodrigo pasean y charlan. El tiempo no va con ellos.
    —El viernes parecía domingo, ¿verdad?, ¿qué día es hoy? —dice Rodrigo.
    —No sé. Yo el viernes tenía cuerpo de domingo pero el sábado también; a veces, no sé, el tiempo no pasa en los fines de semana.
Un cactus mucho más escuálido que en las películas del oeste cruza por delante. Un abuelo corre cojeando tras su sombrero, sin soltar su periódico.
    —¿Qué gracia, eh? El abuelete —ríe Rodrigo—. Deberíamos ayudarle. EL cactus tiene más porte que él.
    —Sí, deberíamos —responde melancólico Roberto, como si un angelillo blanco e impertinente se hubiera posado en su hombro—. Pero tú fíjate como a veces queremos salvar todo lo que tenemos sin darnos cuenta que, estamos, en esa ímpetu redentora, perdiendo lo más importante. Como por ejemplo un sombrero.
    —Tío…
    —¿Qué?
    —Qué te pasa, te noto raro, ¿has estado leyendo?
    —No qué va. Bueno, no sé —vacila Roberto como si se hubiera posado el angelillo opuesto y no supiera a quién escuchar, para acabar diciendo incoherencias—. Igual sí pero no me acuerdo. Ya sabes que he tenido tiempo, pero mucho, no te imaginas cuánto. Y cuando desperté, pensaba sobre lo que había soñado. Pero leer, no he leído.
    —Uf, no sé.
    —Ya, ya.
    —Ten cuidado la próxima vez que cojas la moto —contesta paternal Rodrigo.
    —Ya.
    —La verdad; hoy tengo cuerpo de viernes.
    —Yo de sábado.
    Padres y madres, bien vestidos, de cuarenta y tantos, balancean a sus hijos; la madre coge del brazo derecho, el padre el izquierdo y ¡alehop!, saltito con balanceo; lo más importante —dice el niño— es no pisar la línea de separación de los adoquines. El viento ayuda a los ejercicios gimnásticos pero de vez en cuando desplaza la línea y se pisa y se pierde el juego. ¿Como en la carretera? Sí, y como en la vida misma. Ellos siguen andando.
    —Pero te pasa algo más —dice Rodrigo—. No evites contarme lo que te pasa, tío.
    —No hay nada que contar… —se miran a los ojos y Rodrigo inmediatamente lo sabe.
    —Ah, ya veo. Ya entiendo…
    —¿Qué?
    —Aquella chica, ¿no?, la de la fiesta, ¿has quedado con ella?
    —Sí —dice Roberto (a punto ha estado de decir que no).
    —Bueno, cuéntame.
    —Sí. Después de haber pasado un mes así por aquella fiesta quería recordarla. He soñado con ella, ¿sabes?
    —Vaya, ¿qué tal fue?
    —Bien, bien; pero dormido la recordaba mejor.
    —¿Cómo que mejor?
    —Es simpática.
    La madre del niño, inusualmente guapa para un viernes, sábado o quizás domingo, sonríe nerviosa a su marido como esperando un chiste. Él ríe a carcajadas.
    —Joder qué asco —dice ella con evidente cara de asco.
    María Pérez Pérez, una abuela, espera al autobús mientras escucha con los auriculares robados del Ave, Hoy no es un día cualquiera, o, a juzgar por su aspecto, Hoy puede ser un gran día de Serrat. Sobre el suelo de la parada se ven tres papelitos de quinielas mojados, colillas mojada de carmín escarlata, colorante número E124, derivado azoico, barato y artificial y una calcomanía de las que tocan con las patatas, también mojada.
    El niño ya no salta. Recoge la calcomanía y sin permiso de sus padres, se la prueba.
    —¡Qué haces niño! —dice escandalizada la abuela.
    —¿Pero no hay que mojarlas antes? ¡Ya está mojada! —dice el niño, mirando a la abuela con picardía.
    —¡No chiquillo! No con ese agua.
    El niño desafiante se la pone asquerosamente igual.
    —¿Ves Rodrigo? ¿Ves al niño qué feliz está? Qué lástima que los recuerdos no sean como las calcomanías. A veces las pones sobre la piel de la memoria con el agua del recuerdo, sucia o cristalina, pero agua.
    —Yo creo que sí que se parecen.
    —Bueno lo que tú digas, no voy a ponerme a discutir ahora.
    Siguen caminando, empujados por el viento y la voluntad de recodar el tiempo, hacia donde se va un viernes, un sábado o un domingo. Si fuera domingo a misa, si fuera viernes a por una cerveza, si fuera sábado (no sé cualquier día es bueno para una cerveza) a un centro comercial.
    —¿Vamos a un centro comercial? —pregunta Roberto.
    —¿Por qué no unas cervezas? —responde Rodrigo.
    María Pérez Pérez sube al autobús para bajarse una parada después. Los padres y los niños aminoran el paso al llegar a la parada de la abuela. En la otra acera se eleva paralela a la línea de los adoquines una parroquia. El viento se ha llevado la nubecilla, el vaho de Dios ya no está. María, los padres, los niños, Roberto y Rodrigo, e incluso el abuelo del sombrero, entran, todos, en silencio.

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