martes, 10 de mayo de 2016

No sé si ella

    Llevo un tiempo sin decirlo, bueno, creo que aún no se lo he dicho a nadie; pero ese marcapáginas que dejaste caer lo sigo usando. Intento que ningún poeta me posea con el sopor de una vana retórica, ya sabes, que haga temblar mis codos y rodillas por el propio peso de la emoción; pero aquel día, como viste, no pude nada.
    Me gusta que sigas subiendo al mismo autobús, aunque todo haya cambiado, aunque no te sientes junto a mí. Me acuerdo de los primeros días, cuando el conductor abría con tedio y con tedio y rabia arrancaba sin esperar a que te sentaras. A los abuelos les hacía lo mismo y algunos se caían y otros ni siquiera intentaban levantarse; pero tú solías pegar un saltito sutil y elegante que manifestaba tu determinación de no dejarte contaminar por la impía sombra de la rutina que nos asolaba al resto de abonados. Fue por vergüenza, quiero creer que fue por vergüenza, debiste pensar: “Ahora que he caído aquí, ya no me levanto”, qué roja te pusiste, si te hubieras visto seguro que no me hubieras mirado con esos ojos. Me sentí tan pequeño. Justo caíste en la única persona que, vista desde lejos, no podía levantarte. Y no pude parar, ¿recuerdas? Hacía que miraba al vidrio, pero tú sabías adónde realmente miraba, y de reojo me espantabas, y volvía mirar al vidrio. ¿Sabes que pasamos todos los días por delante de una iglesia? Nunca, hasta entonces, me había fijado. Dios es sordociego de nacimiento y no hizo caso a nada de lo que pedí, casi como tú, ¿a ti qué te pedí? A veces me bloqueabas el paso y te pedía si me dejabas pasar, solo eso, solo pedí eso, mierda... y tú me decías “bueno” y llevabas falda, qué guapa, y durante todo el viaje te habías estado tapando tímidamente con la mano esas arruguitas que os salen a las chicas, flacas o gordas, jóvenes o viejas, yo te hubiera dicho: ¿por qué entonces llevabas falda?, o no, mejor: te queda bien, no, quizás habría sido mejor ayudar: pon la mano en el libro que vas a perder la página, o no, no, simplemente: estás guapa así. Llevabas demasiadas bolsas para dejarme pasar y yo debería haberte ayudado, pero no me atrevía a decir gracias porque algo se agrietaba en mi tripa como un puñetazo contra la piel seca, como siempre, como siempre.
    Pero al día siguiente lo abriste. Casualidades o certezas de la vida, quién sabe. Aún no me puedo creer que estuvieras leyendo eso pero… ¡Bendito eso! Cuando lo recogí del suelo me dejé sorprender por los colores, así la de atrás no podía pensar que lo había robado. Las cosas que se caen, dejan de pertenecer, son de donde caen, como los barcos viejos y hundidos que se recuperan de ciento a viento en el centro de América. Y este marcapáginas es mío. Algún día... Da igual, esto es lo de siempre, siempre te echo de menos hasta que me da igual.

Este es un relato viejo. Lo rescaté con la impresión de que era mejor de lo que es; pero tiene algo que, aunque haya -creo- evolucionado en mejor camino, me sigue gustando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario