martes, 24 de mayo de 2016

La noche quemada

    —Mira, hijo, yo lo que quiero es morirme. Mi madre duró noventa y nueve años, hubiera sido terrible para ella cumplir los cien. No se lo merecía. Y ahora con setenta y seis preñados en esta casa, solo me queda dejaros algo de bien, sin polvo.
    —No sé abuela, lo que pasó en la otra casa es historia. ¿Me pasas un polvorón?
    El sofá de la abuela tenía estampadas, por ella misma, florecillas rojas y doradas, que no amapolas y crisantemos.
    —Sobre el sentido común no se escriben libros. Hay que coger el menú del día antes que la mariscada, no hay que ser tonto, el hambre no se cura.
    En Nochevieja, en casa de la abuela Dolores, se comen gambones cántabros y percebes gallegos.
    —Ven, hijo, traeme el cortaúñas.
    —Abuela, que es Nochevieja, vamos a ver la tele.
    En la madrugada del uno de enero tanto da que sean las dos, que las cuatro, que la una.
    —Yaya, ¿qué hora es? ¿No tienes sueño?
    En la madrugada del uno de enero, uno sabe que el tiempo pasa porque en la tele cambia el cantante y los turrones blandos van, en esa bandeja de compartimentos diminutos, tirando a duros, perfectos para el año que viene. Ella hace que ve la tele pero no la ve. Está incrustada en su sillón, sujetando el mando que apoya en su muslo.
    Dolores vive sola, es la única viva de la familia. Bueno. Ella, el nieto y la hija. El nieto va a verla de vez en cuando; sobre todo en Navidad. Dolores iba para poetisa pero nació en los treinta. A Dolores le gustaba tapar los muebles y electrodomésticos con mantas, servilletas y tapetes, por aquello del polvo. Lee a Rosalía de Castro y a veces disfruta recitando versos suyos, que nunca ha escrito, pero que siempre ha recordado. Hace unos seis años, puso encima de la tostadora un bordado y se quemó la casa.
    —La inexplicable sensación, tan humana sensación, de que tenemos alma, nos asalta en cualquier amanecer invernal. Quizás el alma está entre el corazón y el hígado, entre el nido de búhos del estómago y escapa por el sudor y la melancolía; o se quema con los recuerdos de una casa, con la muerte de un marido...
    —Vaya, ¿eso es tuyo abuela?
    —No sé.
    El último tapete que hizo Dolores fue el de la tostadora.
    —Abuela, ¿sigues haciendo ganchillo?
    —No. Este —dice mientras señala las florecillas del sofá— fue el último. Pero las cosas hay que cuidarlas. Algo os ha de quedar. Y si os queda nuevo y sin polvo, mejor. Yo me quiero morir.
    Así, Dolores lleva sin usar el horno seis años. En Navidad solía hacer un pollo riquísimo y se lo comían todos, pero ya no. Se ponía unos vestidos de señora fina, elegante, pero ya no. La mesa, sobre la que están las cascaras de percebes y gambas, está cubierta por un salvamanteles. Hace tiempo que no salva ningún mantel; aún queda alguna mancha de vino, ya casi difuminada, que dice: «Aquí hubo mejores Nocheviejas».
    —¿De verdad que no quieres ir a dormir? Se te va a juntar la noche con el día.
    —No. Ya te he dicho que lo que quiero es morirme.
    La madrugada va avanzando sobre las cuatro, las cinco, las seis de la mañana, no lo sé. En la televisión aparecen los cantantes de segunda —quizás tercera— categoría. Ella sigue sin prestar demasiada atención.
    —Aletear hacia el amanecer, irse de la rutina ronca de la vejez, de la letanía sabida como un automatismo de la fe. Del quiero y no puedo. Del quiero y no nunca podré.
    Cuando la abuela recita parece otra, como si le poseyera su querida Rosalía.
    —Abuela, ha acabado el programa, deben ser las seis. Échate a la cama.
    —Bueno y a mi que más me da.
    —¿Por qué?
    —Ahora vuelvo —se levanta—. Hoy quería ver amanecer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario