domingo, 29 de mayo de 2016

Breve nota sobre el odio

     Hay una venita que se levanta entre la nuca y la nuez, hay otra que se subleva cerca de la patilla, en la sien, cuando alguien dice —a veces agitando el puño—:
     —Le odio.
     Y entonces, como no queda otra que preguntar, se pregunta.
     —¿Por qué?
     —Le odio.
     —Bueno.
     Como estos huesos han aprendido que la pedagogía solo sirve para los niños porque la sociedad está enferma de ideas, estos huesos se callan y piensan, y a veces, cuando los tiempos —cualquiera de ellos— lo permiten, estos huesos escriben.
     —No sé. Le odio porque le odio.
     Nadie ha preguntado. Estos huesos, con la barbilla pegada al pecho, dibujando sin querer una papada graciosa, siguen escribiendo. La venita, cuando ya está tranquila, ya dialogante, articula alguna palabra más.
     —Es que mira lo que ha hecho bla, bla, bla. —hace aspavientos y la sangre remonta las venas con la fuerza de una marea alta. Añade cualquier argumento que estos huesos han oído ya, aunque no saben donde, con mejor castellano y mejorable lógica. Estos huesos se levantan levemente, desdibujando la papada y miran.
     —¿Pero de qué le conoces?
     —No le conozco.
     —Bueno.
     Odiar porque le odio, joder, le odio, es cómodo y sin duda catártico, pero muy poco saludable. Odiar porque te odio, me cago en la puta, te odio, es una agonía innecesaria de la que solo los muertos con motivo querrían presumir. La bombilla del odio —la misma que da calor a las venas— es bombilla de hebra fina y tonta que quema a cualquier temperatura. Estos huesos rechazan (¿debería decir odian?) las lecciones, y sin embargo llevan escrito en su calcio con escritura cuneiforme algunas verdades: es más sana la indiferencia.
     —¿Quieres dejar de escribir y hacerme caso?
     —No.
     —Bah, te odio.
     —¿De qué me conoces?
     —De toda la vida.
     —Bueno.

martes, 24 de mayo de 2016

La noche quemada

    —Mira, hijo, yo lo que quiero es morirme. Mi madre duró noventa y nueve años, hubiera sido terrible para ella cumplir los cien. No se lo merecía. Y ahora con setenta y seis preñados en esta casa, solo me queda dejaros algo de bien, sin polvo.
    —No sé abuela, lo que pasó en la otra casa es historia. ¿Me pasas un polvorón?
    El sofá de la abuela tenía estampadas, por ella misma, florecillas rojas y doradas, que no amapolas y crisantemos.
    —Sobre el sentido común no se escriben libros. Hay que coger el menú del día antes que la mariscada, no hay que ser tonto, el hambre no se cura.
    En Nochevieja, en casa de la abuela Dolores, se comen gambones cántabros y percebes gallegos.
    —Ven, hijo, traeme el cortaúñas.
    —Abuela, que es Nochevieja, vamos a ver la tele.
    En la madrugada del uno de enero tanto da que sean las dos, que las cuatro, que la una.
    —Yaya, ¿qué hora es? ¿No tienes sueño?
    En la madrugada del uno de enero, uno sabe que el tiempo pasa porque en la tele cambia el cantante y los turrones blandos van, en esa bandeja de compartimentos diminutos, tirando a duros, perfectos para el año que viene. Ella hace que ve la tele pero no la ve. Está incrustada en su sillón, sujetando el mando que apoya en su muslo.
    Dolores vive sola, es la única viva de la familia. Bueno. Ella, el nieto y la hija. El nieto va a verla de vez en cuando; sobre todo en Navidad. Dolores iba para poetisa pero nació en los treinta. A Dolores le gustaba tapar los muebles y electrodomésticos con mantas, servilletas y tapetes, por aquello del polvo. Lee a Rosalía de Castro y a veces disfruta recitando versos suyos, que nunca ha escrito, pero que siempre ha recordado. Hace unos seis años, puso encima de la tostadora un bordado y se quemó la casa.
    —La inexplicable sensación, tan humana sensación, de que tenemos alma, nos asalta en cualquier amanecer invernal. Quizás el alma está entre el corazón y el hígado, entre el nido de búhos del estómago y escapa por el sudor y la melancolía; o se quema con los recuerdos de una casa, con la muerte de un marido...
    —Vaya, ¿eso es tuyo abuela?
    —No sé.
    El último tapete que hizo Dolores fue el de la tostadora.
    —Abuela, ¿sigues haciendo ganchillo?
    —No. Este —dice mientras señala las florecillas del sofá— fue el último. Pero las cosas hay que cuidarlas. Algo os ha de quedar. Y si os queda nuevo y sin polvo, mejor. Yo me quiero morir.
    Así, Dolores lleva sin usar el horno seis años. En Navidad solía hacer un pollo riquísimo y se lo comían todos, pero ya no. Se ponía unos vestidos de señora fina, elegante, pero ya no. La mesa, sobre la que están las cascaras de percebes y gambas, está cubierta por un salvamanteles. Hace tiempo que no salva ningún mantel; aún queda alguna mancha de vino, ya casi difuminada, que dice: «Aquí hubo mejores Nocheviejas».
    —¿De verdad que no quieres ir a dormir? Se te va a juntar la noche con el día.
    —No. Ya te he dicho que lo que quiero es morirme.
    La madrugada va avanzando sobre las cuatro, las cinco, las seis de la mañana, no lo sé. En la televisión aparecen los cantantes de segunda —quizás tercera— categoría. Ella sigue sin prestar demasiada atención.
    —Aletear hacia el amanecer, irse de la rutina ronca de la vejez, de la letanía sabida como un automatismo de la fe. Del quiero y no puedo. Del quiero y no nunca podré.
    Cuando la abuela recita parece otra, como si le poseyera su querida Rosalía.
    —Abuela, ha acabado el programa, deben ser las seis. Échate a la cama.
    —Bueno y a mi que más me da.
    —¿Por qué?
    —Ahora vuelvo —se levanta—. Hoy quería ver amanecer.

martes, 10 de mayo de 2016

No sé si ella

    Llevo un tiempo sin decirlo, bueno, creo que aún no se lo he dicho a nadie; pero ese marcapáginas que dejaste caer lo sigo usando. Intento que ningún poeta me posea con el sopor de una vana retórica, ya sabes, que haga temblar mis codos y rodillas por el propio peso de la emoción; pero aquel día, como viste, no pude nada.
    Me gusta que sigas subiendo al mismo autobús, aunque todo haya cambiado, aunque no te sientes junto a mí. Me acuerdo de los primeros días, cuando el conductor abría con tedio y con tedio y rabia arrancaba sin esperar a que te sentaras. A los abuelos les hacía lo mismo y algunos se caían y otros ni siquiera intentaban levantarse; pero tú solías pegar un saltito sutil y elegante que manifestaba tu determinación de no dejarte contaminar por la impía sombra de la rutina que nos asolaba al resto de abonados. Fue por vergüenza, quiero creer que fue por vergüenza, debiste pensar: “Ahora que he caído aquí, ya no me levanto”, qué roja te pusiste, si te hubieras visto seguro que no me hubieras mirado con esos ojos. Me sentí tan pequeño. Justo caíste en la única persona que, vista desde lejos, no podía levantarte. Y no pude parar, ¿recuerdas? Hacía que miraba al vidrio, pero tú sabías adónde realmente miraba, y de reojo me espantabas, y volvía mirar al vidrio. ¿Sabes que pasamos todos los días por delante de una iglesia? Nunca, hasta entonces, me había fijado. Dios es sordociego de nacimiento y no hizo caso a nada de lo que pedí, casi como tú, ¿a ti qué te pedí? A veces me bloqueabas el paso y te pedía si me dejabas pasar, solo eso, solo pedí eso, mierda... y tú me decías “bueno” y llevabas falda, qué guapa, y durante todo el viaje te habías estado tapando tímidamente con la mano esas arruguitas que os salen a las chicas, flacas o gordas, jóvenes o viejas, yo te hubiera dicho: ¿por qué entonces llevabas falda?, o no, mejor: te queda bien, no, quizás habría sido mejor ayudar: pon la mano en el libro que vas a perder la página, o no, no, simplemente: estás guapa así. Llevabas demasiadas bolsas para dejarme pasar y yo debería haberte ayudado, pero no me atrevía a decir gracias porque algo se agrietaba en mi tripa como un puñetazo contra la piel seca, como siempre, como siempre.
    Pero al día siguiente lo abriste. Casualidades o certezas de la vida, quién sabe. Aún no me puedo creer que estuvieras leyendo eso pero… ¡Bendito eso! Cuando lo recogí del suelo me dejé sorprender por los colores, así la de atrás no podía pensar que lo había robado. Las cosas que se caen, dejan de pertenecer, son de donde caen, como los barcos viejos y hundidos que se recuperan de ciento a viento en el centro de América. Y este marcapáginas es mío. Algún día... Da igual, esto es lo de siempre, siempre te echo de menos hasta que me da igual.

Este es un relato viejo. Lo rescaté con la impresión de que era mejor de lo que es; pero tiene algo que, aunque haya -creo- evolucionado en mejor camino, me sigue gustando.

jueves, 5 de mayo de 2016

Se me olvida

    Una nube inmensa se desplaza rápidamente, otra, mucho más pequeña, como un vaho de Dios, está desapareciendo. Las señales de tráfico tiemblan y la gente que pasea se inclina hacia el viento para no caer, al tiempo que en sus oídos zumba el aire para evitar conversaciones. Roberto y Rodrigo pasean y charlan. El tiempo no va con ellos.
    —El viernes parecía domingo, ¿verdad?, ¿qué día es hoy? —dice Rodrigo.
    —No sé. Yo el viernes tenía cuerpo de domingo pero el sábado también; a veces, no sé, el tiempo no pasa en los fines de semana.
Un cactus mucho más escuálido que en las películas del oeste cruza por delante. Un abuelo corre cojeando tras su sombrero, sin soltar su periódico.
    —¿Qué gracia, eh? El abuelete —ríe Rodrigo—. Deberíamos ayudarle. EL cactus tiene más porte que él.
    —Sí, deberíamos —responde melancólico Roberto, como si un angelillo blanco e impertinente se hubiera posado en su hombro—. Pero tú fíjate como a veces queremos salvar todo lo que tenemos sin darnos cuenta que, estamos, en esa ímpetu redentora, perdiendo lo más importante. Como por ejemplo un sombrero.
    —Tío…
    —¿Qué?
    —Qué te pasa, te noto raro, ¿has estado leyendo?
    —No qué va. Bueno, no sé —vacila Roberto como si se hubiera posado el angelillo opuesto y no supiera a quién escuchar, para acabar diciendo incoherencias—. Igual sí pero no me acuerdo. Ya sabes que he tenido tiempo, pero mucho, no te imaginas cuánto. Y cuando desperté, pensaba sobre lo que había soñado. Pero leer, no he leído.
    —Uf, no sé.
    —Ya, ya.
    —Ten cuidado la próxima vez que cojas la moto —contesta paternal Rodrigo.
    —Ya.
    —La verdad; hoy tengo cuerpo de viernes.
    —Yo de sábado.
    Padres y madres, bien vestidos, de cuarenta y tantos, balancean a sus hijos; la madre coge del brazo derecho, el padre el izquierdo y ¡alehop!, saltito con balanceo; lo más importante —dice el niño— es no pisar la línea de separación de los adoquines. El viento ayuda a los ejercicios gimnásticos pero de vez en cuando desplaza la línea y se pisa y se pierde el juego. ¿Como en la carretera? Sí, y como en la vida misma. Ellos siguen andando.
    —Pero te pasa algo más —dice Rodrigo—. No evites contarme lo que te pasa, tío.
    —No hay nada que contar… —se miran a los ojos y Rodrigo inmediatamente lo sabe.
    —Ah, ya veo. Ya entiendo…
    —¿Qué?
    —Aquella chica, ¿no?, la de la fiesta, ¿has quedado con ella?
    —Sí —dice Roberto (a punto ha estado de decir que no).
    —Bueno, cuéntame.
    —Sí. Después de haber pasado un mes así por aquella fiesta quería recordarla. He soñado con ella, ¿sabes?
    —Vaya, ¿qué tal fue?
    —Bien, bien; pero dormido la recordaba mejor.
    —¿Cómo que mejor?
    —Es simpática.
    La madre del niño, inusualmente guapa para un viernes, sábado o quizás domingo, sonríe nerviosa a su marido como esperando un chiste. Él ríe a carcajadas.
    —Joder qué asco —dice ella con evidente cara de asco.
    María Pérez Pérez, una abuela, espera al autobús mientras escucha con los auriculares robados del Ave, Hoy no es un día cualquiera, o, a juzgar por su aspecto, Hoy puede ser un gran día de Serrat. Sobre el suelo de la parada se ven tres papelitos de quinielas mojados, colillas mojada de carmín escarlata, colorante número E124, derivado azoico, barato y artificial y una calcomanía de las que tocan con las patatas, también mojada.
    El niño ya no salta. Recoge la calcomanía y sin permiso de sus padres, se la prueba.
    —¡Qué haces niño! —dice escandalizada la abuela.
    —¿Pero no hay que mojarlas antes? ¡Ya está mojada! —dice el niño, mirando a la abuela con picardía.
    —¡No chiquillo! No con ese agua.
    El niño desafiante se la pone asquerosamente igual.
    —¿Ves Rodrigo? ¿Ves al niño qué feliz está? Qué lástima que los recuerdos no sean como las calcomanías. A veces las pones sobre la piel de la memoria con el agua del recuerdo, sucia o cristalina, pero agua.
    —Yo creo que sí que se parecen.
    —Bueno lo que tú digas, no voy a ponerme a discutir ahora.
    Siguen caminando, empujados por el viento y la voluntad de recodar el tiempo, hacia donde se va un viernes, un sábado o un domingo. Si fuera domingo a misa, si fuera viernes a por una cerveza, si fuera sábado (no sé cualquier día es bueno para una cerveza) a un centro comercial.
    —¿Vamos a un centro comercial? —pregunta Roberto.
    —¿Por qué no unas cervezas? —responde Rodrigo.
    María Pérez Pérez sube al autobús para bajarse una parada después. Los padres y los niños aminoran el paso al llegar a la parada de la abuela. En la otra acera se eleva paralela a la línea de los adoquines una parroquia. El viento se ha llevado la nubecilla, el vaho de Dios ya no está. María, los padres, los niños, Roberto y Rodrigo, e incluso el abuelo del sombrero, entran, todos, en silencio.