miércoles, 27 de abril de 2016

Un coro de viejos

No es lo mismo un pato blanco que un cisne, tú lo sabes. Basta con mirarse en el reflejo del agua de un charco, en el reflejo del espejo de la cómoda de tu madre, pon la foto del abuelo ahí, o en el reflejo de la nieve en la nieve del cielo sobre algún vidrio o espejo con que suicidarse, llévate crema a la nieve o te quemarás, ten cuidado con los cristales porque contagian la enfermedad del mundo. Basta con cualquier superficie que permita reconocerse para darse cuenta que no es lo mismo un pato blanco que un cisne; tú eres un pato blanco, lo sabe el reflejo del alba en tus pupilas, lo sabe Hand Cristian Andersen y lo sabe tu madre, échate un poco antes a la cama que mañana madrugas. Tú estás en el primer año de universidad y te llamas juanperez pero podrías llamarte perezjuan, según la lista. Para mí, mi niño siempre será juanito y para otros el chico que se suicidó con el espejo de la cómoda de su madre, qué pena, delante de la foto de su abuelo, era simpático sí pero el morbo en los medios era innecesario, parecía buena gente, siempre saludaba. Para ti no eres más que el muerto que se mató con un coro de viejos entonando el “si te vas no vuelvas” al borde de tu sien, pero espera, todavía no, sabes que antes de marcharse siempre hay que pensar adónde. Hay adoquines que hacen las preguntas más incómodas; como cuando te rompes los dientes a la salida de una discoteca, rumiando por qué por qué lo habré hecho, como los adoquines que separan el bus de la facultad diciendo por qué por qué lo hice. Y sí, siempre son los adoquines; los espejos solo preguntan obviedades, mejor dicho, no preguntan sino que te hacen preguntar enunciados prosaicos, ¿estoy guapo? No es lo mismo un pato blanco que un cisne, no es cuestión de verse feo, es cuestión de saber quién eres y él no lo supo resolver. Suicidarse con un espejo roto es una ordinariez, se lo diría ahora, haber roto un cristal del reloj de péndulo de tu abuelo o mejor haber cogido el propio péndulo de cobre afilado. Si vas a dejarte matar, deja que te mate el tiempo y no una superficie de ti. El problema es del abuelo que enseñó a suicidarse al niño, aunque estaba muerto y no sé como lo hizo, pero le ayudó: conozco bien a eso hijoputa, siempre se complicó la vida demasiado, siempre jugando con espejos y luces-sombras: espejo contra espejo da miles de abuelos, exponenciales abuelos, la vida es de complejidad factorial, el abuelo lo sabía porque ya lo dijo Fibonacci, si hubiera atendido más en Álgebra igual hubiera entendido que uno más uno son dos, dos más tres son cinco, cinco más tres son ocho… y que la razón áurea es la vida y la solución real a un entero extravagante, qué sorpresa la ecuación de la vida, qué preciosidad de ejes, la vida tampoco es cartesiana, lo supiste al final, solo mira los ejes del alma inclinando la cabeza o gira un cuenco cóncavo o convexo, Descartes no conoció a Einstein y eso se nota en toda su obra. Hijo, no lo hagas que te queremos todos, el abuelo y yo y yo. No, mamá, no digas te quiero, es una muletilla del corazón ronco, si lo dices en serio no lo digas, acurrucame en tu tripa y déjame volver. Ya es tarde hijo. Tampoco me beses es una obviedad, si me quieres besar es una obviedad para el amor. Vamos nieto, coge el espejo, da igual lo que diga tu madre, así, ves, ya está, no duele tanto, notas el sopor, así, más profundo, al fin no pienses en que no es lo mismo un pato blanco que un cisne, basta con morir como un cisne para recordar que nunca fuiste un pato blanco idiota.

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