sábado, 30 de abril de 2016

Yo soy yo, Don Quijote

   Al dejar atrás los paisajes agresivamente urbanos por algunas autovías de Barcelona, se expanden, conforme avanza el autobús de la línea Barcelona-Zaragoza-Madrid, descampados apacibles. En el interior una niña estornuda; unas jóvenes le dicen ¡jesús! y una abuela, ¡salud! La abuela con más papada que alegrías bosteza con una infinita pereza; recuesta su cabeza sobre su bufanda y, tras mirar incómodamente al señor disfrazado de la Triste Figura que tiene sentado al lado, apoya la mirada en la comodidad del horizonte. Todo mejor que esta gente. Asoman de la bolsa que se encuentra entre sus pies una tostadora y varios libros de autores muertos. La asquerosa de doña Teresa, la abuela, quita el abrigo amplio del Caballero que conquista asientos ajenos como si fuera un trapo sucio. Alonso Quesada se molesta.
   Afuera el verdor del norte se tiñe levemente de amarillo aragonés. Arriba se suceden molinos. Adentro, como todo veintitrés de abril, se suceden en las cabezas de los pasajeros problemas de espacio y jardinería.
   —Con este ya van seis, tengo más Quijotes que mesas para calzar —piensa Tomás, ingeniero de energías por la Politécnica de Madrid.
    —Menos mal que se han puesto de moda las flores sintéticas —murmura Arturo Pérez Revuelto que al lado del ingeniero, embozado en un sombrero de pesca, observa todo.
    Un francés al otro lado del pasillo duerme con pesadez. Viste un chaleco fluorescente de jardinería donde cuelga una plaquita con su nombre: “Pierre Menard”. El ingeniero mira con asombro el sueño del francés y el aspecto del tipo sentado al lado de la abuela. Piensa que parece Don Quijote, quizás lo sea. Tomás, el ingeniero, es aficionado a la lectura pero no lee, no tiene tiempo, suele decir; pero la verdad es que no le hace falta seguir todos los partidos de la segunda división de la Bundesliga. El ingeniero mira a su acompañante de la derecha con la misma inquietud con que él y la abuela han mirado a Don Quijote.
    —Creo que le conozco. Del tuiter o de algún programa…
    Arturo Pérez Revuelto se hace el despistado, intentando que no le pille. Arturo Pérez Revuelto, cuando va a las ferias, ojea libros de youtubers con la Crítica de la razón pura bajo el brazo.
    —Tiene aspecto de salvar perritos con retuits —concluye su pensamiento Tomás.
    Teresa aprovecha cada curva para comerle espacio a Alonso Quijano. Lo del abrigo lo soportó, pero esto ya es demasiado.
    —¡Señora! Disculpe pero no me está dejando espacio ni para vivir.
    —Mentira, es usted quien lleva un traje que no deja moverse. Ocupando todo. Mire, mire como su abrigo ocupa mi sitio.
    —No, es usted, lleva media hora dando codazos... ¿Al menos tiene nombre la mujer de mis tormentos?
    —Sí. Teresa. ¿Algún problema?
    —Oh, Teresa… ¿Teresa Panza? Ahora todo tiene sentido.
    —Sí, sí, Sancha llámeme Sancha Panza, escudera suya… Nos han merengao.
    —¿Ah sí? ¿Quiere usted ser mi Sancha Panza?
    —No, ¡por Dios! Veo que le gusta a usted jugar. Por qué yo no Dulcinea.
    —No, no. Si ha de ser algo, ¿ha visto su papada?, ha de ser Sancha.
    Las jóvenes que han dicho “¡jesús!” a la niña, intervienen.
    —Pero bueno que sea lo que ella quiera, ¡es una mujer hecha y derecha!
    —¡Qué no!
    —Y por qué no Sanche Panza. Así ganamos todes —dice Pérez Revuelto, levantándose y descubriendo levemente su cara. Por esta estolidez el ingeniero, que tenía sus dudas, descarta que sea Pérez Revuelto.
    El autobús de repente se detiene, la inercia del frenazo mueve todas las cabezas hacia delante. Es hora de merendar. El sol va cayendo sobre los secarrales aragoneses. Un cartel reverbera el color la tarde y apenas se ve que lleva escrito “Parque Eólico La Muela”.
    —¡A merendar! Media horita de descanso y volvemos —dice el conductor—, ¡mirad que pedazo de molinos!
    Los molinos asombran a cualquiera. En el autobús duermen Arturo y el francés (¿qué estará soñando?), afuera todos los demás se sientan alrededor de una mesa de merendero. Miran hacia arriba y se quedan atónitos. Desde lejos no parecen más grandes que un molinillo; pero si te acercas son más que gigantes, parecen titanes. Alonso Quijana se acongoja.
    —Uy… Yo contra eso no lucho. No, no tengo fuerza suficiente.
    —¡Pero bueno! —grita el ingeniero— Que no hables castellano antiguo te lo perdono… pero que haya unos molinos y no luches con ellos... ¿Qué Quijote eres tú?
    —¡Eso! ¡Eso! —mete bulla Teresa.
    —¿Cómo que quién? ¡Yo soy yo!
    —Puf. —se queja Tomás— Vosotros no entendéis bien dónde estamos. Estos molinos son...
    La niña del estornudo ha cogido un papel del suelo, interrumpe riendo:
    —¡Mirad! ¡Mirad! Pone “Marta quiere todo con Carlos”.
    Alonso Quijano le dice que lo traiga que quizás es un manuscrito con alguna ventura o desventura. Al prestarle atención lo desprecia. Dice que ya le pareció floja la canción Crisónomo y Marcela como para perder el tiempo con esta.
    Tomás como se ha quedado con las ganas, prosigue su perorata.
    —Estos molinos son la máxima expresión del ser humano, la necesidad de generar con…
    —Te he dicho que paso de los molinos.
    Tomás sí que pasa de Don Quijote y continúa hablando.
    —Los molinos iluminan la modernidad con su energía, ¡pequeño, muy pequeño, se ha quedado el candelabro del Voltaire al lado de los diez megavatios de estas aspas! Ciudades enteras iluminadas con un cielo limpio. Energía sí. Y renovable. En mi profesión batallamos siempre contra los melindrosos y farsantes que no permiten el progreso y el viento del progreso lo tenemos aquí sobre nuestras cabezas. Este sitio es donde nace el viento, donde nace la voluntad del viento y la luz, el conocimiento, donde nace el ser humano, como ser…
    El ingeniero, poco a poco, se queda hablando solo. Entran las ocho de la tarde y con el sopor de la merienda todos se han ido durmiendo: Don Quijote, Teresa... solo se mantiene despierta la niña, que, francamente, sigue pensando en “Marta quiere todo con Carlos”.

(992) palabras - Guillermo Marco Remón @gmarco_)
La página a la web del concurso es esta http://www.zendalibros.com/don-quijote-y-los-molinos/
¡Gracias! 

miércoles, 27 de abril de 2016

Un coro de viejos

No es lo mismo un pato blanco que un cisne, tú lo sabes. Basta con mirarse en el reflejo del agua de un charco, en el reflejo del espejo de la cómoda de tu madre, pon la foto del abuelo ahí, o en el reflejo de la nieve en la nieve del cielo sobre algún vidrio o espejo con que suicidarse, llévate crema a la nieve o te quemarás, ten cuidado con los cristales porque contagian la enfermedad del mundo. Basta con cualquier superficie que permita reconocerse para darse cuenta que no es lo mismo un pato blanco que un cisne; tú eres un pato blanco, lo sabe el reflejo del alba en tus pupilas, lo sabe Hand Cristian Andersen y lo sabe tu madre, échate un poco antes a la cama que mañana madrugas. Tú estás en el primer año de universidad y te llamas juanperez pero podrías llamarte perezjuan, según la lista. Para mí, mi niño siempre será juanito y para otros el chico que se suicidó con el espejo de la cómoda de su madre, qué pena, delante de la foto de su abuelo, era simpático sí pero el morbo en los medios era innecesario, parecía buena gente, siempre saludaba. Para ti no eres más que el muerto que se mató con un coro de viejos entonando el “si te vas no vuelvas” al borde de tu sien, pero espera, todavía no, sabes que antes de marcharse siempre hay que pensar adónde. Hay adoquines que hacen las preguntas más incómodas; como cuando te rompes los dientes a la salida de una discoteca, rumiando por qué por qué lo habré hecho, como los adoquines que separan el bus de la facultad diciendo por qué por qué lo hice. Y sí, siempre son los adoquines; los espejos solo preguntan obviedades, mejor dicho, no preguntan sino que te hacen preguntar enunciados prosaicos, ¿estoy guapo? No es lo mismo un pato blanco que un cisne, no es cuestión de verse feo, es cuestión de saber quién eres y él no lo supo resolver. Suicidarse con un espejo roto es una ordinariez, se lo diría ahora, haber roto un cristal del reloj de péndulo de tu abuelo o mejor haber cogido el propio péndulo de cobre afilado. Si vas a dejarte matar, deja que te mate el tiempo y no una superficie de ti. El problema es del abuelo que enseñó a suicidarse al niño, aunque estaba muerto y no sé como lo hizo, pero le ayudó: conozco bien a eso hijoputa, siempre se complicó la vida demasiado, siempre jugando con espejos y luces-sombras: espejo contra espejo da miles de abuelos, exponenciales abuelos, la vida es de complejidad factorial, el abuelo lo sabía porque ya lo dijo Fibonacci, si hubiera atendido más en Álgebra igual hubiera entendido que uno más uno son dos, dos más tres son cinco, cinco más tres son ocho… y que la razón áurea es la vida y la solución real a un entero extravagante, qué sorpresa la ecuación de la vida, qué preciosidad de ejes, la vida tampoco es cartesiana, lo supiste al final, solo mira los ejes del alma inclinando la cabeza o gira un cuenco cóncavo o convexo, Descartes no conoció a Einstein y eso se nota en toda su obra. Hijo, no lo hagas que te queremos todos, el abuelo y yo y yo. No, mamá, no digas te quiero, es una muletilla del corazón ronco, si lo dices en serio no lo digas, acurrucame en tu tripa y déjame volver. Ya es tarde hijo. Tampoco me beses es una obviedad, si me quieres besar es una obviedad para el amor. Vamos nieto, coge el espejo, da igual lo que diga tu madre, así, ves, ya está, no duele tanto, notas el sopor, así, más profundo, al fin no pienses en que no es lo mismo un pato blanco que un cisne, basta con morir como un cisne para recordar que nunca fuiste un pato blanco idiota.

miércoles, 20 de abril de 2016

La fábrica


     La Fábrica de Adultos Complutense está construida sobre una cuesta inclinadísima; los ciclistas (algunos hay) se ven obligados a bajarse y empujar la bici. Alvarito y Guillermito se emboban con los colores extravagantes de los chalecos. Acompaña al ruido metálico de la bicicleta un sonido de campanas de la capilla interior de la fábrica, que indica la entrada y salida del trabajo.
     Alvarito es un niño pelirrojo y rufián con aspecto de estar buscando siempre a su madre. Junto con Guillermito pasa por delante de la Fábrica de Adultos Complutense con la promesa de llegar al parque. Hoy, el padre de Guillermito, el señor Guillermón de Cela, alto cargo de la Fábrica, tiene una reunión extraordinaria: no es costumbre celebrarlas de día. Él atraviesa la puerta y mientras tanto Guillermito y Alvarito se quedan jugando en la acera un tanto aburridos, y divagan con la idea de que sería genial conocer al niño que dio la importancia que merecía al juego que consiste no pisar la línea de los adoquines.
     En la Fábrica Adultos Complutense se trabaja de noche, de doce a tres. En la Fábrica de Adultos Complutense, nada más entrar a la derecha, está el Departamento de Técnica y Optimización de Agarrado de Mejillas. Don Guillermón de Cela, responsable de dicho departamento, tiene en las manos callos grandes y blancos como la piel de un melón. Con una zancada decidida se dirige a la sala de juntas. Todos los pasillos huelen a alcanfor y a madera de nogal. Guillermon no saluda a los peones del departamento de R.I. donde se discute si romper-ilusiones es una ciencia o no. Al lado, en el de Anatomía y Autopsia de un Muertopordentro, se estudia cuánto puede durar un muertopordentro vivo, como un pollo sin cabeza; según los últimos experimentos es posible llegar a vivir 123 años, a falta de encontrar ser humano más viejo.
     En la Fábrica de Adultos Complutense se imparte y habla el idioma adulto. Guillermón de Cela pasea por el pasillo de idiomas, están dando clase.
     –Bla bla bla –dice el jefe desde su cátedra.
     –¿Bla bla bla? –pregunta el peón inquisidor.
     –BLA bla bla bla bla bla, bla, bla, BLA –confirma, sentenciando el jefe.
     En la fábrica de adultos hay otro departamento de cómo dejar las cosas para el último día, pero no me da tiempo de contarlo, si hubiera tenido un día más, quizás.
     En La Fabrica de Adultos Complutense está prohibido el culto a Peter Pan, las estampitas de Disney y la reproducción de obras de James Matthew Barrie. El 30 de abril de 2015 al cumplirse setenta años de la muerte del último heredero de Matthew, sus libros quedaron bajo dominio público, a la espera de que alguien (ajeno a la Fábrica) los publicara. No se conoce ninguna noticia más al respecto.
     Los académicos alrededor de la mesa leen el periódico. Guillermón de Cela acomoda su chaqueta en el respaldo y se sienta solemnemente. Lee en las contraportadas de El Mundo (Mundial) el último escándalo.
"Roto Maestre, ejecutivo de la Fábrica, entró en la Capilla de Campanilla, descubriendo su rostro lleno de arrugas.
     –¡Arrugas! ¡Arrugas! ¡Qué ordinariez! -gritaban los fieles- ¡Qué ordinariez!"
Fue un escandalo lleno de traumas cuyo final consistió en cerrar la Capilla de Campanilla. Ahora se comenta que a veces de día, cuando nadie está trabajando, se escucha un tintineo melancólico, se escuchan caer lágrimas de Hada.
     Comienza la reunión. ¡La Fabrica está en crisis! ¡Los peones están comenzando a tener hijos! ¡No hay marcha atrás! Antes de que sea tarde hay que hacer algo. En la reunión se debate si abrir una pequeña guardería inclinada en la planta baja o en el peor de los casos, reabrir la capilla. El jefe de los jefes, introduce el tema de la reunión:
     –¡Bla bla bla! ¡bla! ¡bla! dice enfadado el jefe de los jefes.
     Roto Maestre, soberbio, desde el sillón seis, se comporta como si no fuera con él.
     Alrededor de la mesa hay representantes de todos los departamentos: el de R.I., Mejillas, Idiomas, el de Orientación y Apoyo Psicológico Si el Niño ha Salido Tonto Que Se Le Va A Hacer e incluso se encuentra el ejecutivo del departamento para la Implantación Internacional de Sueños Costumbristas; este señor, Pepón de nombre, está especialmente distraído. Discurre el último caso de un peón.
     –He soñado que besaba las nubes. Necesito un justificante, tengo una nube en mi casa.
     Pepón de Toledo, alarmado, le dijo al peón que bla bla bla que bla y que bla y que dejara su espacio de trabajo durante dos días y añadió que intentara pensar en el Mercadona y en los domingos.
     El Jefe de los jefes da un golpe en la mesa gritando que deben centrarse. Las opiniones se cruzan y nadie escucha al otro. Guillermón de Cela se levanta firme, se acaricia la cara y con muchísimo esfuerzo (le cae una gota enorme de sudor por su frente), habla.
     -Señores Jefes y Jefe de los Jefes -dice aclarandose la voz con un carraspeo-. Esta institución se está viendo desbordada. Hay que tomar una decisión y hay que tomarla cuanto antes -se oyen murmuraciones: "qué barbaridad, un adulto hablando como un niño"-. Estoy cansado de que nadie afronte los problemas. Estoy casado de que cada uno entre y salga en su horario sin implicarse; o si se implica es para salir en los periódicos por un escándalo; odio blanquear los problemas de esta institución, odio luchar blandiendo el blason contra la blasfemia blanquecina de títeres blandengues blanc bla bla bla bla bla bla. -al menos lo ha intentado, hablar como un niño requiere un gran esfuerzo.
     En ese instante llaman a la puerta de la sala de reuniones.
     Todos pegan un leve respingo en la silla. ¿Quién será? Nadie hace el ademán de abrir. De Cela como ya está de pie, se acerca.
     –¡Qué hacéis aquí! ¡Marchaos! –susurra gritando mientras cierra la puerta cuidadosamente y hace aspavientos con las manos.
     –Papá, es que fuera nos aburrimos mogollón.
     –Bueno chicos id abajo que enseguida os llevo al parque.
     –¡Lo prometiste!
     –Sí, sí. Bajad.
     –¿Qué pasa ahí? ¿Eh, De Cela? –pregunta el Jefe de los jefes.
     –Nada, nada.
     –¡Sí pasa! Son niños, lo he oído desde lejos –los niños lo escuchan y zafándose del padre, entran en la sala de juntas. Un revuelo sordo se percibe en el ambiente. No pasa nada pero ahí no deberían estar.
     Cuando han entrado, roto Maestre ha sentido la necesidad envejecer de golpe, de permitir que su muertopordentro se hiciera cargo del de fuera. Todo el mundo guardó la compostura por dos minutos. Al tercero el revuelo fue máximo. Se canceló la reunión y se aplazó indefinidamente el debate sobre la guardería-capilla. La sala se ha quedado vacía; en ella solo están Guillermito, Alvarito, la mesa ovalada, las sillas que miran cada una para un lado y Guillermón. De Cela recoge el abrigo con la misma calma con que lo dejó. El chico, mirando levemente al suelo, desorientado por el revuelo, susurra a su padre.
     –Papi, ¿por qué trabajas aquí?
     –Mira hijo. Hay momentos en la vida en los que ya no te cabe el disfraz de dinosaurio o el de batman o el de vaquero. Asimilas que tu madre ya no te va a cortar las uñas nunca más y empiezas a sentir el gusanillo carnívoro del hambre que devora al gusanillo de la ilusión.
     –Jolín, joder, que asco de gusanos.
     –Ya... pero no digas palabrotas.
14/04/2016