jueves, 4 de febrero de 2016

La maqueta

¿Cómo sería no tener sentidos? Esto es un intento.
Me costaba imaginar un mundo en movimiento. Aquellos dioses terminaron por dotar de tal virtud exclusivamente al tren, que daba una y otra y otra vuelta alrededor de la ciudad. Me costaba imaginar un mundo donde individuos finalizaran su gesto: que la mujer dejara caer el dinero sobre la mano del heladero, la chica besara al hombre que tenía apoyado en el hombro, que el niño, sentado en el banco del parque, silbara de una vez y sus labios salieran de esa inútil insonora condena. Sin sentidos es difícil apañarse. Lo peor es no saberse, olerse, sentirse, dentro del calambre, de la fronda e imprecisa niebla que es la conciencia, la intuición de ser. De haber tenido vista, habría visto que el cielo que intuía era de hormigón, que la luz que intuía provenía de un fluorescente. De haber tenido tacto, hubiera sentido que el suelo que pisaba era cartón y que mi piel, que nunca llegué a intuir, era resina. Como no tenía ni vista, ni tacto, ni nada, viví viviendo una sucesión de intuiciones, un torrente conceptual inabarcable desde cualquier sensibilidad. Coincidiendo con el periodo del tren, volvía sobre mí la misma idea, la misma enemiga idea de mi propio progreso: ¿Por qué? En los mundos que después descubrí por leer y jugar, esa pregunta había conseguido grandes cosas, incluso fabricarme. Pero nadie más que yo lo puede entender; sobre mi solo existía un verbo: pensar, solo un sustantivo: yo, solo existía la infinita e idéntica idea inconstestable: ¿Por qué? Como la trenza que se enreda y desenreda, enemistando siempre con la letánica saeta del reloj, que para mi era el presentimiento del tren, yo un día nací. Aquel día, pasó lo peor que puede suceder a una conciencia; de repente, fui nombrado.
     Me contaron que una mirada brilló, un brazo se extendió (yo presentí multitud de intuiciones diferentes, pero similares al tren, movimientos), me empuñó y en ese instante (esto ya no me lo cuentan) lo oí: “Blas, mama, me quiero llevar a Blas”. Por primera vez oí, vi, olí, sentí y guste mi paladar. Ahí estaba el hormigón, el cartón, el fluorescente y la resina. Una ciudad amarilla, ventanas con marcos dorados, miles de diminutas acciones estáticas y criaturas con caras de prefabricada felicidad. Y un niño pálido, lo único vivo junto con sus padres, enormes, zarandeándome.
     Jugué con él toda su infancia. Nunca tuve compañeros con los que compartir mis sentidos: solo yo tenía nombre. Cuando tuvo mejores –o más adultos– entretenimientos, tuve la suerte de ser colocado sobre la estantería encima de su cama. Leí todo lo que él leía al acostarse y pude desde mi estática virtud, entender hábitos y descubrir mundos humanos. Algún día, cuando todavía jugaba conmigo, salimos al jardín. Y tuve que admitir, sin paliativos toda esa contingencia. Vi a un heladero cobrando, una mujer besando, y un niño, silbando.
     Creció; marchó hecho un hombre; tuvo una mujer y más tarde niños. Poco a poco fui perdiendo el nombre. Inevitablemente inhiesto, acompañé en la estantería a otros viejos compañeros de juegos y a varios libros. El Aleph, Ancia o Poesía Vertical fueron algunos de mis acompañantes. Un día cualquiera tal y como el que fui nombrado, él volvió, me empuñó y dubitó. Volvió a dejarme con cierta ira sobre la estantería; caí tras la cama y cayó el libro de Poesía Vertical, él se fue de la habitación; la página que se abrió, mostraba el verso: “Tal vez sea por esto / que pensar en un hombre / se a parece salvarlo”.

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