domingo, 14 de febrero de 2016

El ciego y el tullido

      Desde entonces se había estado despertando en el sofá a la tres de la mañana, con dolor en los riñones y la televisión parpadeante, introduciendo una tras otra termomix, cortafrutas y tupperwares. Incorporándose entreabría los párpados lentamente, evitando el brillo de la estrella sólida de color rojo que rodeaba un precio acabado siempre en noventa y nueve. En esa vigilia cercana al ensueño solía pensar que necesitaba un robot de cocina, un juego de quince cuchillos y un alargador de pene. Después, inapetente, dormitaba de nuevo. Durante la noche la estampa se volvía a repetir: desvelo, teletienda y de vez en cuando, parejas deslizándose sin romanticismo. Y otra vez, con los brazos demasiado cansados como para desplazarse a la cama, venía el sueño. A la mañana, tanteaba con las manos el soporte sobre el que se apoyaba su cuerpo, y confirmaba que, sin saber cómo, había conseguido llegar a la cama.
      La casa había sido adaptada poco a poco a las nuevas circunstancias de Rodrigo. El baño de repente se había tupido de superficies antideslizantes y barandillas. La cocina parecía un comedor social y el salón, una sala de rehabilitación. Incluso en su cuarto, al lado del escritorio Lillåsen, se había colocado un pequeño sistema de poleas y arneses. Siempre había querido ser el jodido Indiana Jones, se decía cuando tenía que elevar su propio peso con la fuerza sus brazos.
      Tronaba el despertador, gruñía, lo apagaba, daba un manotazo a las poleas, y después de dubitar sobre cómo era posible que estuviera en su habitación, se desplazaba y sentaba, más bien, rodaba y se dejaba caer, sobre la silla de ruedas. En ese mismo gesto estrangulaba una bolsa de cereales que descansaba en la mesilla, y comenzaba a comérselos a puñados, abriendo mucho la boca en cada bocado, regodeándose en esa sucia soledad que le otorgaba ser un desheredado del mundo. Por la mañana, sin levantar más de dos palmos la persiana, revisaba el correo electrónico, con cientos de mensajes desposeídos de toda genuidad que remitían de la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo... Cuántos besos me desean, cuántos abrazos me dan, ¡sirvienta! ¡Josefina! ¡Ven ven! Mira pone.: “Un abrazo, José Manuel García-Margallo. Ministro de Asuntos Exteriores” y otro, y otro más: “Bss, Beatriz” ¿quién es Beatriz? ¿tú la conoces? Bueno ¡que más da! ¡cuánto me quieren! ¿Verdad Josefina? ¡Cuantos besos me regalan! Por favor, traeme un zumo de naranja recién exprimido y celebrémoslo... La realidad es que Josefina no existía; sin embargo le arrancaba una carcajada pensar que ese eco perdido por el pasillo, alguna vez llegaría a alguna Josefina que vendría corriendo y le seguiría el rollo. Andaba desternillándose por esto mismo, delante de su escritorio, atenuando gradualmente su carcajada con una mano en la frente cuando, de repente, un viernes cualquiera de noviembre, sonó el timbre.
      —¿Quién es? —Y abrió la puerta.
      —Soy de una empresa de mensajería —dijo el muchacho tímido, casi tartamudo acariciando la tablilla de entregas—. Le traigo un producto que encargó usted ayer en… en entrega express.—Sin dejarle acabar, miró por encima de las gafas, sin tenerlas, y le contestó con un gesto, que fue el de cerrarle la puerta en la misma cara, que no había pedido nada. Sin embargo, apenas se había girado, cuando, de nuevo, sonó el timbre.
      La urbanización era un sitio tranquilo. Un lugar donde todo es aparentemente como parece. Adosados construidos sobre una calle en cuesta, con un pequeño jardín delantero y un porche levemente elevado sobre el césped, decorado con sillas y mesas de forja. Un barrio que Rodrigo, bien mirado, sólo conocía cuando habría la puerta a la paquetearía de las once. A esa hora sale lo mejor de cada casa a hacer vida; lo mejor, más viejo y desempleado. El abuelo renqueante con la barra del pan y el periódico nuevo debajo del brazo. La mujer musulmana que se acerca al centro de salud, jugueteando con una hoja amarillenta y casi perfecta en la mano. La chica que espera dando vueltas suavemente a su anillo, enfrente, dentro del coche, a que el novio le acompañe a la universidad. El comerciante de la esquina que dibuja con grandes letras sobre un neumático, la visualmente tautológica frase que dice: “Se venden neumáticos”. Y a veces, solo a veces, sale Rodrigo.
      —Te he dicho que no he pedido nada. —Hizo amago de cerrar la puerta, el mensajero interrumpió con el pie. Fue un movimiento errático, como si no estuviera seguro de hacerlo o no supiera dónde estaba pisando.
      —¡Señor! —Apartó el pie de la puerta— De verdad, alguien tiene que firmarlo. Es un pedido que debe coger. —Hizo contacto visual con Rodrigo. El chico tenía una mirada antojadiza, estrábica quizás, que hizo pensar a Rodrigo que era ciego.— Lo ha ordenado, pagado y se lo va a quedar.
      —No. A ver. Te explico. Yo me suelo quedar dormido viendo teletienda. Es un gusto, un capricho. Pero lo veo, me echo unas risas, y me duermo. Eso es todo. Ni llamo ni tengo intención de llamar, ni pienso en llamar. No me jodas. Yo no he pedido eso.
      —Pero, señor, alguien llamó a noche, sí, —asentía repetidamente— alguien llamó.
      —¡Qué no!
      —¡Qué sí! ¡Mire! Alguien ayer, a las diez de la noche, cogió el teléfono de su casa, que concretamente es el 915556631 —decía señalando insistentemente la tablilla—, esperó a que le atendieran, tres minutos, precisamente, con un hilo musical de la novena sinfonía de Beethoven, y, finalmente, hizo un encargo express de nada menos que… ochenta, sí, ochenta tupperwares.
      —¿Cómo? ¿Ochenta? ¡Usted está mal! ¿Quién iba a hacer algo así?
      —¡Pues usted!
      —¡No! No me voy a hacer cargo. Yo no fui. Habrá sido un vecino. Mire la dirección, estará equivocada.
      —No lo está. Mire mire. —Y negó con la cabeza repetidas veces señalando al enfáticamente al membrete de la empresa. ¿Qué señalará?, pensó Rodfrigo. Ahí no pone nada, mi nombre estaba más abajo.
      —Le juro que, no. Que no he pedido na-da.
      —Mmm… Qué extraño... qué extraño… Si es así, algo debe pasar en su casa, de eso no hay duda.
      —A ver lumbreras. —Y desencajando el cuello, haciendo rebotar levemente su cabeza… Añadió desafiante—: Qué pasa.
      —¿No ha notado… Quizás... algo raro… algo fuera de lo común, inusual, en los últimos días?
      —Bueno… —comenzó a responder con una actitud ya más dialogante.
      —Sí, sí. Dígame.
      —Últimamente... me quedo dormido en el sofá y a la mañana siguiente amanezco en la cama. Aún no sé porque pasa, desde luego no creo que sea sonáumbulo —dijó señalándose los muñones mientras buscaba una risa en la cara del mensajero. El mensajero no pareció percatarse. Ni bien ni mal. Ni risa ni enfado. Como si no tuviera ojos.
      —Y bien, siga, no se calle, ¿por qué cree que pasa? —Rodrigo no oyó esta pregunta, se había quedado pensativo por el inusual comportamiento de su interlocutor. Antes de que volviera a abrir la boca, arrepintiéndose con la mirada al segundo, dijo:
      —¿Es usted ciego?
      —¡Vaya!… Sí, ¿cómo se ha dado cuenta? —contestó con cierta inquietud.
      —Cosas mías. Cosas mías. ¿Lleva mucho así? Y con esas… ¿Trabaja?
      —No, a ver, me quedé ciego antes, pero conseguí mantenerme en el trabajo. Me encargo sobre todo en clasificar algunos paquetes pero hoy me han pedido que ayude a repartir.
      —Pero… ¿tú conduces?
      —No por dios, qué clase de pregunta es esa. ¿Es que acaso a un cojo le da por correr? —Rodrigo soltó una carcajada.— Pero bueno, bueno, no nos vayamos del tema. ¿No se da cuenta de lo que pasa en su casa?
      —No. A ver, estas tú listo, ¿qué pasa?
      —Joder ¿de verdad no se da cuenta? Usted está ciego.
      —Coño y usted no da pie con bola con sus preguntas.
      —¡Pero si es tan fácil! Simplemente... Usted… ¡Usted no vive solo! Vive con alguien. Alguna hermana, madre, abuela… Vaya usted a saber; pero vive con alguien seguro.
      —Bueno, mire, no me quiero meter en su vida, pero yo que usted haría lo siguiente: Esta noche, que me ha dicho que acostumbra a quedarse dormido con la teletienda (ahora hablaremos de eso porque esto se lo va a tener que quedar). Pero bueno siga con esa costumbre.
      —¡Solo faltaría! Ya dígame usted como tengo que seguir meando. ¡Por favor! —E hizo el amago de cerrar la puerta y de irse para siempre.
      —Hombre no se me quede ahí, escúcheme… Siga con esa costumbre —Rodrigo volvió otra vez la cara—, pero esta vez no se duerma; hágase el dormido. Y cuando vaya suceder ese misterio, ese que le lleva a la cama. ¡Píllele! ¡Gritele!: “¡Te he pillado! ¡Te he pillado!”. Y así podrá levantarse tranquilo… y pedirle responsabilidades sobre el paquete. Porque esto no puede quedar así, esto le pertenece, va a ser suyo, solo tiene que firmarme, sino usted quien viva con usted.
      A Rodrigo, aunque no le dio la razón en ese momento, le pareció buena idea. Después de mirarse con indiferencia, se despidieron cordialmente, intercambiando el bolígrafo del chico por una caja llena de tuppers.

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