domingo, 13 de noviembre de 2016

Volver a vender pan

   También habrá otro padre que en esta noche esté caminando hambriento, después de haber estado soportando todo el día la lluvia insolente, odiando erosión de las lágrimas con las de las de la naturaleza repugnante. Y este hombre (quizás solo, quizás con una niña de la mano) verá por la avenida a unos adolescentes jugando con pistolas y la luz apagada del local catorce, aparentemente nombrado "Panadería de pan". Comenzará a pasear por el local vacío. Los expositores habían tenido cestas, cada fotografía, pisada cuidadosamente por él, había estado emparejada con algún marco roto del otro lado del expositor, cuatro o cinco personas se inclinaban sobre los precios, el panadero metía y sacaba del horno las barras de pan, otras muchachas se acercaban para pedir cambio de diez. Decenas de barras por día.
    Y si ahora, allí donde estás, te acercas tú y pones la nariz sobre el vidrio, verás barra de pan que nunca vendiste y el perfume amable del abandono. Si el tiempo poco te importa ya, pisa, con él, el parqué de las cuatro paredes que definieron nuestra hambre: solo por ti se levantará un polvillo, atravesado por la luz que recuerda que la noche se pasa. Mira afuera los gallos de forja muertos sobre los techos de los chalets y los cerdos a veces tan humanos con sus patitas limpias sobre las granjas (antes jardines) improvisadas. Voltea cada foto, adelántate a la pisada de aquel padre y comprende que son mentira las tardes pendientes, e incluso que tu bruma seca es como el perro mojado que juega con los adolescentes pistoleros. Entonces, si el tiempo poco me importa ya, allí donde estés, acuéstate y dime si estos muros sobre los que sujetaré tu ausencia merecen relojes.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Antes de Abril (o la ciega que no ríe)


    Ahora estará echado sobre la sábana recién estirada, ignorando la hebra que se engancha a la cadena del reloj, pensando en qué momento no hizo gracia el chiste de Mistetas. El reportaje del Hola no dijo nada y la columna del Diez Minutos lo pasó por alto. Pero hoy recordamos, con un café que se enfría de por medio, cómo se marchó Buenafuente de esta misma mesa, imprevisiblemente resignado. Bien podríamos anunciar nuestra gran experiencia en chismes (quizás catorce años y dos meses, desde que vino Julio Iglesias), vendernos, en definitiva, como paparazzis; pero nuestro trabajo es más trascendental: solo escribimos para dar constancia a la Virgen de las miserias de sus hijos.
    Ella había entrado con la violencia de quien no conoce el valor del barniz; detrás del vidrio había calculado la temperatura del restaurante. Y se había movido lentamente entre las mesas, anunciando con cada paso su presencia al acariciar los manteles, las sillas, los hombros. Siempre sin quitarse las gafas tintadas que sujetaba con su cara de teorema.
    —Hombre, hola. No te he visto llegar.
    La mujer asintió; dejó el bastón blanco inclinado sobre la cortina. La conversación empezó convencional, dirigida a veces hacia el trabajo, otras hacia el dinero perdido, otras hacia las luces que parpadeaban en su cara a través del vidrio que tocaba el borde de la mesa.
    —En los monólogos —dijo él— son muy importantes los silencios, ¿sabes?
    Nosotros supimos antes que nadie del aborto de María en el descampado de Las Primeras Veces (kilómetro trece de la A3).
    El mantel abrazaba las rodillas grandes.
    —Qué bien te sientan las diez y media —dijo él, ensayando un piropo.
    Entonces se quitó las gafas y vimos cómo colgaba su belleza aburrida, demostrada durante varias relaciones en los espejos de las habitaciones caras y en las carteras de los millonarios. Además, supimos que Buenafuente vio a través del encaje de sus hombros unas erupciones rojas que inspiraron un chiste que más tarde contó a Berto.
    —Perdón, habla si quieres. No sé callarme. “Borboteo” las palabras como una fuente —él río; la mujer inclinó la sonrisa, recordó que él se apellidaba Buena-fuente—. No me callo, mejor dicho, me cuesta callarme. Los silencios son muy importantes en los monólogos, ¿sabes? Tengo vídeos en Youtube con veinte mil visitas.
    Había estado tres chistes sin reírse. “La abuela de la mesa próxima parece un rinoceronte dibujado por su nieto”. Nada. Tu vestido blanco, siempre pegado como una prolongación del mantel o de la noche, parece un pergamino del amor, así como sexy. Tampoco. Por último, “¿Ha visto usted a Mistetas?”. No. Por supuesto que no.
    Se incrementaba la necesidad del silencio íntimo, de callar y aproximarse. Calló. Trató de aproximarse para dar un beso.
    El nieto añejo, con las comisuras impresas con arrugas y la cabeza poblada de mirlos, chupaba —casi mordía— una pieza de pera. La abuela dejó caer la servilleta para ver desde otro ángulo ese reptil tan majestuoso, esa cobra sin precedentes en los documentales del mundo.
    —Hacía mucho tiempo que… sí, eso, hacía mucho tiempo que no tenía una cita. ¿Quieres fruta? —él ya había abandonado la voluntad de escupir cualquier chiste que su padre, viejo y necesitado, le había recomendado contar cuando no quedara nada que decir, una llave maestra, una aburrida serie de palabras incapaces de rasgar un silencio.
    Nosotros supimos antes que nadie cómo la novia de Paquirrín se perdió dos horas en la discoteca y volvió al rato embaraza de seis meses.
    Buenafuente ya resignado, sin localizar la inteligencia que se presupone a la belleza bien dosificada, calló.
    —Yo recuerdo —dijo ella casi por primera vez— los programas que hiciste en la radio, cuando íbamos…
    Una nostalgia rodó por el mantel hasta tropezar con la servilleta.
    —Sí, sí, es cierto— Fueron buenos tiempos, pero bueno, ahora andamos en…
    Paró. Pudo ver en sus ojeras enrojecidas el cinismo y la inutilidad de seguir hablando, de parar, por fin, de juntar las vocales según llegaban nerviosas a la lengua. La acompañó por la avenida hasta su casa; nosotros no lo vimos, pero supimos antes que nadie que olvidó pedirle el abrigo que había puesto sobre sus hombros.

miércoles, 31 de agosto de 2016

En un autobús de verano

Intento imponer inútilmente mi propio ruido, o morro nao tem, la radio se escucha como un eco irreconocible, un gorjeo de voces o anuncios que solo comprendo porque ya fueron escuchados antes repetitiva y involuntariamente en el previo de las noticias o la película de la noche. Subo el volumen, água de beber, água de beber camará, y otra vez sin éxito, escucho a la vieja que dijo al comienzo que me había equivocado de asiento porque ella tenía los números 25-26 y yo el 21, perdona que como están los números en medio no me di cuenta, no importa ya me siento en el 21 así no se mueve usted, nada esté usted tranquila vieja de mierda, ella no se ofendió porque vieja de mierda no dije, acomoda el bolso de vieja ayudada por otra vieja que viaja en el 27 y resulta que ¡anda! de todos los sitios que podíamos coincidir nunca hubiera pensado que fuera en un autobús, se conocen, las viejas se conocen, cómo están tus hijos, ay mis hijos no mis nietos ya mis nietos, comienzan a pasear sus nietos y la samba de bençao no parece suficiente para que no aparezcan, el Alejandrito y la Sonia bañándose en la esquina de la playa del puerto que como es tranquila pues hija así no hay peligro, y luego veo la próstata de su marido porque le van a operar y echo de menos los detalles de Alejandrito y Sonia, ahora que les había cogido cariño, pero pobre hombre, de verdad, con lo que duele que te metan un dedo por donde los ángeles se acuestan, en fin, yo no sé como se llama su marido, todos los mártires tienen nombre, su marido sube abrochándose la bragueta por la escalerita del bus, cada vez las hacen más empinadas joder, no señor, dice el chófer, este autobús ya lo cogió usted en la Semana Santa de 1982 cuando tuvo que ir corriendo al baño que tiene en Madrid porque allí gasta otras toallitas y las de aquí le raspan, ay sí tiene usted razón, lo que se empina es mi vejez Tomás se inclina mi vejez y al final me caeré, ay no diga eso Julián (por fin le pongo nombre a San Julián) su mujer está en el 27, coño con lo poco que me gustan los impares hoy nos matamos, el chófer, Tomás, se pone serio, claro está que bromeen con el trabajo de uno no es gracioso, los sesenta muertos no importan tanto porque van asegurados, todos tranquilos si pasa algo tiren de la correa que tienen debajo del asiento que no saldrá nada de ningún sitio pero me hará mucha risa, no escucho mi ruido desde que puse o samba e samba y fíjate que me la sé de memoria, tampoco la radio ruidosa ni las adolescentes del 15-16 riéndose de alguna amiga fea, a tristeza é senhora, desde que o samba é samba é assim, cada ruido reverbera y son una banda sonora del marido mientras lo veo meando mal, jurando en varias lenguas muertas mientras cierra la puerta y hace aspavientos para encender la luz automática: ¡aquí no hay toallitas joder!, es la única manera en que me deja imaginarlo su mujer, el autobús no pita cuando pasa por delante del hotel abandonado, Hotel a L’ast, donde son todo habitaciones impares, del 1 pasa al 3, 5, 7, 9 y eso sí el 13 se lo saltan porque lo supersticiosos nos arruinan. El dueño de Hotel a L’ast, Paco el del viñedo (lo sé porque pone: Viñedos Paco), construyó una escalera de hormigón a pulso, diecisiete escalones de sudor, cervezas y calumnias pero como le daba miedo utilizarla, el ayuntamiento sin pedir permiso puso un quitamiedos a diez centímetros de la salida y se tuvo que cagar en el alcalde mientras su mujer le decía, si no estuvieras gordo no te pasarían estas cosas, y eso que tiene que ver paca joder que tiene que ver, bueno tu sabrás pero no deberías haber abandonado el hotel por los viñedos: en ese autobús que pasa viaja Julián el que odia los impares, podrían alojarse todo el verano.

viernes, 15 de julio de 2016

La boda

Me pondría el traje, la acompañaría hasta su padre, y esperaría a que sonara el órgano que anunciaba mi entrada, con los ojos de cerrados, tratando de invocar el deseo, tantas veces invocado aquel último año, de que todo iba a salir bien». El espejo situado en la esquina de la habitación devolvía mi torso antes de ponerme la chaqueta negra, la camisa blanca, los calcetines horribles, advertí un cerco enrojecido en la espalda. Pensé que me había picado un mosquito en una zona complicada de la dorsal, entonces, comencé a palpar la picadura sin saber si identificarla, quizás, con un grano, cuando comprendí que volvía a sentir la agonía adolescente de la existencia, que nunca llegó a marcharse y que bastaba la textura de un grano para darme cuenta de que solo la había postergado la agonía, hilvanando vagamente placeres, un café recién hecho por la mañana, unas vacaciones en un sitio que no tuviera metro, whisky por las noches mientras me excitaba con su llegada, abandonado en el sillón mientras leía novelas que no entendía pero creía que regaban llenando mi espíritu vacío, no había dejado de ser el cadáver de dieciocho años que fui cuando me di cuenta en la adolescencia de la vulgaridad de la muerte. Dejé de estudiar la picadura, me miré confesado a los ojos, y lo supe: no quería casarme.
Y ella al conocer la noticia, idiota, infantilizada con treinta años, concatenó cigarro tras cigarro sin ganas, solo por el desprecio hacia quien, queriéndola, la veíamos morir voluntariamente; se permitía hundir la cama con su cuerpo dejado, y apagaba los cigarros contra el velo. Su madre, abajo, evitaba llorar con las manos sobre los ojos para que no se le corriera el maquillaje que no se ponía desde que estuvo embarazada de ella, y con cada tos de ella
Me acerqué lentamente para ponerle el velo sobre la cabeza, ella supuraba un sudor denso, las gotas caían desde la frente en todas mas direcciones, movida por el nerviosismo y el desprecio.
Ahora la juventud no llegaría con el solo de armónica al borde de un acantilado que soñé una noche sobre ella y cómo al fin se puede querer más a una suegra que a tú mujer, el amor huidizo por las arrugas de la sábana por las primeras canas mías y de ella, la íntima tarde que pasamos tiñéndonos entre alguna risa y la preocupación de que no se iban las manchas de tinte de la frente, ven que te lo quito, humedecido el dedo gordo y rozando la piel, cuando cualquier roce suponía una declaración de intenciones, una confesión del mundo pequeño que nos rodeaba.

jueves, 7 de julio de 2016

La última fiesta

    Resignada, arrastrando hacia mí los pies sin querer, emulada la mirada adolescente y la actitud sencilla de confesar el mundo, apoyó la cabeza sobre mi pecho y olvidó, sin avergonzarse, lo que iba a decir.
    —Qué.
    El pelo olía a champú de mañana, a un aroma de prisa y rutina, aroma que, si acaba esta conversación, nunca volvería a percibir.
    —Lo mejor que nos pasó —dijo, apenas audible, con un fingido balbuceo infantil— es no haber tenido relaciones sexuales. Vamos, al menos eso creo
    —¿Por qué dices relaciones sexuales y no follar? —ella disolvió mi vulgaridad, inclinando la cabeza hacia su hombro, vulnerable.
    —Eramos amigos —separó su frente de mi pecho, sin acercar su mirada, se sentó de un salto sobre la encimera—, había que tratarnos con distancia.
    —Vaya tontería.
    —Puede ser.
    Se quito los tacones sin manos, acarició sus tobillos.
    —¿Un masaje? —dije, probando distancias, quizás la conversación duraría diez minutos más.
    —No. Ya te he dicho lo del espacio.
    Sus ojos pequeños y apenas abiertos seguían sin cruzarse con los míos. Estaría pensando en cómo salir de ahí, en cómo llorar sin que yo lo advirtiera, en encontrar el candado de su voluntad y tirarlo por el fregadero a la derecha de su mano.
    —Me ha dolido. A mi me hubiera gustado.
    —No, no. Yo quería pero eramos amigos.
    El grifo parecía que goteaba, como su pelo mojado mientras la abraza por la espalda una mañana, siguiendo los compases de You can't lose a broken heart.
    —No entiendo.
    —Yo tampoco.
    La puerta de su habitación se abrió porque ella la empujó con la espalda, la última vez la estaban besando, la cerró con el pie desnudo y la oí llorar muda, contra la almohada. Me agaché para coger los tacones, los ordené adecuadamente. Los dejé tapando la luz que brillaba por debajo de la puerta de su habitación, y abandoné, para siempre, el apartamento.

domingo, 29 de mayo de 2016

Breve nota sobre el odio

     Hay una venita que se levanta entre la nuca y la nuez, hay otra que se subleva cerca de la patilla, en la sien, cuando alguien dice —a veces agitando el puño—:
     —Le odio.
     Y entonces, como no queda otra que preguntar, se pregunta.
     —¿Por qué?
     —Le odio.
     —Bueno.
     Como estos huesos han aprendido que la pedagogía solo sirve para los niños porque la sociedad está enferma de ideas, estos huesos se callan y piensan, y a veces, cuando los tiempos —cualquiera de ellos— lo permiten, estos huesos escriben.
     —No sé. Le odio porque le odio.
     Nadie ha preguntado. Estos huesos, con la barbilla pegada al pecho, dibujando sin querer una papada graciosa, siguen escribiendo. La venita, cuando ya está tranquila, ya dialogante, articula alguna palabra más.
     —Es que mira lo que ha hecho bla, bla, bla. —hace aspavientos y la sangre remonta las venas con la fuerza de una marea alta. Añade cualquier argumento que estos huesos han oído ya, aunque no saben donde, con mejor castellano y mejorable lógica. Estos huesos se levantan levemente, desdibujando la papada y miran.
     —¿Pero de qué le conoces?
     —No le conozco.
     —Bueno.
     Odiar porque le odio, joder, le odio, es cómodo y sin duda catártico, pero muy poco saludable. Odiar porque te odio, me cago en la puta, te odio, es una agonía innecesaria de la que solo los muertos con motivo querrían presumir. La bombilla del odio —la misma que da calor a las venas— es bombilla de hebra fina y tonta que quema a cualquier temperatura. Estos huesos rechazan (¿debería decir odian?) las lecciones, y sin embargo llevan escrito en su calcio con escritura cuneiforme algunas verdades: es más sana la indiferencia.
     —¿Quieres dejar de escribir y hacerme caso?
     —No.
     —Bah, te odio.
     —¿De qué me conoces?
     —De toda la vida.
     —Bueno.

martes, 24 de mayo de 2016

La noche quemada

    —Mira, hijo, yo lo que quiero es morirme. Mi madre duró noventa y nueve años, hubiera sido terrible para ella cumplir los cien. No se lo merecía. Y ahora con setenta y seis preñados en esta casa, solo me queda dejaros algo de bien, sin polvo.
    —No sé abuela, lo que pasó en la otra casa es historia. ¿Me pasas un polvorón?
    El sofá de la abuela tenía estampadas, por ella misma, florecillas rojas y doradas, que no amapolas y crisantemos.
    —Sobre el sentido común no se escriben libros. Hay que coger el menú del día antes que la mariscada, no hay que ser tonto, el hambre no se cura.
    En Nochevieja, en casa de la abuela Dolores, se comen gambones cántabros y percebes gallegos.
    —Ven, hijo, traeme el cortaúñas.
    —Abuela, que es Nochevieja, vamos a ver la tele.
    En la madrugada del uno de enero tanto da que sean las dos, que las cuatro, que la una.
    —Yaya, ¿qué hora es? ¿No tienes sueño?
    En la madrugada del uno de enero, uno sabe que el tiempo pasa porque en la tele cambia el cantante y los turrones blandos van, en esa bandeja de compartimentos diminutos, tirando a duros, perfectos para el año que viene. Ella hace que ve la tele pero no la ve. Está incrustada en su sillón, sujetando el mando que apoya en su muslo.
    Dolores vive sola, es la única viva de la familia. Bueno. Ella, el nieto y la hija. El nieto va a verla de vez en cuando; sobre todo en Navidad. Dolores iba para poetisa pero nació en los treinta. A Dolores le gustaba tapar los muebles y electrodomésticos con mantas, servilletas y tapetes, por aquello del polvo. Lee a Rosalía de Castro y a veces disfruta recitando versos suyos, que nunca ha escrito, pero que siempre ha recordado. Hace unos seis años, puso encima de la tostadora un bordado y se quemó la casa.
    —La inexplicable sensación, tan humana sensación, de que tenemos alma, nos asalta en cualquier amanecer invernal. Quizás el alma está entre el corazón y el hígado, entre el nido de búhos del estómago y escapa por el sudor y la melancolía; o se quema con los recuerdos de una casa, con la muerte de un marido...
    —Vaya, ¿eso es tuyo abuela?
    —No sé.
    El último tapete que hizo Dolores fue el de la tostadora.
    —Abuela, ¿sigues haciendo ganchillo?
    —No. Este —dice mientras señala las florecillas del sofá— fue el último. Pero las cosas hay que cuidarlas. Algo os ha de quedar. Y si os queda nuevo y sin polvo, mejor. Yo me quiero morir.
    Así, Dolores lleva sin usar el horno seis años. En Navidad solía hacer un pollo riquísimo y se lo comían todos, pero ya no. Se ponía unos vestidos de señora fina, elegante, pero ya no. La mesa, sobre la que están las cascaras de percebes y gambas, está cubierta por un salvamanteles. Hace tiempo que no salva ningún mantel; aún queda alguna mancha de vino, ya casi difuminada, que dice: «Aquí hubo mejores Nocheviejas».
    —¿De verdad que no quieres ir a dormir? Se te va a juntar la noche con el día.
    —No. Ya te he dicho que lo que quiero es morirme.
    La madrugada va avanzando sobre las cuatro, las cinco, las seis de la mañana, no lo sé. En la televisión aparecen los cantantes de segunda —quizás tercera— categoría. Ella sigue sin prestar demasiada atención.
    —Aletear hacia el amanecer, irse de la rutina ronca de la vejez, de la letanía sabida como un automatismo de la fe. Del quiero y no puedo. Del quiero y no nunca podré.
    Cuando la abuela recita parece otra, como si le poseyera su querida Rosalía.
    —Abuela, ha acabado el programa, deben ser las seis. Échate a la cama.
    —Bueno y a mi que más me da.
    —¿Por qué?
    —Ahora vuelvo —se levanta—. Hoy quería ver amanecer.

martes, 10 de mayo de 2016

No sé si ella

    Llevo un tiempo sin decirlo, bueno, creo que aún no se lo he dicho a nadie; pero ese marcapáginas que dejaste caer lo sigo usando. Intento que ningún poeta me posea con el sopor de una vana retórica, ya sabes, que haga temblar mis codos y rodillas por el propio peso de la emoción; pero aquel día, como viste, no pude nada.
    Me gusta que sigas subiendo al mismo autobús, aunque todo haya cambiado, aunque no te sientes junto a mí. Me acuerdo de los primeros días, cuando el conductor abría con tedio y con tedio y rabia arrancaba sin esperar a que te sentaras. A los abuelos les hacía lo mismo y algunos se caían y otros ni siquiera intentaban levantarse; pero tú solías pegar un saltito sutil y elegante que manifestaba tu determinación de no dejarte contaminar por la impía sombra de la rutina que nos asolaba al resto de abonados. Fue por vergüenza, quiero creer que fue por vergüenza, debiste pensar: “Ahora que he caído aquí, ya no me levanto”, qué roja te pusiste, si te hubieras visto seguro que no me hubieras mirado con esos ojos. Me sentí tan pequeño. Justo caíste en la única persona que, vista desde lejos, no podía levantarte. Y no pude parar, ¿recuerdas? Hacía que miraba al vidrio, pero tú sabías adónde realmente miraba, y de reojo me espantabas, y volvía mirar al vidrio. ¿Sabes que pasamos todos los días por delante de una iglesia? Nunca, hasta entonces, me había fijado. Dios es sordociego de nacimiento y no hizo caso a nada de lo que pedí, casi como tú, ¿a ti qué te pedí? A veces me bloqueabas el paso y te pedía si me dejabas pasar, solo eso, solo pedí eso, mierda... y tú me decías “bueno” y llevabas falda, qué guapa, y durante todo el viaje te habías estado tapando tímidamente con la mano esas arruguitas que os salen a las chicas, flacas o gordas, jóvenes o viejas, yo te hubiera dicho: ¿por qué entonces llevabas falda?, o no, mejor: te queda bien, no, quizás habría sido mejor ayudar: pon la mano en el libro que vas a perder la página, o no, no, simplemente: estás guapa así. Llevabas demasiadas bolsas para dejarme pasar y yo debería haberte ayudado, pero no me atrevía a decir gracias porque algo se agrietaba en mi tripa como un puñetazo contra la piel seca, como siempre, como siempre.
    Pero al día siguiente lo abriste. Casualidades o certezas de la vida, quién sabe. Aún no me puedo creer que estuvieras leyendo eso pero… ¡Bendito eso! Cuando lo recogí del suelo me dejé sorprender por los colores, así la de atrás no podía pensar que lo había robado. Las cosas que se caen, dejan de pertenecer, son de donde caen, como los barcos viejos y hundidos que se recuperan de ciento a viento en el centro de América. Y este marcapáginas es mío. Algún día... Da igual, esto es lo de siempre, siempre te echo de menos hasta que me da igual.

Este es un relato viejo. Lo rescaté con la impresión de que era mejor de lo que es; pero tiene algo que, aunque haya -creo- evolucionado en mejor camino, me sigue gustando.

jueves, 5 de mayo de 2016

Se me olvida

    Una nube inmensa se desplaza rápidamente, otra, mucho más pequeña, como un vaho de Dios, está desapareciendo. Las señales de tráfico tiemblan y la gente que pasea se inclina hacia el viento para no caer, al tiempo que en sus oídos zumba el aire para evitar conversaciones. Roberto y Rodrigo pasean y charlan. El tiempo no va con ellos.
    —El viernes parecía domingo, ¿verdad?, ¿qué día es hoy? —dice Rodrigo.
    —No sé. Yo el viernes tenía cuerpo de domingo pero el sábado también; a veces, no sé, el tiempo no pasa en los fines de semana.
Un cactus mucho más escuálido que en las películas del oeste cruza por delante. Un abuelo corre cojeando tras su sombrero, sin soltar su periódico.
    —¿Qué gracia, eh? El abuelete —ríe Rodrigo—. Deberíamos ayudarle. EL cactus tiene más porte que él.
    —Sí, deberíamos —responde melancólico Roberto, como si un angelillo blanco e impertinente se hubiera posado en su hombro—. Pero tú fíjate como a veces queremos salvar todo lo que tenemos sin darnos cuenta que, estamos, en esa ímpetu redentora, perdiendo lo más importante. Como por ejemplo un sombrero.
    —Tío…
    —¿Qué?
    —Qué te pasa, te noto raro, ¿has estado leyendo?
    —No qué va. Bueno, no sé —vacila Roberto como si se hubiera posado el angelillo opuesto y no supiera a quién escuchar, para acabar diciendo incoherencias—. Igual sí pero no me acuerdo. Ya sabes que he tenido tiempo, pero mucho, no te imaginas cuánto. Y cuando desperté, pensaba sobre lo que había soñado. Pero leer, no he leído.
    —Uf, no sé.
    —Ya, ya.
    —Ten cuidado la próxima vez que cojas la moto —contesta paternal Rodrigo.
    —Ya.
    —La verdad; hoy tengo cuerpo de viernes.
    —Yo de sábado.
    Padres y madres, bien vestidos, de cuarenta y tantos, balancean a sus hijos; la madre coge del brazo derecho, el padre el izquierdo y ¡alehop!, saltito con balanceo; lo más importante —dice el niño— es no pisar la línea de separación de los adoquines. El viento ayuda a los ejercicios gimnásticos pero de vez en cuando desplaza la línea y se pisa y se pierde el juego. ¿Como en la carretera? Sí, y como en la vida misma. Ellos siguen andando.
    —Pero te pasa algo más —dice Rodrigo—. No evites contarme lo que te pasa, tío.
    —No hay nada que contar… —se miran a los ojos y Rodrigo inmediatamente lo sabe.
    —Ah, ya veo. Ya entiendo…
    —¿Qué?
    —Aquella chica, ¿no?, la de la fiesta, ¿has quedado con ella?
    —Sí —dice Roberto (a punto ha estado de decir que no).
    —Bueno, cuéntame.
    —Sí. Después de haber pasado un mes así por aquella fiesta quería recordarla. He soñado con ella, ¿sabes?
    —Vaya, ¿qué tal fue?
    —Bien, bien; pero dormido la recordaba mejor.
    —¿Cómo que mejor?
    —Es simpática.
    La madre del niño, inusualmente guapa para un viernes, sábado o quizás domingo, sonríe nerviosa a su marido como esperando un chiste. Él ríe a carcajadas.
    —Joder qué asco —dice ella con evidente cara de asco.
    María Pérez Pérez, una abuela, espera al autobús mientras escucha con los auriculares robados del Ave, Hoy no es un día cualquiera, o, a juzgar por su aspecto, Hoy puede ser un gran día de Serrat. Sobre el suelo de la parada se ven tres papelitos de quinielas mojados, colillas mojada de carmín escarlata, colorante número E124, derivado azoico, barato y artificial y una calcomanía de las que tocan con las patatas, también mojada.
    El niño ya no salta. Recoge la calcomanía y sin permiso de sus padres, se la prueba.
    —¡Qué haces niño! —dice escandalizada la abuela.
    —¿Pero no hay que mojarlas antes? ¡Ya está mojada! —dice el niño, mirando a la abuela con picardía.
    —¡No chiquillo! No con ese agua.
    El niño desafiante se la pone asquerosamente igual.
    —¿Ves Rodrigo? ¿Ves al niño qué feliz está? Qué lástima que los recuerdos no sean como las calcomanías. A veces las pones sobre la piel de la memoria con el agua del recuerdo, sucia o cristalina, pero agua.
    —Yo creo que sí que se parecen.
    —Bueno lo que tú digas, no voy a ponerme a discutir ahora.
    Siguen caminando, empujados por el viento y la voluntad de recodar el tiempo, hacia donde se va un viernes, un sábado o un domingo. Si fuera domingo a misa, si fuera viernes a por una cerveza, si fuera sábado (no sé cualquier día es bueno para una cerveza) a un centro comercial.
    —¿Vamos a un centro comercial? —pregunta Roberto.
    —¿Por qué no unas cervezas? —responde Rodrigo.
    María Pérez Pérez sube al autobús para bajarse una parada después. Los padres y los niños aminoran el paso al llegar a la parada de la abuela. En la otra acera se eleva paralela a la línea de los adoquines una parroquia. El viento se ha llevado la nubecilla, el vaho de Dios ya no está. María, los padres, los niños, Roberto y Rodrigo, e incluso el abuelo del sombrero, entran, todos, en silencio.

sábado, 30 de abril de 2016

Yo soy yo, Don Quijote

   Al dejar atrás los paisajes agresivamente urbanos por algunas autovías de Barcelona, se expanden, conforme avanza el autobús de la línea Barcelona-Zaragoza-Madrid, descampados apacibles. En el interior una niña estornuda; unas jóvenes le dicen ¡jesús! y una abuela, ¡salud! La abuela con más papada que alegrías bosteza con una infinita pereza; recuesta su cabeza sobre su bufanda y, tras mirar incómodamente al señor disfrazado de la Triste Figura que tiene sentado al lado, apoya la mirada en la comodidad del horizonte. Todo mejor que esta gente. Asoman de la bolsa que se encuentra entre sus pies una tostadora y varios libros de autores muertos. La asquerosa de doña Teresa, la abuela, quita el abrigo amplio del Caballero que conquista asientos ajenos como si fuera un trapo sucio. Alonso Quesada se molesta.
   Afuera el verdor del norte se tiñe levemente de amarillo aragonés. Arriba se suceden molinos. Adentro, como todo veintitrés de abril, se suceden en las cabezas de los pasajeros problemas de espacio y jardinería.
   —Con este ya van seis, tengo más Quijotes que mesas para calzar —piensa Tomás, ingeniero de energías por la Politécnica de Madrid.
    —Menos mal que se han puesto de moda las flores sintéticas —murmura Arturo Pérez Revuelto que al lado del ingeniero, embozado en un sombrero de pesca, observa todo.
    Un francés al otro lado del pasillo duerme con pesadez. Viste un chaleco fluorescente de jardinería donde cuelga una plaquita con su nombre: “Pierre Menard”. El ingeniero mira con asombro el sueño del francés y el aspecto del tipo sentado al lado de la abuela. Piensa que parece Don Quijote, quizás lo sea. Tomás, el ingeniero, es aficionado a la lectura pero no lee, no tiene tiempo, suele decir; pero la verdad es que no le hace falta seguir todos los partidos de la segunda división de la Bundesliga. El ingeniero mira a su acompañante de la derecha con la misma inquietud con que él y la abuela han mirado a Don Quijote.
    —Creo que le conozco. Del tuiter o de algún programa…
    Arturo Pérez Revuelto se hace el despistado, intentando que no le pille. Arturo Pérez Revuelto, cuando va a las ferias, ojea libros de youtubers con la Crítica de la razón pura bajo el brazo.
    —Tiene aspecto de salvar perritos con retuits —concluye su pensamiento Tomás.
    Teresa aprovecha cada curva para comerle espacio a Alonso Quijano. Lo del abrigo lo soportó, pero esto ya es demasiado.
    —¡Señora! Disculpe pero no me está dejando espacio ni para vivir.
    —Mentira, es usted quien lleva un traje que no deja moverse. Ocupando todo. Mire, mire como su abrigo ocupa mi sitio.
    —No, es usted, lleva media hora dando codazos... ¿Al menos tiene nombre la mujer de mis tormentos?
    —Sí. Teresa. ¿Algún problema?
    —Oh, Teresa… ¿Teresa Panza? Ahora todo tiene sentido.
    —Sí, sí, Sancha llámeme Sancha Panza, escudera suya… Nos han merengao.
    —¿Ah sí? ¿Quiere usted ser mi Sancha Panza?
    —No, ¡por Dios! Veo que le gusta a usted jugar. Por qué yo no Dulcinea.
    —No, no. Si ha de ser algo, ¿ha visto su papada?, ha de ser Sancha.
    Las jóvenes que han dicho “¡jesús!” a la niña, intervienen.
    —Pero bueno que sea lo que ella quiera, ¡es una mujer hecha y derecha!
    —¡Qué no!
    —Y por qué no Sanche Panza. Así ganamos todes —dice Pérez Revuelto, levantándose y descubriendo levemente su cara. Por esta estolidez el ingeniero, que tenía sus dudas, descarta que sea Pérez Revuelto.
    El autobús de repente se detiene, la inercia del frenazo mueve todas las cabezas hacia delante. Es hora de merendar. El sol va cayendo sobre los secarrales aragoneses. Un cartel reverbera el color la tarde y apenas se ve que lleva escrito “Parque Eólico La Muela”.
    —¡A merendar! Media horita de descanso y volvemos —dice el conductor—, ¡mirad que pedazo de molinos!
    Los molinos asombran a cualquiera. En el autobús duermen Arturo y el francés (¿qué estará soñando?), afuera todos los demás se sientan alrededor de una mesa de merendero. Miran hacia arriba y se quedan atónitos. Desde lejos no parecen más grandes que un molinillo; pero si te acercas son más que gigantes, parecen titanes. Alonso Quijana se acongoja.
    —Uy… Yo contra eso no lucho. No, no tengo fuerza suficiente.
    —¡Pero bueno! —grita el ingeniero— Que no hables castellano antiguo te lo perdono… pero que haya unos molinos y no luches con ellos... ¿Qué Quijote eres tú?
    —¡Eso! ¡Eso! —mete bulla Teresa.
    —¿Cómo que quién? ¡Yo soy yo!
    —Puf. —se queja Tomás— Vosotros no entendéis bien dónde estamos. Estos molinos son...
    La niña del estornudo ha cogido un papel del suelo, interrumpe riendo:
    —¡Mirad! ¡Mirad! Pone “Marta quiere todo con Carlos”.
    Alonso Quijano le dice que lo traiga que quizás es un manuscrito con alguna ventura o desventura. Al prestarle atención lo desprecia. Dice que ya le pareció floja la canción Crisónomo y Marcela como para perder el tiempo con esta.
    Tomás como se ha quedado con las ganas, prosigue su perorata.
    —Estos molinos son la máxima expresión del ser humano, la necesidad de generar con…
    —Te he dicho que paso de los molinos.
    Tomás sí que pasa de Don Quijote y continúa hablando.
    —Los molinos iluminan la modernidad con su energía, ¡pequeño, muy pequeño, se ha quedado el candelabro del Voltaire al lado de los diez megavatios de estas aspas! Ciudades enteras iluminadas con un cielo limpio. Energía sí. Y renovable. En mi profesión batallamos siempre contra los melindrosos y farsantes que no permiten el progreso y el viento del progreso lo tenemos aquí sobre nuestras cabezas. Este sitio es donde nace el viento, donde nace la voluntad del viento y la luz, el conocimiento, donde nace el ser humano, como ser…
    El ingeniero, poco a poco, se queda hablando solo. Entran las ocho de la tarde y con el sopor de la merienda todos se han ido durmiendo: Don Quijote, Teresa... solo se mantiene despierta la niña, que, francamente, sigue pensando en “Marta quiere todo con Carlos”.

(992) palabras - Guillermo Marco Remón @gmarco_)
La página a la web del concurso es esta http://www.zendalibros.com/don-quijote-y-los-molinos/
¡Gracias! 

miércoles, 27 de abril de 2016

Un coro de viejos

No es lo mismo un pato blanco que un cisne, tú lo sabes. Basta con mirarse en el reflejo del agua de un charco, en el reflejo del espejo de la cómoda de tu madre, pon la foto del abuelo ahí, o en el reflejo de la nieve en la nieve del cielo sobre algún vidrio o espejo con que suicidarse, llévate crema a la nieve o te quemarás, ten cuidado con los cristales porque contagian la enfermedad del mundo. Basta con cualquier superficie que permita reconocerse para darse cuenta que no es lo mismo un pato blanco que un cisne; tú eres un pato blanco, lo sabe el reflejo del alba en tus pupilas, lo sabe Hand Cristian Andersen y lo sabe tu madre, échate un poco antes a la cama que mañana madrugas. Tú estás en el primer año de universidad y te llamas juanperez pero podrías llamarte perezjuan, según la lista. Para mí, mi niño siempre será juanito y para otros el chico que se suicidó con el espejo de la cómoda de su madre, qué pena, delante de la foto de su abuelo, era simpático sí pero el morbo en los medios era innecesario, parecía buena gente, siempre saludaba. Para ti no eres más que el muerto que se mató con un coro de viejos entonando el “si te vas no vuelvas” al borde de tu sien, pero espera, todavía no, sabes que antes de marcharse siempre hay que pensar adónde. Hay adoquines que hacen las preguntas más incómodas; como cuando te rompes los dientes a la salida de una discoteca, rumiando por qué por qué lo habré hecho, como los adoquines que separan el bus de la facultad diciendo por qué por qué lo hice. Y sí, siempre son los adoquines; los espejos solo preguntan obviedades, mejor dicho, no preguntan sino que te hacen preguntar enunciados prosaicos, ¿estoy guapo? No es lo mismo un pato blanco que un cisne, no es cuestión de verse feo, es cuestión de saber quién eres y él no lo supo resolver. Suicidarse con un espejo roto es una ordinariez, se lo diría ahora, haber roto un cristal del reloj de péndulo de tu abuelo o mejor haber cogido el propio péndulo de cobre afilado. Si vas a dejarte matar, deja que te mate el tiempo y no una superficie de ti. El problema es del abuelo que enseñó a suicidarse al niño, aunque estaba muerto y no sé como lo hizo, pero le ayudó: conozco bien a eso hijoputa, siempre se complicó la vida demasiado, siempre jugando con espejos y luces-sombras: espejo contra espejo da miles de abuelos, exponenciales abuelos, la vida es de complejidad factorial, el abuelo lo sabía porque ya lo dijo Fibonacci, si hubiera atendido más en Álgebra igual hubiera entendido que uno más uno son dos, dos más tres son cinco, cinco más tres son ocho… y que la razón áurea es la vida y la solución real a un entero extravagante, qué sorpresa la ecuación de la vida, qué preciosidad de ejes, la vida tampoco es cartesiana, lo supiste al final, solo mira los ejes del alma inclinando la cabeza o gira un cuenco cóncavo o convexo, Descartes no conoció a Einstein y eso se nota en toda su obra. Hijo, no lo hagas que te queremos todos, el abuelo y yo y yo. No, mamá, no digas te quiero, es una muletilla del corazón ronco, si lo dices en serio no lo digas, acurrucame en tu tripa y déjame volver. Ya es tarde hijo. Tampoco me beses es una obviedad, si me quieres besar es una obviedad para el amor. Vamos nieto, coge el espejo, da igual lo que diga tu madre, así, ves, ya está, no duele tanto, notas el sopor, así, más profundo, al fin no pienses en que no es lo mismo un pato blanco que un cisne, basta con morir como un cisne para recordar que nunca fuiste un pato blanco idiota.

miércoles, 20 de abril de 2016

La fábrica


     La Fábrica de Adultos Complutense está construida sobre una cuesta inclinadísima; los ciclistas (algunos hay) se ven obligados a bajarse y empujar la bici. Alvarito y Guillermito se emboban con los colores extravagantes de los chalecos. Acompaña al ruido metálico de la bicicleta un sonido de campanas de la capilla interior de la fábrica, que indica la entrada y salida del trabajo.
     Alvarito es un niño pelirrojo y rufián con aspecto de estar buscando siempre a su madre. Junto con Guillermito pasa por delante de la Fábrica de Adultos Complutense con la promesa de llegar al parque. Hoy, el padre de Guillermito, el señor Guillermón de Cela, alto cargo de la Fábrica, tiene una reunión extraordinaria: no es costumbre celebrarlas de día. Él atraviesa la puerta y mientras tanto Guillermito y Alvarito se quedan jugando en la acera un tanto aburridos, y divagan con la idea de que sería genial conocer al niño que dio la importancia que merecía al juego que consiste no pisar la línea de los adoquines.
     En la Fábrica Adultos Complutense se trabaja de noche, de doce a tres. En la Fábrica de Adultos Complutense, nada más entrar a la derecha, está el Departamento de Técnica y Optimización de Agarrado de Mejillas. Don Guillermón de Cela, responsable de dicho departamento, tiene en las manos callos grandes y blancos como la piel de un melón. Con una zancada decidida se dirige a la sala de juntas. Todos los pasillos huelen a alcanfor y a madera de nogal. Guillermon no saluda a los peones del departamento de R.I. donde se discute si romper-ilusiones es una ciencia o no. Al lado, en el de Anatomía y Autopsia de un Muertopordentro, se estudia cuánto puede durar un muertopordentro vivo, como un pollo sin cabeza; según los últimos experimentos es posible llegar a vivir 123 años, a falta de encontrar ser humano más viejo.
     En la Fábrica de Adultos Complutense se imparte y habla el idioma adulto. Guillermón de Cela pasea por el pasillo de idiomas, están dando clase.
     –Bla bla bla –dice el jefe desde su cátedra.
     –¿Bla bla bla? –pregunta el peón inquisidor.
     –BLA bla bla bla bla bla, bla, bla, BLA –confirma, sentenciando el jefe.
     En la fábrica de adultos hay otro departamento de cómo dejar las cosas para el último día, pero no me da tiempo de contarlo, si hubiera tenido un día más, quizás.
     En La Fabrica de Adultos Complutense está prohibido el culto a Peter Pan, las estampitas de Disney y la reproducción de obras de James Matthew Barrie. El 30 de abril de 2015 al cumplirse setenta años de la muerte del último heredero de Matthew, sus libros quedaron bajo dominio público, a la espera de que alguien (ajeno a la Fábrica) los publicara. No se conoce ninguna noticia más al respecto.
     Los académicos alrededor de la mesa leen el periódico. Guillermón de Cela acomoda su chaqueta en el respaldo y se sienta solemnemente. Lee en las contraportadas de El Mundo (Mundial) el último escándalo.
"Roto Maestre, ejecutivo de la Fábrica, entró en la Capilla de Campanilla, descubriendo su rostro lleno de arrugas.
     –¡Arrugas! ¡Arrugas! ¡Qué ordinariez! -gritaban los fieles- ¡Qué ordinariez!"
Fue un escandalo lleno de traumas cuyo final consistió en cerrar la Capilla de Campanilla. Ahora se comenta que a veces de día, cuando nadie está trabajando, se escucha un tintineo melancólico, se escuchan caer lágrimas de Hada.
     Comienza la reunión. ¡La Fabrica está en crisis! ¡Los peones están comenzando a tener hijos! ¡No hay marcha atrás! Antes de que sea tarde hay que hacer algo. En la reunión se debate si abrir una pequeña guardería inclinada en la planta baja o en el peor de los casos, reabrir la capilla. El jefe de los jefes, introduce el tema de la reunión:
     –¡Bla bla bla! ¡bla! ¡bla! dice enfadado el jefe de los jefes.
     Roto Maestre, soberbio, desde el sillón seis, se comporta como si no fuera con él.
     Alrededor de la mesa hay representantes de todos los departamentos: el de R.I., Mejillas, Idiomas, el de Orientación y Apoyo Psicológico Si el Niño ha Salido Tonto Que Se Le Va A Hacer e incluso se encuentra el ejecutivo del departamento para la Implantación Internacional de Sueños Costumbristas; este señor, Pepón de nombre, está especialmente distraído. Discurre el último caso de un peón.
     –He soñado que besaba las nubes. Necesito un justificante, tengo una nube en mi casa.
     Pepón de Toledo, alarmado, le dijo al peón que bla bla bla que bla y que bla y que dejara su espacio de trabajo durante dos días y añadió que intentara pensar en el Mercadona y en los domingos.
     El Jefe de los jefes da un golpe en la mesa gritando que deben centrarse. Las opiniones se cruzan y nadie escucha al otro. Guillermón de Cela se levanta firme, se acaricia la cara y con muchísimo esfuerzo (le cae una gota enorme de sudor por su frente), habla.
     -Señores Jefes y Jefe de los Jefes -dice aclarandose la voz con un carraspeo-. Esta institución se está viendo desbordada. Hay que tomar una decisión y hay que tomarla cuanto antes -se oyen murmuraciones: "qué barbaridad, un adulto hablando como un niño"-. Estoy cansado de que nadie afronte los problemas. Estoy casado de que cada uno entre y salga en su horario sin implicarse; o si se implica es para salir en los periódicos por un escándalo; odio blanquear los problemas de esta institución, odio luchar blandiendo el blason contra la blasfemia blanquecina de títeres blandengues blanc bla bla bla bla bla bla. -al menos lo ha intentado, hablar como un niño requiere un gran esfuerzo.
     En ese instante llaman a la puerta de la sala de reuniones.
     Todos pegan un leve respingo en la silla. ¿Quién será? Nadie hace el ademán de abrir. De Cela como ya está de pie, se acerca.
     –¡Qué hacéis aquí! ¡Marchaos! –susurra gritando mientras cierra la puerta cuidadosamente y hace aspavientos con las manos.
     –Papá, es que fuera nos aburrimos mogollón.
     –Bueno chicos id abajo que enseguida os llevo al parque.
     –¡Lo prometiste!
     –Sí, sí. Bajad.
     –¿Qué pasa ahí? ¿Eh, De Cela? –pregunta el Jefe de los jefes.
     –Nada, nada.
     –¡Sí pasa! Son niños, lo he oído desde lejos –los niños lo escuchan y zafándose del padre, entran en la sala de juntas. Un revuelo sordo se percibe en el ambiente. No pasa nada pero ahí no deberían estar.
     Cuando han entrado, roto Maestre ha sentido la necesidad envejecer de golpe, de permitir que su muertopordentro se hiciera cargo del de fuera. Todo el mundo guardó la compostura por dos minutos. Al tercero el revuelo fue máximo. Se canceló la reunión y se aplazó indefinidamente el debate sobre la guardería-capilla. La sala se ha quedado vacía; en ella solo están Guillermito, Alvarito, la mesa ovalada, las sillas que miran cada una para un lado y Guillermón. De Cela recoge el abrigo con la misma calma con que lo dejó. El chico, mirando levemente al suelo, desorientado por el revuelo, susurra a su padre.
     –Papi, ¿por qué trabajas aquí?
     –Mira hijo. Hay momentos en la vida en los que ya no te cabe el disfraz de dinosaurio o el de batman o el de vaquero. Asimilas que tu madre ya no te va a cortar las uñas nunca más y empiezas a sentir el gusanillo carnívoro del hambre que devora al gusanillo de la ilusión.
     –Jolín, joder, que asco de gusanos.
     –Ya... pero no digas palabrotas.
14/04/2016

jueves, 17 de marzo de 2016

El Solitorium

     Las uñas largas ya no se llevan, todo son épocas, la soledad tampoco se estila, pero esto no es moda sino la vida misma. A Alexandra le gusta el color morado, hace tres días fue a hacerse la manicura a un local de alto postín por donde se han visto famosas y botox, sobre todo botox, o eso dice a la amiga; la amiga mira sus manos y como sabe que ya no se llevan, se lo advierte:
     –Anda uñas largas, y qué color mas bonito, pero... ¿sabes que no se llevan?
     –Ya.
     La manicura de Alexandra, un poco barata, más que barata gratis, se la hizo su tía; pero tras un fin de semana de soledad se ha levantado casi todo el esmalte. La tía de Alexandra estudió un módulo superior peluquería, pero ¡ay la vida!, acabo llevando una empresa de materiales de construcción; ahora se consuela haciendo trabajillos a vecinas, sobrinas y estropicios a suegras. La soledad se lleva menos, pero no significa que no exista. La amiga de Alexandra, Carolina, piensa que no tiene gustos, no se decide si morado o verde, si salado o dulce, si chico o chica. Las amigas, de camino al transporte público, deciden,
     –¿Bus o metro?
     –Metro.
     Carolina se quiere probar las medias que ha visto en la chica Danesa. Carolina era Carlos pero eso no importa. Carolina era Carlos Delgado, estudiante de agrónomos, pero eso solo le importa a su padre. Carolina tiene pene, y suele decir que prefiere la palabra pene a pena, porque la e es más inclusiva.
     –¿A dónde vamos chiques?
     –A donde queráis vosotras –se confunde Celia.
     Celia en su juventud fue grafitera, trabajaba los colores chillones y a veces entre el violeta violento se colaba un púrpura, cosa rara en un artista que algún tipo terminaría en llamar efectista. Celia Porras firmaba como Cpump. Celia también habla con Alexandra y Carolina pero apenas interviene, mira a la cara, sonríe, ríe y mira al suelo. A veces deslumbra a sus interlocutores con ironías agrias que hacen risa si las miras con los ojos medio cerrados y con mueca sonriente, todo a medias. Celia cree que su mejor obra está en la calle Cincel, en el polígono industrial, justo delante del gimnasio, es una tipografía simple que pone "Te quieror", piensa que la última letra fue una rubrica, unos preguntan que si era broma y otros, los que saben la verdad, dicen que se corrió la tinta. Pump en inglés significa bomba, ella quería encontrar un pseudónimo fácil de recordar y con significado, tardó mucho en localizar los sinónimos de bomb, hay más de diez, y al final acabó escogiendo el que coincidía con sus siglas, no reparó en que significa bomba hidráulica de piscina. Al final han decido ir a donde les lleve el metro. Entran al centro comercial y a la vez preguntan:
     –¿Qué hacemos? –Se miran.
     –Hace tiempo que quería a ir a un sitio. – responde Carolina después de mostrarse pensativa.
     –¿Cuál?
     –Sssh, vosotres venid.
     Una muñeca hinchable con los labios morados o violetas o purpuras, no se ponen de acuerdo, les mira, hinchada, desde una cesta metálica. Celia está flipando.
     –Coño ahí no entro.
     Es un sexshop. Se llama El Solitorium y está especializada en objetos de esos, ya sabes tú, para hombres.
     Cpomp sabe que quiere entrar. Celia dice,
     –¡Qué no, que ahí no entro!
     –¡Venga mujer! Entramos, compramos lo que queramos comprar y salimos.
     Y al final sin mucho débate entran, ¿y Alexandra?, calla, ella no dijo nada, ya sabes lo del esmalte. La dependienta tenía un acento adaluz graciosillo, decía pene y vagina con mucho arte, el rimel se acumulaba en sus ojos pegajosamente, con grumos.
¿pero entró Celia o Cpump?, y yo que sé dejame seguir contando. El Solitorium es un templo de lo rectilineo pero sobre todo de lo fondo.
     –Qué salvajada. Mira cómo la tienen.
     –¿El qué Carolina el qué?
     –Joder la muñeca. Siempre en esa postura, simpre con la boca abierta entrandole aire y con esos ojillos. Parece que llora. Trae que me la llevo.
     –¿Pero la compras?
     –Yo a alguien así no compro nada, mira como dice vagina, parece tonta. –Zarandea la muñeca y lo intenta meter en el bolso.
     –Que no lo metas ahí, hombre, hostia, mujer, que te lo compro yo–decía Celia forcejando la muñeca.
     –¡No compro nada aquí! ¡Trae!
     –Qué sí.
     –Qué no.
     La dependienta interviene,
     –¿Pasa algo?
     Celia se gira. Alexandra intenta hacerse cargo de la situación cogiendo la muñeca. Sin querer le clava las uñas. Un hilito de aire se escapa. Ha liberado la muñeca para siempre.

jueves, 10 de marzo de 2016

Admed el poeta

     Admed hace unos de abajo hacia arriba y cuando forman grupos de cuatro, los tacha de arriba para abajo, le gustan expresiones occidentales como: “la mitad de la mitad” o “vamos a cambiar un poquito de tercio”. Al autobús se han subido tres viejas, tres desgracias, a la altura de la Place de la Bastille. Admed hace versos en su cuaderno de lomo amarillo y gomita para cerrar, el olor al fondo del autobús le evoca y las musas le hacen trenzas y le dictan versos y otras porquerías al oído, a veces hasta se le escapa una erección; la vida crece sobre el cieno de nuestros antepasados como un árbol retorcido sobre sí durante años buscando enloquecido la luz; con luz no le rima nada, lo dejará al aire que ahora los poetas finos dejan los versos así. Rimar le pone nervioso y cuando está nervioso se tira pedos. Vuelve a subir otra vieja; el transporte público a las diez es de los jubilados, los parques a las diez son de los jubilados, Paris a las diez es de los jubilados. Admed cuando un abuelo le pregunta y no sabe qué decir se tira pedos, el pedo empático del abuelo no falta, y sin querer el autobús, que es de los jubilados, acaba oliendo al final del trayecto a jubilado. “Blanco y en botella” es otro refrán que disfruta, no sabe si blanco se refiere a raza o a leche, últimamente tiene la idea de que él es negro por poco. Estudiar para la muerte es un aburrimiento, estudiar para matarse es un despropósito; pero más despropósito es la corrupción moral de occidente, no solo cuenta lo de Siria, si no mira como visten sus mujeres, como beben alcohol y se alimentan de cerdo los hombres. El refrán que más le gusta es “eres lo que comes”. Admed nunca mataría a una vieja, ya se van a morir, déjalos, deja que el peso de las pieles colganderas les arrastren a la tierra y en tierra se conviertan, en polvo que da de comer a la hoguera del mal y mantiene el calor de la constante negativa de la vida, después de este verso, tiene escrito, con letra gótica, una fecha: trece de noviembre y justo debajo más unos hechos de abajo a arriba y tachados cada cuatro. Solo queda un uno libre. Admed baja del autobús. Desde que llegó con tres años, en la esquina de la parada hay un librero de viejo, enfrente de Caudalie, tienda de cosméticos para ti y para tu madre, compra tres y te regalamos uno. En el paso de peatones hay un puñado de gente esperando. Él espera desde atrás, ve a quienes esperan como si él no esperase, ve a todos en fila como si fueran un muestrario de cabelleras, esto es la guerra, ¿lo hago ahora?, ¿aquí? Nunca le he visto a hacer ceros, nunca le he visto estudiar electrónica, estudiar electrónica para matarse es una letanía ronca, los detonadores son algo más que un botón rojo que pita, pitan también los semáforos para ciegos, ojalá ser ciego y no ver venir la muerte y si viene que me pille en la parte de atrás del autobús con sus aromas y sus porquerías, que si la veo venir me mato yo; los detonadores tienen sus multiplexores, sus circuitos magnéticos y su lógica binaria, unos y ceros. La vida y la muerte también es binaria, como el detonador, el pitido del detonador, el semáforo o el que ve y no ve. Estudiar para matarse es una corona de espinas de oro, y al final cuando estudias para matarte todo parece igual, todo sabe igual, te acercas al mundo de las ideas y de ahí no sales ni aunque el viejo de la calle tercera al subir al bus se tire el pedo más descomunal, aquel pedo que se tiró en navidad tras la comida de su señora.
     Admed se queda quieto en mitad del portal, contiguo a la tienda de cosméticos, pensativo, en ideas.
     –¡Eh tú! ¿Vas a pasar o qué?
     Admed se aparta. El vecino susurra, ya alejándose,
     –Moro de mierda.
     Qué he hecho, bueno, no importa, queda un día.
     Los treces de noviembre son iguales que los doces o los onces, solo cambia el tiempo y las ganas de vivir, pero ahí siguen las tres desgracias, el mismo conductor de autobús, el mismo abuelo de la calle tercera. A quien madruga Dios le ayuda, Admed hoy madruga para finalizar el poema, para despedirse de las musas de la línea tres. Los treces de noviembre son iguales para todos menos para Admed. Ya son las diez, esta vez de la noche, tiene el cinturón, el detonador y la ayuda de dios; tras un pedo entra, arriba pone “Bataclan”.

domingo, 14 de febrero de 2016

El ciego y el tullido

      Desde entonces se había estado despertando en el sofá a la tres de la mañana, con dolor en los riñones y la televisión parpadeante, introduciendo una tras otra termomix, cortafrutas y tupperwares. Incorporándose entreabría los párpados lentamente, evitando el brillo de la estrella sólida de color rojo que rodeaba un precio acabado siempre en noventa y nueve. En esa vigilia cercana al ensueño solía pensar que necesitaba un robot de cocina, un juego de quince cuchillos y un alargador de pene. Después, inapetente, dormitaba de nuevo. Durante la noche la estampa se volvía a repetir: desvelo, teletienda y de vez en cuando, parejas deslizándose sin romanticismo. Y otra vez, con los brazos demasiado cansados como para desplazarse a la cama, venía el sueño. A la mañana, tanteaba con las manos el soporte sobre el que se apoyaba su cuerpo, y confirmaba que, sin saber cómo, había conseguido llegar a la cama.
      La casa había sido adaptada poco a poco a las nuevas circunstancias de Rodrigo. El baño de repente se había tupido de superficies antideslizantes y barandillas. La cocina parecía un comedor social y el salón, una sala de rehabilitación. Incluso en su cuarto, al lado del escritorio Lillåsen, se había colocado un pequeño sistema de poleas y arneses. Siempre había querido ser el jodido Indiana Jones, se decía cuando tenía que elevar su propio peso con la fuerza sus brazos.
      Tronaba el despertador, gruñía, lo apagaba, daba un manotazo a las poleas, y después de dubitar sobre cómo era posible que estuviera en su habitación, se desplazaba y sentaba, más bien, rodaba y se dejaba caer, sobre la silla de ruedas. En ese mismo gesto estrangulaba una bolsa de cereales que descansaba en la mesilla, y comenzaba a comérselos a puñados, abriendo mucho la boca en cada bocado, regodeándose en esa sucia soledad que le otorgaba ser un desheredado del mundo. Por la mañana, sin levantar más de dos palmos la persiana, revisaba el correo electrónico, con cientos de mensajes desposeídos de toda genuidad que remitían de la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo... Cuántos besos me desean, cuántos abrazos me dan, ¡sirvienta! ¡Josefina! ¡Ven ven! Mira pone.: “Un abrazo, José Manuel García-Margallo. Ministro de Asuntos Exteriores” y otro, y otro más: “Bss, Beatriz” ¿quién es Beatriz? ¿tú la conoces? Bueno ¡que más da! ¡cuánto me quieren! ¿Verdad Josefina? ¡Cuantos besos me regalan! Por favor, traeme un zumo de naranja recién exprimido y celebrémoslo... La realidad es que Josefina no existía; sin embargo le arrancaba una carcajada pensar que ese eco perdido por el pasillo, alguna vez llegaría a alguna Josefina que vendría corriendo y le seguiría el rollo. Andaba desternillándose por esto mismo, delante de su escritorio, atenuando gradualmente su carcajada con una mano en la frente cuando, de repente, un viernes cualquiera de noviembre, sonó el timbre.
      —¿Quién es? —Y abrió la puerta.
      —Soy de una empresa de mensajería —dijo el muchacho tímido, casi tartamudo acariciando la tablilla de entregas—. Le traigo un producto que encargó usted ayer en… en entrega express.—Sin dejarle acabar, miró por encima de las gafas, sin tenerlas, y le contestó con un gesto, que fue el de cerrarle la puerta en la misma cara, que no había pedido nada. Sin embargo, apenas se había girado, cuando, de nuevo, sonó el timbre.
      La urbanización era un sitio tranquilo. Un lugar donde todo es aparentemente como parece. Adosados construidos sobre una calle en cuesta, con un pequeño jardín delantero y un porche levemente elevado sobre el césped, decorado con sillas y mesas de forja. Un barrio que Rodrigo, bien mirado, sólo conocía cuando habría la puerta a la paquetearía de las once. A esa hora sale lo mejor de cada casa a hacer vida; lo mejor, más viejo y desempleado. El abuelo renqueante con la barra del pan y el periódico nuevo debajo del brazo. La mujer musulmana que se acerca al centro de salud, jugueteando con una hoja amarillenta y casi perfecta en la mano. La chica que espera dando vueltas suavemente a su anillo, enfrente, dentro del coche, a que el novio le acompañe a la universidad. El comerciante de la esquina que dibuja con grandes letras sobre un neumático, la visualmente tautológica frase que dice: “Se venden neumáticos”. Y a veces, solo a veces, sale Rodrigo.
      —Te he dicho que no he pedido nada. —Hizo amago de cerrar la puerta, el mensajero interrumpió con el pie. Fue un movimiento errático, como si no estuviera seguro de hacerlo o no supiera dónde estaba pisando.
      —¡Señor! —Apartó el pie de la puerta— De verdad, alguien tiene que firmarlo. Es un pedido que debe coger. —Hizo contacto visual con Rodrigo. El chico tenía una mirada antojadiza, estrábica quizás, que hizo pensar a Rodrigo que era ciego.— Lo ha ordenado, pagado y se lo va a quedar.
      —No. A ver. Te explico. Yo me suelo quedar dormido viendo teletienda. Es un gusto, un capricho. Pero lo veo, me echo unas risas, y me duermo. Eso es todo. Ni llamo ni tengo intención de llamar, ni pienso en llamar. No me jodas. Yo no he pedido eso.
      —Pero, señor, alguien llamó a noche, sí, —asentía repetidamente— alguien llamó.
      —¡Qué no!
      —¡Qué sí! ¡Mire! Alguien ayer, a las diez de la noche, cogió el teléfono de su casa, que concretamente es el 915556631 —decía señalando insistentemente la tablilla—, esperó a que le atendieran, tres minutos, precisamente, con un hilo musical de la novena sinfonía de Beethoven, y, finalmente, hizo un encargo express de nada menos que… ochenta, sí, ochenta tupperwares.
      —¿Cómo? ¿Ochenta? ¡Usted está mal! ¿Quién iba a hacer algo así?
      —¡Pues usted!
      —¡No! No me voy a hacer cargo. Yo no fui. Habrá sido un vecino. Mire la dirección, estará equivocada.
      —No lo está. Mire mire. —Y negó con la cabeza repetidas veces señalando al enfáticamente al membrete de la empresa. ¿Qué señalará?, pensó Rodfrigo. Ahí no pone nada, mi nombre estaba más abajo.
      —Le juro que, no. Que no he pedido na-da.
      —Mmm… Qué extraño... qué extraño… Si es así, algo debe pasar en su casa, de eso no hay duda.
      —A ver lumbreras. —Y desencajando el cuello, haciendo rebotar levemente su cabeza… Añadió desafiante—: Qué pasa.
      —¿No ha notado… Quizás... algo raro… algo fuera de lo común, inusual, en los últimos días?
      —Bueno… —comenzó a responder con una actitud ya más dialogante.
      —Sí, sí. Dígame.
      —Últimamente... me quedo dormido en el sofá y a la mañana siguiente amanezco en la cama. Aún no sé porque pasa, desde luego no creo que sea sonáumbulo —dijó señalándose los muñones mientras buscaba una risa en la cara del mensajero. El mensajero no pareció percatarse. Ni bien ni mal. Ni risa ni enfado. Como si no tuviera ojos.
      —Y bien, siga, no se calle, ¿por qué cree que pasa? —Rodrigo no oyó esta pregunta, se había quedado pensativo por el inusual comportamiento de su interlocutor. Antes de que volviera a abrir la boca, arrepintiéndose con la mirada al segundo, dijo:
      —¿Es usted ciego?
      —¡Vaya!… Sí, ¿cómo se ha dado cuenta? —contestó con cierta inquietud.
      —Cosas mías. Cosas mías. ¿Lleva mucho así? Y con esas… ¿Trabaja?
      —No, a ver, me quedé ciego antes, pero conseguí mantenerme en el trabajo. Me encargo sobre todo en clasificar algunos paquetes pero hoy me han pedido que ayude a repartir.
      —Pero… ¿tú conduces?
      —No por dios, qué clase de pregunta es esa. ¿Es que acaso a un cojo le da por correr? —Rodrigo soltó una carcajada.— Pero bueno, bueno, no nos vayamos del tema. ¿No se da cuenta de lo que pasa en su casa?
      —No. A ver, estas tú listo, ¿qué pasa?
      —Joder ¿de verdad no se da cuenta? Usted está ciego.
      —Coño y usted no da pie con bola con sus preguntas.
      —¡Pero si es tan fácil! Simplemente... Usted… ¡Usted no vive solo! Vive con alguien. Alguna hermana, madre, abuela… Vaya usted a saber; pero vive con alguien seguro.
      —Bueno, mire, no me quiero meter en su vida, pero yo que usted haría lo siguiente: Esta noche, que me ha dicho que acostumbra a quedarse dormido con la teletienda (ahora hablaremos de eso porque esto se lo va a tener que quedar). Pero bueno siga con esa costumbre.
      —¡Solo faltaría! Ya dígame usted como tengo que seguir meando. ¡Por favor! —E hizo el amago de cerrar la puerta y de irse para siempre.
      —Hombre no se me quede ahí, escúcheme… Siga con esa costumbre —Rodrigo volvió otra vez la cara—, pero esta vez no se duerma; hágase el dormido. Y cuando vaya suceder ese misterio, ese que le lleva a la cama. ¡Píllele! ¡Gritele!: “¡Te he pillado! ¡Te he pillado!”. Y así podrá levantarse tranquilo… y pedirle responsabilidades sobre el paquete. Porque esto no puede quedar así, esto le pertenece, va a ser suyo, solo tiene que firmarme, sino usted quien viva con usted.
      A Rodrigo, aunque no le dio la razón en ese momento, le pareció buena idea. Después de mirarse con indiferencia, se despidieron cordialmente, intercambiando el bolígrafo del chico por una caja llena de tuppers.