sábado, 14 de noviembre de 2015

La vida vieja de la calle Alcalá

    Eugenio Leal es propietario desde hace veinte años de la Tintorería de Rosa. Rosa, no es él; Rosa era su madre. Murió alrededor de 1921 o 1923. Eugenio nunca lo supo bien porque era muy pequeño y porque las últimas cifras de la lápida, situada en el Cementerio de La Almudena, se han borrado. Cosas de los entierros sin seguro. Hoy la tintorería tiene dos pólizas y mantiene su nombre. Está entreverada con la ferretería de don Ramón y la mercería de Mercedes. Resulta una calle manejable para cualquier cliente que de un solo viaje quiera despachar algún asunto relacionado con la intendencia. Sobre todo le viene bien a Pedro, un hostelero que vive realquilado en el tercer piso del mismo bloque. En los últimos días se oyen chismes sobre él y María, su vecina de enfrente. Les vieron ayer hablar en el rellano durante cuarenta minutos; treinta y tres minutos el viernes y once el jueves. Como desde la guerra todos los cotilleos parecen iguales, las señoras del primero, segundo y cuarto piso, intentan por todos los medios informar con rigor de cualquier habladuría aparentemente fresca. Eugenio, el mártir del negocio de abajo, se entera de todo aunque no quiera. Quién me mandaría a mi poner estás sillas de espera, decía para sí cuando se establecía allí toda la tarde una señora de estas.
    Eugenio nunca se ha sentido de la burguesía; aún así, él sabe cuando le preguntan cómo le va el negocio que no sería sincero con él ni con su inquisidor si dijera que le va mal. La tintorería goza de una buena situación. En el verano del treinta y tres se inauguró justo enfrente una cárcel de mujeres. Fue noticia nacional de grandísimo revuelo. La memoria le devuelve recuerdos desordenados. Sabe que se construyó gracias a una mujer llamada Victoria Kent y que ese día con el periódico regalaban Niebla de Unamuno. Se interpelaba a sí mismo cómo podía haber conseguido una mujer, sin ser faraona, que construyeran una cárcel. De todas formas, ahora las noticias de aquellos días quedan difusas como el hálito humeante de una clienta en invierno. Lo verdaderamente reseñable es que, desde aquel entonces, el cuadernillo de contabilidad pasó de tener tres o seis luctuosos registros a la semana, a ocho, como mínimo, cada día. Desde entonces —cosa progresista— se normalizó en el barrio que fueran los hombres quienes llevan a lavar la ropa. Las mujeres de esos hombres, por suerte o por desgracia estaban encerradas.
    Hoy sábado, María entró en la tintorería. Portaba consigo tres prendas que se hacinaban encima de sus manos sin dejar al descubierto la cara. Sus ojitos aparecían como dos estrellas tristes encima del montón; como la mirada brillante de una niña embozada en una sabana. Trajo un abrigo, un traje de marinerito y un sombrero. Eugenio insistía en que el sombrero no se podía lavar; que acabaría haciendo un estropicio. Que no María que eso no se lava. Tenga cuidado y no lo ensucie. Pruebe usted.
    Esa misma tarde María volvió a llamar a la puerta de Pedro.
    —¿Sí?, ¿quién es?
    —Soy yo, María, —susurró la mujer mientras se abría la puerta— ya he hecho lo que me dijiste.         —María entró. Pedró cerró la puerta escudriñando con la mirada los alrededores. Era un apartamento pequeño y olía a vino y tabaco. “¡Estos hombres!”, pensó María al tiempo que cogían asiento los dos en el sofá mugroso.
    —A ver si así se le quita esa estúpida idea de la cabeza. ¡Qué cazurro Dios mío! ¡Qué cazurro! Se me va a matar. Si se mata me mato. ¡Me mato, Pedro, me mato! ¿Me entiendes? ¡Me mato! —Y arrancó a llorar.
    —Tranquila María, eso funcionará. —Murmuró acariciándole el pelo. 

    Cuatro días antes Serrano Súñer había pronunciado desde un balcón de la secretaría general del Movimiento, en la calle Alcalá madrileña —cerca, por cierto, de la prisión femenina— un discurso enfervorecido. Al grito de ¡Muera el comunismo! ¡Muera la Rusia soviética! Miles de jóvenes respondían con aclamaciones: ¡Viva España! ¡Viva Franco! y entre ellos, estuvo el querido marido de María. Un discurso que precisamente comenzó con: "Camaradas: No es hora de discursos", hizo que de manera consciente o inconsciente todos los presentes ensayaran en su cabeza, como un solo hombre, un discurso, una frase: “La 250.ª División de Infantería espera, mi país me espera. Mi patria...”.

    María atraviesa el descansillo que hay entre la puerta de Pedro y  la suya. Busca en su bolsillo la llave con cierto nerviosismo; de un puñado saca un cordel, dos almendras, el recibí de la lavandería y la llave. La puerta cruje un poco. El marido está descansando en el sofá de cuero con su hijo sentado en sus rodillas. El hijo lleva la gorra militar que no accedió a lavar Eugenio. Le queda grande. María toma asiento a su lado. Parece mentira que tanta vida, toda su vida, quepa reunida en un solo sofá. María mira con esos ojitos brillantes —esos que tan bien ha conocido Eugenio— a los ojos de su marido.
    —¿Dónde está el abrigo que compré? —inquirió su marido con una entonación que más que palabras parecían ronquidos.
    —En la tintorería, Mario, en la tintorería. No sé qué tunante te lo vendió pero estaba hecho un asco. De verdad Mario, vas a tener que esperar.
    —¿Cómo que esperar? No me jodas María. ¡Que mañana me alisto! Es mi país María, es tu país. ¡Muerte a los rojos! ¡Viva Franco! ¡Viva la división azul!
    María no lo consiguió. Mario se había obsesionado con la idea soviética. Se gastó el jornal de una semana en el abrigo y la gorra castrenses para dar buena imagen por aquellos lares. Mario estaba un poco perdido. Pedro, humilde confidente de María, le había aconsejado que dejara el abrigo en la tintorería; que de ese modo, hasta que estuviera listo, vencía la fecha de alistarse y a Mario se le pasaría la pájara. No fue así. Sin abrigo, Mario marchó para Alemania el 4 de julio de 1991.
    De nada de esto se enteraron las mujeres del piso primero, segundo y cuarto. Ellas a pesar de sus esfuerzos, afirmaban saber que el chico iba a hacer la comunión, que no les habían invitado y que el hombre la había dejado por algo relacionado con unos trajes o abrigos. ¡Ay, el dinero! Decían todas al unísono cuando se reunían en el rellano.

    Acodado sobre el mostrador Eugenio vio entrar a María. Llevaba un vestido de luto, de ese luto oscuro y eterno que, muy al final, se engrisece.
—El traje de marinero de niño, por favor. —Eugenio por respeto y sin preguntas, le entregó solo el traje de marinero. Ella se fue sin levantar si quiera la mirada.

    Pasaron tres años. La cárcel de mujeres ahora era también de hombres. La clientela se multiplicaba y mientras el abrigo se mantenía ahí colgado. Lo descolgó de la percha y antes de tirarlo, auscultó los bolsillos y encontró una nota, casi borrada como las letras de la lápida de su madre que decía:
Querido hijo mio...
Solo te encomiendo una tarea
-la misma que dejó mi padre-.
Una solo: Recuerdanos.
Y pasa esta nota a tu hijo.

G. M. R.
Noviembre de 2015

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